viernes, 16 de septiembre de 2011

Una mansión virreinal con historia en Lambayeque.

Centro de Estudios Históricos y Promoción Turística de Lambayeque

Casa de la antigua Logía o Montjoy
Dado el visible deterioro en que lamentablemente aún se encuentra buena parte del Patrimonio Cultural inmueble de nuestra generosa y benemérita ciudad de San Pedro de Lambayeque, en los últimos años se ha acentuado la necesidad de realizar trabajos de restauración y puesta en valor de algunos de los más representativos exponentes de este rico e irreversible legado de nuestros mayores.
     
La recuperación de la fachada y parte de la segunda planta de la casa Varías; la puesta en valor de la antigua ramada de San Pedro, hoy Capilla “San Francisco de Asís”; la restauración de esta magnifica mansión virreinal conocida, alternativamente, como casa de la antigua Logia o casa Montjoy, en base a los proyectos mandados elaborar por la Municipalidad Provincial de Lambayeque, que preside el alcalde Percy Ramos Puelles, son claros ejemplos de que con buena voluntad, con el sano propósito de hacer las cosas y con una firme decisión política se pueden ejecutar obras de tal naturaleza en esta ciudad prócer.
     
Pero debemos saber también que todos estos proyectos deben estar enmarcados a partir de los principios más precisos y científicos posibles. Y es aquí donde la investigación histórica se convierte en el ineludible primer paso a dar en la elaboración de todo proyecto de conservación, restauración o puesta en valor del Patrimonio Cultural de la Nación, sea este mueble o inmueble.  ”Existe la necesidad de poseer – argumentan los conservadores argentinos arquitectos Graciela Viñuales y Ramón Gutiérrez – un detallado conocimiento histórico del mismo antes de proceder a realizar tareas que lo afecten”.
    
En pasados años en que la restauración de nuestro acervo cultural estuvo en manos del “voluntarismo”, el “empirismo”, la “improvisación” o sujeta a los vaivenes caprichosos del ánimo del “seudo restaurador”, el conocimiento histórico de la obra a intervenir no se consideraba una necesidad imperiosa. De ahí que no solamente el recurrente fenómeno de El Niño, con su secuela de desastres y desolación, arruinara buena parte del patrimonio monumental de esta ciudad, sino también la mano del hombre.
     
Las intervenciones ejecutadas en la casa Montjoy, en los años de 1981 y 1982, y las que con motivo de mitigar los efectos del cantado Niño del bienio de 1997 y 1998, se llevaron a cabo en esta mansión virreinal lambayecana, nos dan una clara idea de cómo cuando esta clase de trabajos están a cargo de personal no especializado se incurre siempre en lamentables desaciertos o en viles atentados contra el patrimonio cultural.
     
El colapso de la Capilla San Francisco de Asís (antigua ramada de San Pedro), es una prueba irrefutable de estas deplorables intervenciones efectuadas en 1998. En esa lamentable ocasión se dañó irresponsablemente la espadaña de esta capilla, joya de la arquitectura mestiza del norte del Perú. Recuerdo que de no habernos apersonado a tiempo y detenido su supuesto “desmontaje”, ejecutado a golpe de comba, cincel y barreta, no contaríamos ahora con esta singular espadaña. Capitalizar estas negativas experiencias debería ser una forma de evitar futuros errores.

Ahora bien, como en toda construcción la presentación formal de una casa está dada por variados elementos que se localizan tanto en su fachada como en su interior. En el caso de la casa Montjoy, que esta noche nos acoge en sus remozados ambientes, declarada Patrimonio Cultural de la Nación en 1963, sus componentes más representativos estarían dados: por su altura y volumen, su balcón de madera de cajón abierto y corrido de 66.16 m. de longitud, considerado el más extenso de la época virreinal en la América Andina, sus vanos, jambas, galerías, escaleras, puertas, ventanas, sus techos artesonados en fina madera, la distribución de sus espacios, su decoración con sus colores y diseños, etc. A las finales todos estos elementos son los que vemos y atraen nuestra atención. Todos ellos se combinaron y articularon, en su momento, para determinar la estructura y aspecto de esta construcción del siglo XVIII.     

Sabemos ahora que esta mansión virreinal, pasó por diversas etapas constructivas desde 1718, año en que el Maestre de Campo (rango militar creado en 1534 por el Rey Carlos I de España) don Andrés de la Banda, natural de Andalucía, España, echara los primeros cimientos para la construcción de su “morada” en parte del terreno que actualmente ocupa esta casa. Primitivo y pequeño solar sin construir hasta esa fecha, cuya extensión, suponemos, obedeciera al antiguo trazo y consiguiente reparto de solares que con motivo de la fundación, a mediados del siglo XVI, del pueblo de indios de San Pedro de Lambayeque se hiciera entre el común de sus nativos pobladores. Todo parece indicar que poco después de la Banda adquirió un solar contiguo ubicado en el lado norte, con el propósito de ampliar el primigenio terreno.
    
Todo esto porque no hubiera podido ser posible que en frontera tan reducida se ubicaran una tienda con su trastienda a ambos lados del portón principal, tal y como consta en el minucioso inventario que de esta se hizo en 1732, año en que finó el citado Maestre de Campo andaluz. Los viejos dinteles de madera de algarrobo de las puertas de acceso a las tiendas fueron puestos al descubierto gracias a los trabajos de restauración a que fuera sometida esta casa recientemente y que con buen tino se han dejado expuestos para una mejor lectura de la evolución arquitectónica de esta mansión dieciochesca.

A esta primera etapa constructiva pertenece también el pozo de agua o “noria”, como se le denomina en la costa norte de nuestro país, descubierto casualmente en 1998, a una profundidad de aproximadamente 1.68 m. del nivel del piso del patio principal. Al ser redescubierto en abril del presente año y constatada su ubicación y profundidad se ha optado, dadas las circunstancias, por delinear su diámetro original de aproximadamente 1.87 m., con un brocal de ladrillos de arcilla superpuestos de 0.27 cm. de altura sobre el nivel del suelo y recrear en su interior una especie de espejo de agua. Singular elemento decorativo ideado por el restaurador arquitecto José María Gálvez Pérez, residente de la obra.
     
La segunda etapa constructiva de esta mansión se iniciaría a partir de 1751, año en que el Maestre de Campo don Nicolás Jaramillo de la Colina, natural de la antigua provincia de Loja, perteneciente a la hermana república del Ecuador y por aquella época al virreinato del Perú, comprara, en público remate, a los descendientes de don Andrés de la Banda la casa que este había construido. Tres años después en 1754, Jaramillo adquiere dos solares y una tienda contiguos situados en la parte posterior de la casa y con esto amplía y reconstruye totalmente la parte interior de la casa.

Vestigios del patio o corredor empedrado de la casa que construyera de la Banda se han ubicado a una profundidad de 0.60 cm. del piso de la actual cuadra o comedor y estarán debidamente expuestos a la vista del público. Todo esto en aras de que el espectador participe del proceso evolutivo de esta obra en el tiempo. Debemos agregar que en 1986, se hicieron exploraciones en el área de la sala y también se encontraron vestigios de esta primigenia casa.
     
Con el capitán Gabino Miguel del Pozo se da inicio a la tercera etapa constructiva de la casa. Del Pozo la adquirió en público remate por un valor de 5,000 pesos. El remate se ejecuto el 29 de octubre de 1782, cuatro días después que dejara de existir doña Margarita Jaramillo y Quiroz, hija de don Nicolás Jaramillo de la Colina y de doña Bernarda de Quiroz, única heredera de la mansión. Para esto del Pozo tuvo que desembolsar tres mil pesos de contado y los restantes dos mil pesos a reconocer en ella un vínculo o “capellanía” a favor: del aniversario de misas, patronato real de legos y otras cargas pías, que mandara fundar poco antes de su muerte doña Margarita.
     
El 6 de abril de 1783, del Pozo pedía prestado al  licenciado don Matías de Soto y Soraluce, la respetable suma de 4,000 pesos de a ocho reales, exactamente a escasos seis meses de la compra de la mansión. Todo parece indicar que con esta cantidad de pesos se inicia la construcción de la segunda planta de este inmueble, los desniveles de los techos de las habitaciones de la crujía sur y las fechas descubiertas en las dovelas centrales del arco de medio punto de la entrada principal, avalan nuestra hipótesis de trabajo. “Se Empezó En Diciembre Del Año De 1783” y “Se Acabo Año de 1787”, serían la fechas de inicio y culminación de la “fábrica” de la segunda planta y por ende de las del monumental balcón. A este periodo pertenecerían también los motivos decorativos con que estuvieron engalanados sus principales ambientes.

Detalle de parte del zócalo de uno de sus ambientes
Gracias a una paciente labor de exploración, mediante la apertura de calas o ventanas en los muros y después de un meticuloso trabajo de restauración y consolidación, se han podido recuperar, con paciencia y profesionalismo, algunas interesantes muestras de esta decoración mural en zócalos y frisos. Estas muestras de pintura mural al temple se mantuvieron ocultas por estar cubiertas por gruesos estucados de yeso, cal y pintura. Pero lo poco que de ella queda nos permite darnos una idea del magnifico aspecto original que debió tener esta mansión en su momento de esplendor. No cabe duda que en la elaboración de estos elementos decorativos prevaleció una razón de estatus social, muy acorde con la época en que fueron ejecutados.
   
A partir de 1790, surgen una serie de engorrosos pleitos con los herederos de la capellanía y poco después con los hermanos y descendientes de la esposa de del Pozo. Como estos no tenían cuando acabar, desde 1815 la casa fue concursada y puesta en arrendamiento, por la cantidad de 150 pesos anuales. La cobranza y depósito de los alquileres corrió a cargo de personas debidamente convocadas, estos, de paso, cautelaban su mantenimiento, limpieza y conservación.
     
Desconocemos la fecha en que el médico cirujano de nacionalidad norteamericana, Dr. Santiago Coke Montjoy Wesley arribara a Lambayeque, suponemos lo hiciera a mediados del siglo XIX. Montjoy Casó con la dama lambayecana doña Luisa Chavarri Martínez, procreando durante su matrimonio trece vástagos. En un principio Montjoy arrendó los altos de esta casa y sabemos que en parte de sus ambientes levanto columnas la Logia MasónicaLa Estrella del Norte” hasta 1895, año en que ésta se trasladó a Chiclayo.
     
Aparte de ejercer su profesión, Montjoy se dedicó a la agricultura aunque sin mucho éxito. A partir de 1869, era legítimo propietario de la casa por la compra que este hiciera de las acciones a que tenían derecho los descendientes de los Jaramillo, los Alarcón, los Martínez y los del Pozo. Montjoy fue designado cónsul de su país en Lambayeque, de ahí que esta mansión virreinal fuera sede del consulado de los Estados Unidos de Norteamérica hasta aproximadamente 1880. Es con su nuevo propietario que la fachada de esta mansión adquiere el aspecto que hasta hoy luce, al clausurarse las puertas de las dos tiendas y colocarse en su lugar las ventanas de fierro que actualmente se encuentran a ambos lados de su pesado portón de acceso.

Siete décadas después del fallecimiento de los esposos Montjoy, sus descendientes radicados en la ciudad de Lima, optaron por donar la casa a la Municipalidad Provincial de Lambayeque. La ceremonia pública de entrega se realizó el 16 de julio de 1971, en el acogedor salón de actos de esta entidad.

Nota: Este es el texto de la conferencia que dictara con motivo de la inauguración de la casa Montjoy, en setiembre del 2010.




Chiflón o corredor al segundo patio





      






1 comentario:

  1. Mi abuela paterna fue hija de don Santiago Montjoy. Muchas gracias por esta publicación. Sabía muy poco de la historia de mi bisabuelo.

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