sábado, 6 de agosto de 2016

La Batalla de Junín


No cabe duda que el brillante resultado del esfuerzo desplegado por el Libertador Simón Bolívar, por agrupar un admirable y disciplinado ejército, que pudiera enfrentar a las experimentadas tropas del Rey, se dio por primera vez a 4,220 metros de altura sobre el nivel del mar, en la gélida llanura de Junín, el 6 de agosto de 1824.

Para lograrlo el Libertador había contado con el oportuno, decisivo e indiscutible apoyo brindado por los pueblos del Perú, en especial de la costa norte y centro del país. Entre  los que destacaba, nítidamente, el pueblo de San Pedro de Lambayeque, con su cuota de aguerrida sangre joven, factor determinante en cualquier combate.

Libertador Simón Bolívar

En esas ubérrimas pampas de Junín, aproximadamente 900 bravos jinetes patriotas, que conformaban los tres escuadrones del “Primer Regimiento de Caballería del Perú” o “Húsares del Perú”, al mando del general Mariano Necochea, se prestaron a luchar, en horas de la tarde, contra 1,200 de la caballería realista, unidad selecta y engreída del ejército realista, a cuyo frente se encontraba el propio general José de Canterac.

El choque fue violento, encarnizado y cuando a todas luces la victoria le era adversa a la caballería independiente, cuando cundía el desorden y desconcierto en sus filas, más aún, cuando prácticamente todos los escuadrones patriotas habían emprendido la retirada, perseguidos muy de cerca por la caballería realista, fue en ese preciso momento en que el primer escuadrón de “Húsares del Perú”, conformado en gran parte por voluntarios de Piura, Lambayeque, Chiclayo, y Trujillo, situados en posición estratégica y comandado por el teniente coronel argentino Isidoro Suárez, se lanza como un relámpago en memorable carga contra el enemigo, gracias a una “inspirada visión” del mayor, natural de San Pedro de Lloc, José Andrés Rázuri Estéves, logrando así detener la persecución; la situación es por demás propicia y oportuna, los patriotas reaccionan, se organizan inmediatamente, vuelven caras y en carga descomunal, obligan a la “tan considerada, bien armada, equipada, montada, instruida y disciplinada” caballería realista, a emprender en derrota, vergonzosa fuga.

La batalla duró apenas 45 minutos y en ella no se escuchó un solo disparo, pues se combatió exclusivamente con arma blanca, a sable y lanza. El general EP Felipe de la Barra en su obra La campaña de Junín y Ayacucho (1974), nos dice:

"En el bando patriota los muertos alcanzaron al número de 45, entre ellos algunos oficiales, quedando aproximadamente 100 heridos; los realistas perdieron 2 jefes, 2 oficiales, 245 hombres de tropa, entre muertos y heridos; más 80 prisioneros; el botín de los patriotas consintió en 400 caballos ensillados y gran cantidad de armas".


José Andrés Rázuri

En su conferencia “Llampallec”, aparecida en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima  (1920), el coronel etenano Manuel Casimiro Bonilla Castro, escribe:

"Junín es un milagro, es un prodigio de la audacia. Es una apoteosis del patriotismo. Es un laurel inmarcesible en la orla del esfuerzo lambayecano. Fueron brazos suyos los que blandieron las lanzas, hechas con las maderas de sus bosques, espuelas forjadas en sus talleres, las que apretaron los ijares de los corceles salidos de sus campiñas".

Enrique Benítez, en su obra “Geografía del Perú”, nos dice:

[…] fueron en gran parte lambayecanos, los valerosos soldados de tropa que nos dieron la victoria en las pampas de Junín y en la decisiva de Ayacucho".

En el discurso pronunciado, en el campo de Junín, por el Prefecto de ese Departamento, señor Manuel Pablo Villanueva, en representación del Supremo Gobierno presidido por don Augusto Bernardino Leguía Salcedo, con motivo del centenario de la batalla de Junín, manifestó:

"En esa gloriosa acción de armas cúpole rol brillante y decisivo al Escuadrón “Húsares del Perú”, exclusivamente compuesto de valientes, aunque noveles, voluntarios trujillanos y lambayecanos".

El historiador Horacio H. Arteaga, manifiesta:

"En Junín esos voluntarios de Lambayeque exhibieron brío y mostraron su empuje extraordinario, formidable, irresistible, sorpresivo. Cuando Bolívar, después de esa victoria estupenda de las pampas de Junín, preguntó asombrado por los audaces y los héroes, le señalaron los pelotones de voluntarios lambayecanos, ferreñafanos y chiclayanos que se enfilaban cansados y haraposos, muchos de ellos no tenían sombrero ni morrión, una faja ennegrecida apretaba en su frente las heridas que aún manaban sangre. Estaban descalzos y flacos, pero tenían el rostro resplandeciente como los semidioses de la Ilíada. Bolívar los declaró en el acto ¡Húsares de Junín!"



Carga de los “Húsares del Perú” (Óleo de Etna Velarde)

Entre los hijos de nuestra región que asistieron a esta memorable jornada se encuentran: José María Lastres y Martínez de Tejada, Manuel Salcedo, Gertrudis Poemape, Sebastián Fernández Samudio, José Francisco Deza, Luciano Mejía (naturales de Lambayeque), y José Leonardo Ortiz (chiclayano). 
Del Castillo Niño nos dice que en ésta histórica batalla también estuvieron presentes los siguientes motupanos: José Orozco, Juan José del Castillo, Nicanor Falla, Andrés Obando, Manuel Jiménez, Juan M. Luna, José M. Saavedra y José Santos Zapata.

El héroe lambayecano Luciano Mejía vivía aún en su ciudad natal por el año de 1887, como consta en el Libro de Actas del municipio lambayecano de ese año. En julio de 1887, con motivo de celebrarse un aniversario más de la jura de la independencia nacional, la Municipalidad de Lambayeque, en cesión solemne, le otorgó un premio consistente en diez soles de plata.

El octogenario paladín de nuestra independencia, mostraba orgulloso, prendidas en las solapas de su viejo traje, las medallas conmemorativas de Junín y Ayacucho.

Don David Sosa, a la sazón teniente alcalde del municipio lambayecano, al hacerle entrega del premio pecuniario, en emocionadas palabras le dijo:

"Señor Luciano Mejía, vencedor de Junín y Ayacucho, esta pequeñísima suma que hoy se le obsequia, os hará comprender, que vuestros compatriotas no son ingratos para aquellos, que como vos, nos dieron libertad y patria".           

Coronel José Maria Lastres. Héroe de Junín y Ayacucho

José María Lastres y Martínez de Tejada

José María de la Natividad Lastres y Martínez de Tejada, nació en Lambayeque el 7 de septiembre de 1798, del matrimonio de don Cristóbal de Lastres y Pasos, prospero comerciante natural de la Villa de Murgia en el reino de Galicia (España), y de doña Teresa Martínez y Soraluce, distinguida dama lambayecana. A los siete días de haber nacido fue bautizado en la iglesia matriz de San Pedro de esta ciudad por el cura propio de la doctrina o ramada de San Pedro Dr. Manuel Insua Pasos, siendo sus padrinos el ayudante mayor de milicias don Pedro Estela y doña Josefa Orvalle (Archivo Parroquial de Lambayeque (APL). Libro de Bautismos No 19. Año 1772 – 1811, f 143).

Recibió su primera educación en su pueblo natal, para luego, cumplidos los 14 años, seguir estudios en el Real Seminario de San Carlos y San Marcelo, en la ciudad de Trujillo. En esta casa de estudios, Lastres, escribe Ricardo Miranda Romero en su Monografía del Departamento de Lambayeque (1927):

"Siempre se distinguió por su constancia en el estudio y el trabajo, por su personalidad invariable y conducta intachable. Testimonio de todo ello es el certificado extendido en octubre de 1818, por el doctor don Juan Antonio de Andueza, rector del Seminario y cuyo tenor es el siguiente: “Siempre se advirtió en José María Lastres, mucha constancia en el trabajo, docilidad y juicio, sin que jamás se le hubiese tachado defecto alguno en su conducta". 

Lastres y Martínez de Tejada, fue un colaborador eficaz en el movimiento libertario del 27 de diciembre de 1820, en Lambayeque. Firmante del acta de la segunda proclamación de la independencia de Lambayeque, la madrugada del 31 de diciembre de 1820. El 25 de marzo de 1821, se enrola en el Ejército Libertador en el batallón “Numancia” con el grado de cadete. Estuvo en el primer sitio del Callao, con el grado de teniente primero. En 1823, hizo la Segunda Campaña de Intermedios al mando de los generales Agustín Gamarra y Andrés de Santa Cruz. Sirvió bajo las órdenes del Gran Mariscal José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete – figura destacada en las conspiraciones limeñas - en calidad de ayudante mayor. El 3 de mayo de 1823, obtuvo el grado de capitán. Incorporado al Batallón Legión Peruana estuvo presente en toda la titánica campaña de 1824, asistiendo a las históricas jornadas de Junín, a las órdenes del Libertador don Simón Bolívar, y Ayacucho, bajo el mando del general Antonio José de Sucre.

Después de esta última batalla fue ascendido al grado de sargento mayor. En 1825, estuvo en la campaña del Alto Perú, bajo el comando del mariscal Sucre. Con motivo de la conmemoración del segundo aniversario de la batalla de Ayacucho fue promovido a la clase de teniente coronel graduado. Durante la República tomó parte en la guerra con la Gran Colombia 1828 – 1829,  bajo las órdenes del general don José de la Mar. El 12 de octubre de 1829 fue ascendido al grado de coronel efectivo del Ejército. En 1836, participó en la Campaña del Sur, al mando del inquieto caudillo militar don Carlos Augusto Salaverry; junto a él estuvo en las acciones del Gramadal, Puente de Arequipa, Uchumayo, hasta batalla de Socabaya – Arequipa, 7 de febrero de 1836 - en que fue hecho prisionero. Aquí, por decisión propia, dio por concluida su carrera militar. Entre las preseas que lucía orgulloso sobre su pecho destacaban las medallas de Junín, Ayacucho y la de los Libertadores.

El coronel José María Lastres y Martínez de Tejada, fue casado con doña María Riglos y Benavente, bella dama arequipeña – con la que tuvo una ilustre descendencia - hija de don Marco Fermín de Riglos y Santa María y de la dama peruana doña Asunción Benavente. Lastres falleció en la ciudad de Lima el 7 de agosto de 1864, a la edad de 66 años. Sus restos fueron inhumados en el Panteón Nacional de los Próceres el 2 de octubre de 1968.


viernes, 5 de agosto de 2016

O´Higgins y la Independencia del Perú


                                              Bernardo O´Higgins Riquelme. Óleo de Gil de Castro

Todos los peruanos debemos recordar la providencial e invalorable contribución del prócer chileno Bernardo O´Higgins Riquelme, en la revolucionaria empresa por nuestra emancipación nacional. Decimos esto, porque gracias a su decidida e inquebrantable voluntad se lograron reunir los medios y elementos necesarios para poner en pie la denominada Expedición Libertadora del Sur.

Tenemos cierta predilección por este benemérito americano, por ser, no cabe duda, el chileno que más quiso a nuestra patria. Su vida, brillante, fecunda y tan llena de momentos azarosos tiene para nosotros una singular atracción.

Bernardo O´Higgins fue hijo del coronel irlandés Ambrosio de O´Higgins, conde Valenay y Osorno, que fuera virrey del Perú. Desde muy joven lo dejó todo para seguir los destellos que en su alma, de espíritu patriota, anidaban en pos de la libertad. Fue el alma de las conspiraciones de la época libertaria e infatigable en combatir el régimen español. Desplegó tal valor en cada uno de sus combates y reñidas acciones, que causo admiración hasta en sus propios adversarios. Al famoso grito que lo inmortalizara: “O vivir con honor o morir con gloria; el que sea valiente, sígame”, acudieron cientos de campesinos, a quines de su propio peculio armó según las circunstancias.

Es a raíz de sus primeras hazañas que fue nombrado coronel del naciente ejército chileno. Desde ese día y por espacio de aproximadamente dos años, recorrería en continuo galopar todos los caminos de su patria, batiéndose con denuedo contra las fuerzas enviadas por el virrey del Perú Fernando de Abascal, que intentaban destruir la hermosa y lamentablemente efímera ganada libertad, como consecuencia del establecimiento de la Junta Gubernativa de Santiago, el 18 de septiembre de 1810.

A pesar de algunos triunfos logrados por los patriotas chilenos, las tropas adictas al Rey, compuesta en su gran mayoría por peruanos (financiados por gran parte de la aristocracia criolla peruana y los grandes comerciantes de Lima, agrupados en el Tribunal del Consulado y adheridos en esos momentos al fidelísimo), entraron en la ciudad de Santiago tras el desastre de la batalla de Rancagua, el 1 de enero de 1814. Reconquistado el gobierno por el ejército realista, los chilenos, en penosa huida, atravesaron la cordillera en busca de seguro refugio en Cuyo. En esta provincia argentina se concentraba el incipiente ejército al mando del entonces coronel José de San Martín y Matorras.

Después de la derrota de Rancagua todo parecía indicar que el destino abandonaba la noble causa de la libertad y entregaba definitivamente Chile al poderío español. O´Higgins, que a fuerza de arrojo personal había burlado, por espacio de casi cuatro años, a los sitiadores que le intimaban su rendición incondicional, juró que volvería a rescatarla de las garras del régimen opresor y conquistar, cueste lo que cueste, la ansiada libertad de su patria, Mientras haya quien muera la patria no esta pérdida. Elocuentes palabras que pintan de cuerpo entero al héroe, dando con esto a sus compatriotas un caro ejemplo de amor a la tierra que los vio nacer.

San Martín y O´Higgins se conocieron a mediados de octubre de 1814, en las montañas del valle de Uspallata, cuando el segundo, en compañía de cientos de fugitivos chilenos de Rancagua, arribó al citado valle. Inmediatamente San Martín les ofreció cordial hospitalidad. O´Higgins se convertiría, con el tiempo, en él más fiel compañero y colaborador de San Martín, “en el resto de la aventura andina” (Izquierdo Castañeda 1985: 2).

Existe una sentencia muy aleccionadora que nos narra el escritor Pedro Pablo Martínez, y que aquí adquiere caracteres premonitorios, ella dice: “cuando va a realizarse un acontecimiento trascendental, el destino no sólo hace aparecer, con toda oportunidad, a los hombres que han de influir o intervenir en él, sino que con precisión admirable, los acerca y los junta” (Ibíd.).

El abnegado y prudente chileno bajaba del gélido ande en accidentado y penoso éxodo, con el corazón sumido en inmensa tristeza al ver amenazada la libertad de su amada patria.  “Al pie de la montaña San Martín, a la sazón gobernador de Cuyo, lo esperaba para estrecharle la mano en señal de reconocimiento y ofrecerle el respectivo asilo. La sentencia antes mencionada cobra en esos momentos verdadera dimensión; la amistad que a primera vista nació entre ambos paladines, iba a prolongarse por espacio de veintiocho años en la tierra y una eternidad en el mundo donde moran los espíritus de los héroes” (Ibíd.)

Dos años después de este histórico encuentro, en octubre de 1816, el congreso reunido en la ciudad de Tucumán (Argentina) nombra a San Martín Capitán General del Ejército de los Andes. Metódicamente organiza el ejército en Mendoza en la zona de Cuyo, teniendo como principales colaboradores a O´Higgins y al peruano Toribio de Luzuriaga, natural de Huaraz. En 1817, se reanuda la campaña. Apreciamos reunida aquí una trilogía de próceres americanos, unidos por una entrañable amistad y un ideal común, la libertad.
                                                 

                                                                 José de San Martín y Matorras                         

Tenemos que destacar un hecho de suma importancia para los peruanos, y es que al presentarse el dilema de designar a un sustituto para el puesto de gobernador de Cuyo, la elección recayó en Toribio de Luzuriaga. Hombre de confianza y de excepcionales condiciones así como amigo entrañable de San Martín. Fue tan brillante la tarea que desempeñó Luzuriaga, como intendente de Cuyo, particularmente en lo que se refiere al apoyo logístico del Ejercito de los Andes, fue tan efectiva y distinguida su actuación, que le valió, posteriormente, ser designado Mariscal de Campo del Ejército Chileno.


                                                                        José Toribio Luzuriaga

Bernardo O´Higgins, volvió a su patria como brigadier del flamante Ejército de los Andes, con él cruzó la gran cordillera de los andes, el espinazo de América, para luchar por la reconquista de la libertad de su patria y así cumplir con su juramento. Interviene decididamente en la batalla de Chacabuco el 12 de febrero de 1817, la que le permite demostrar en grado eminente su heroísmo y dotes de mando. Cuatro días después el 16 de febrero de 1817, el pueblo de Santiago lo nombra Director Supremo del Estado de Chile. Sin embargo debió concurrir a la ciudad de Concepción y mantenerse allí hasta enero de 1818, tratando de doblegar a los realistas que se encontraban resistiendo en los puertos de Valdivia y de Talcahuano. El 12 de febrero de 1818 O´Higgins proclamaba la independencia de Chile.

En realidad su etapa de soldado termina la tarde del 5 de abril de 1818, cuando acude al llano de Maipú para abrazar a su amigo incomparable el general San Martín. Su grito de gratitud sin limites aún resuena en dicho campo: “Gloria al salvador de Chile”.

Una vez sellada la independencia de Chile, imprime a su gobierno un sentido progresista, sentando las bases institucionales de la República. Convocado e instalado el Congreso, le encara la formación de la escuadra de Chile. La idea genial de San Martín de llevar la independencia al Perú a través del mar, como medio seguro de debilitar y destruir el poderío español enseñoreado en América del Sur, había calado hondo en O´Higgins, el colaborador insuperable del ilustre argentino. “Mientras no lleguemos al Perú y acabemos con los godos, la guerra no habrá terminado”, tal la concepción estratégica del libertador San Martín.

Toda la ilimitada abnegación, todo el espíritu organizador del Director Supremo de Chile en preparar la escuadra libertadora, que traería a nuestras costas  al ejército unido argentino – chileno a luchar por nuestra independencia, es verdaderamente encomiable. Sin la independencia del primer y poderoso virreinato de las colonias de España, el Perú, no habría libertad posible en América y sin la ayuda del “Apóstol de la Unidad Americana” Bernardo O´Higgins, San Martín no hubiera podido cristalizar su estupenda obra.

Debemos saber que es el mismo O´Higgins, quien propicio el empréstito interno que se levantó en su país para “la expedición libertadora de nuestros hermanos en el Perú”, tal y como consta en la carta que dirigiera a la acaudalada dama chilena Teresa Alderete viuda de Julián Díaz (ver copia literal de la carta en Apéndice). Para esto contó también con eficaces colaboradores, entre los que destacan los chilenos: José Ignacio Zenteno, ministro de guerra y marina; José Ignacio Cienfuegos, presidente del senado; el ministro Joaquín Echevarria, y José Gaspar Marín. En fin, es a todo el decidido e inquebrantable esfuerzo desplegado por O´Higgins, y sus corifeos antes mencionados, al que nosotros debemos rendir nuestro reconocimiento y gratitud.

El historiador, dramaturgo, escritor y magistrado lambayecano Dr. Germán Leguía y Martínez, en su monumental obra La Historia de la Emancipación del Perú: El Protectorado, concluida en 1928 y publicada, recién, en 1972, nos dice:

La historia, en efecto, pone, sobre las sienes del prócer (O´Higgins), el nimbo de la inmortalidad que le es debido, como a uno de los personajes más útiles y grandes de aquellos hermosos tiempos; tiempos de desinterés, tiempos de fraternidad, tiempos de gloria, cuyos alcances y recuerdos húndense (sic) hoy, entenebrecidos, en el denso y caldeado ambiente de resentimientos, de desconfianzas y odios suscitados entre peruanos y chilenos […] ¿Quién habría de decir a los O´Higgins y los Zenteno, los Echevarria y los Zañartu, los Cienfuegos y los Marín, que tan solo cincuenta y nueve años después, sus nietos, confabulados criminalmente en la sombra y armados en el misterio, habrían, pérfidos, y hambrientos de destrucción, de emprender rumbo y campaña parecidos a los del 20 de agosto de 1820, ya no guiados ni conducidos por la estrella blanca y pura del bien común americano, sino atraídos por el ansia vil de usurpar los tesoros de sus hermanos descuidados e indefensos, empujados por la codicia y por la ruindad, a incendiar nuestros emporios industriales, arrasar nuestras sementeras, arrebatar nuestras riquezas colosales, apropiarse de nuestros territorios más preciados, y desmedrar nuestro organismo histórico mutilándolo, desgarrándolo, sin causa ni razón plausibles; erigiendo en el continente la ley satánica de la fuerza , predicando “los derechos espurios de la victoria”  y enarbolando el negro y sangriento estandarte de la conquista?... (Op. cit. 1972: 220).

Huelgan los comentarios. Ahora continuemos.

La Expedición Libertadora al mando de San Martín, nombrado por O´Higgins Capitán General del Ejército Chileno zarpó de Valparaíso el 20 de agosto de 1820. La flota, […] la mayor, que, hasta entonces, se hubiese reunido y contemplado en Sub América” (Leguía y Martínez 1972: 207), se encontraba al mando del Almirante Lord Thomas Alexander Cochrane, de nacionalidad inglesa. El escritor argentino Ricardo Rojas, en su obra “El Santo de la Espada”, anota:

    […] llevaba a bordo 4,700 soldados y pertrechos de guerra como para armar a 15,000 hombres que se podrían reclutar en el Perú cuando desembarcaran. […] Formaban la Escuadra libertadora del Perú, los siguientes buques de guerra: navío San Martín, la capitana, 1,300 toneladas y 64 cañones, en él iba el general San Martín y su Estado Mayor; fragata O´Higgins, 1220 toneladas, con 44 cañones, conducido por Lord Cochrane con la insignia del almirante,; fragata Lautaro, 850 toneladas, con 46 cañones; fragata Independencia, 380 toneladas, con 28 cañones; bergantín Galvarino, 398 toneladas, con 18 cañones; bergantín Araucano, 270 toneladas, con 16 cañones; bergantín Pueyrredón, 220 toneladas, con 16 cañones; goleta Moctezuma, 200 toneladas, con 7 cañones. Además de éstas unidades, alistáronse en el convoy los transportes Dolores, Gaditana, Consecuencia, Emprendedora, Santa Rosa, Águila, Mackenna, Perla, Jerezana, Peruana, Golondrina, Minerva, Libertad, Argentina Hércules y Potrillo, con 7,178 toneladas por todo” (Op. cit. 1850: 202).

Los buques de guerra y de transporte, llevaban en lo alto de sus mástiles la bandera de Chile […] pero, naturalmente cada cuerpo del ejército conservó la enseña, querida e inalienable de su patria y de su procedencia […] (Leguía y Martínez 1972: 215).  

El 7 de septiembre, después de más de dos semanas de navegación, la expedición llegó a la bahía de Paracas. Al día siguiente comenzó el desembarco. Ese fue también el histórico y propicio momento para que el pueblo del Perú demostrara que desde mucho tiempo atrás estaba dispuesto a insurreccionarse, y que la influencia sanmartiniana solo fue indirecta, en otras palabras no nos fue concedida por el Ejército aliado Argentino – Chileno comandado por San Martín.

De todo esto se desprende también, el hecho de que no fue tarea difícil para San Martín, propagar, en suelo peruano, la noble causa de la independencia y atraer a ella el mayor número de pueblos. Fresco y latente aún en la memoria colectiva de muchas de estas comarcas el precursor y cruento periodo denominado por los estudiosos como el de la Pre-Emancipación, comprendido entre los años de 1780 y 1819.

En su primer Manifiesto, ya en suelo peruano, San Martín, expresaba: “El gobierno realista de Lima ha hecho derramar a torrentes la sangre de los peruanos para sofocar el espíritu de Independencia”. El ilustre argentino reconocía así, las duras y cruentas jornadas de los hijos de esta tierra en pro de su emancipación del régimen español.

A todo esto se sumaba también, la existencia soterrada de fuertes grupos separatistas, sobre todo en el norte y centro del país, compuestos en su mayoría por criollos. Si no recordemos la proclama de San Martín en Huaura de fecha 12 de febrero de 1821, en la que entre otras cosas decía:

    Más de cien pueblos proclaman su independencia y se hace tan gloriosa transformación, sin disensión alguna, sin licencia, sin ninguno de aquellos excesos tan frecuentes en la historia de las revoluciones.

Entre este centenar de poblaciones se encontraba el pueblo de San Pedro de Lambayeque, cuyo cabildo fue el primero en arriar, exitosamente, los pendones de Castilla en el norte grande del Perú, la memorable noche del 27 de diciembre de 1820.

El 9 de julio de 1821, entraba San Martín en la capital peruana. En horas de la mañana del día 28, de ese mes y año, pronunciaba en la plaza mayor de Lima, y hacía pregonar, a tambor batiente, por calles y plazas principales de la capital, su celebre proclama:

    El Perú es desde este momento, libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende.

Lamentablemente esta independencia del poder español fue solamente política. El historiador de la República Jorge Basadre, en su libro El Azar en la Historia y sus Limites, escribe: […] esta ruptura política no significó en manera alguna la quiebra del ordenamiento económico y social de carácter colonial que continuó vigente hasta el siglo XIX”. (Op. cit 1973: ) Dicho en otras palabras: la estructura de explotación se mantuvo.

Prosigamos. Cumplida su histórica y magna obra, O´Higgins soportó estoicamente los embates de los enemigos políticos. La constitución que promulgó en 1822 provocó vigorosa y tenaz oposición en su país, y relativamente solo lo sostenía y salvaba su reconocido y enorme prestigio. A fines de 1822 la situación se tornó por demás insostenible. El 23 de enero de 1823 estalla el descontento; “el pueblo quiere la dimisión del Dictador”. La respuesta de O´Higgins no se hizo esperar. Respetuoso de la opinión pública y con aquel extraordinario desinterés que lo caracterizaba, abdicó a su cargo de Director Supremo depositando sobre una mesa la banda tricolor y el bastón insignia del mando.

Después de haber dado este bello ejemplo a todos los pueblos de América, salió a la calle y entre las aclamaciones de una nutrida multitud de partidarios se trasladó a su domicilio. Diez días después acompañado de su madre doña Isabel Riquelme Meza y de su hermana salió para el destierro que el mismo se impuso.

A la figura más admirable conque cuenta la historia de Chile, el gobierno peruano le había donado los fundos de Cuiva y Montalbán, ubicados al sur de Lima, en el fértil valle de Cañete. Aquí residía, entregado al cultivo de la caña de azúcar. Diecinueve años después, el 24 de octubre de 1842, dejaba de existir este ilustre prócer de la independencia de Chile, en su casa ubicada en el Jirón de la Unión 554 de la ciudad de Lima. Esta mansión, en la que Bernardo O´Higgins vivió por espacio de alrededor de veinte años, es ahora sede del Museo de Arqueología “Josefina Ramos de Cox”.


Apéndice

    Septiembre 4 de 1819

    Sra. Doña Teresa Alderete viuda de Don Julián Díaz

    EL GOBIERNO SUPREMO, ha llenado ya de su parte el voto uniforme de los ciudadanos.  En la reunión general, que se tuvo el mes de Diziembre del año anterior en el Palacio Directorial, hizo presente el cuadro de nuestra situación, manifesté que si bien el Estado se ha cubierto de gloria, esta se ha comprado con sacrificios generosos, vidas apreciables han terminado; y consumidas las rentas fiscales, solo la propiedad particular puede dar la ultima mano á la grande obra de nuestra libertad. Como esta sería vacilante mientras en Lima se mantuviesen el despotismo, se resolvió entonces una expedición libertadora a nuestros hermanos en el Perú; y al modo que las provincias amigas oblaron los ultimos restos de su antigua riqueza para dar eterna muerte á la tirania de Chile, el senado, los vecinos todos en aquella reunion augusta, renovaron las ofertas de un absoluto desprendimiento de haberes, para la expedición de consuno con el Ejercito – Unido. Diorense entonces las bases y se nombro una comisión de vecinos bien conceptuados para que en justa proporción de las fortunas, de anteriores derramas, y de lo que cada uno daría al enemigo de grado, ó por fuerza; formase un rateo para un empréstito general. Se han echo las listas, y revisadas detenidamente se aprobaron por el Senado.
    Yo me prometo la mas puntual entrega, para que cada prestamista  no pierda por la coaccion el merito que adquirira con la deferencia, y brevedad. Si es deber del hombre en sociedad sacrificar lo mas estimable en las necesidades extraordinarias del Estado; si este se ha solemnizadoen una promesa jurada, y aceptada; si este empréstito sera probablemente el ultimo servicio pecuniario que exigira la Patria; si siempre fue prudencia desprenderse de una parte para no perder el todo; si la libertad del Perú, asegurando la nuestra, vá á revivir el comercio, aumentar el trafico, dar salida á los frutos, y proporcionar reciprocas medras; solo el que esté poseido de un frio egoismo, ó no sepa calcular sus intereses, podrá entorpecer la entrega de la moderada cuota que se le ha asignado. Ninguna Republica fue libre, sin que hasta las matronas se desprendiesen de sus preceas. La reina Isabel, empeñando sus alhajas para esclavisar la America, nos debe estimular al desprendimiento de las nuestras para libertarnos: y Fernando 7, aumentando la miseria de España con extraordinarias contribuciones, y gravando pesadamente ambos cleros para una expedición homicida, nos incita a cualesquiera sacrificios, para que la emancipación del Perú inutilize sus planes. Se acerca el día venturoso en que la Patria, libre de enemigos, llamará uno á los premios, y otros á la reconciliación general. Entonces preguntando á todos ¿qué habeis hecho por mi? recordará el militar su vida expuesta, y su sangre derramada; el funcionario publico su interrumpido reposo, y sus tareas; el labrador, y el artesano sus trabajos, y sus privaciones, y hasta la Iglesia recordará las preces, y obligaciones de sus Ministros; pero el propietario, el vecino pacifico alegará sus donativos voluntarios, y este empréstito con que se corona el majestuoso edificio. Solo enmudecerán en ese día los que, adoptando una hipocresía politica, nada han querido aventurar por una suerte feliz.
    Estas y otras consideraciones se han tenido presentes para esperar que cuantos querian ver el deseado término de esta guerra justa de nuestra parte, se apresurarán á realizar el empréstito asignado. Sin esto se paralizaria la expedición proyectada, suspirada por nuestros hermanos del Perú, y que debe zarpar con brevedad. V. que toma tanto interes para que se logre su obgeto,, y resultados, se adquirirá un distinguido mérito entregando 321 pesos en la Tesoreria de la Casa de la Moneda dentro de ocho días. Improrrogables, bajo el recibo impreso que le dará la comision encargada  del rateo. Allí vá á quedar la cantidad distruibuida en arcas de tres llaves, que guardarán como un deposito sagrado los mismos comisionados, para que todos los prestamistas sepan, que no se invierte en otro obgeto que el de la expedición. Puede V. estar seguro de que esa cantidad le sera religiosamente devuelta dentro de un año bajo la hipoteca de todas las rentas del Estado, y se le  admitirá en pago de dinero, y de cualquiera credito Fiscal. Es este el primer empréstito, y si la expedición tiene el feliz suceso que todo nos indica debemos prometernos, sera seguramente el ultimo que decreta el Senado, cuyo honor identificado con el mio está empeñado en revivir de este modo un credito público que hizo despreciable la mala fe de enemigos que lo profanaron. Santiago y setiembre 4 de 1819.
                                                     Bernardo O´Higgins



Bibliografía consultada

BASADRE, Jorge
1973. El Azar en la Historia y sus Límites. Con un apéndice: la serie de probabilidades dentro de la emancipación peruana. Ediciones P. L. V. Lima – Perú.

ROJAS, Ricardo
1950. El Santo de la Espada. Vida de San Martín. Editorial Losada, S.A. Buenos Aires.

LEGUÍA Y MARTÍNEZ, Germán
1972. Historia de la Emancipación del Perú: el Protectorado. T. II. Publicaciones de la Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia del Perú. Lima.

IZQUIERDO CASTAÑEDA, Jorge
1985. O´Higgins y la Independencia del Perú. Suplemento Especial del Diario “La Industria” de Chiclayo.

















jueves, 2 de abril de 2015

La desaparecida imagen del Señor de la Caña de la
Iglesia San Pedro de Lambayeque

Todo parece indicar que es desde principios del siglo XX, en que comienzan a desfilar por las principales arterias de la devota ciudad de Lambayeque los pasos que componen su tradicional procesión de Viernes Santo. Como sabemos antaño las procesiones en esta ciudad se sucedían a lo largo de toda la semana, exceptuando el Sábado de Gloria.

Hasta el 2000, la imponente procesión se componía de 12 pasos, lamentablemente un voraz incendio acaecido en ese mismo año destruyó la efigie dieciochesca del Señor de la Caña, que constituía uno de sus pasos. La imagen, de claro estilo barroco, realizada en fina madera policromada, ojos de cristal y de aproximadamente 125 cm. de altura, se encontraba colocada en la hornacina del lado izquierdo del primer cuerpo del retablo rococó de la Virgen del Perpetuo Socorro, ubicado en el lado del Evangelio.

En ese trágico suceso gran parte del retablo, compuesto de dos cuerpos horizontales, tres calles verticales y enteramente forrado en finas hojas de pan de oro, fue consumido por  las llamas. A raíz de este siniestro se perdieron también la imagen de San Roque y el hermoso grupo escultórico compuesto por San Joaquín, Santa Ana y la Virgen Niña, todas ellas tallas barrocas del siglo XVIII, realizadas en madera policromada y ojos de cristal.

Vista del retablo de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro antes del siniestro (Foto. Memo Luna)

Ante la escasa información conque contábamos referente al proceso vital de muchos de los pasos que componen la tradicional procesión de Vienes Santo en esta ciudad, es que decidimos publicar en abril de 1999, una revista o boletín conmemorativo que reuniera los trabajos de investigación que hasta ese momento habíamos podido realizar con respecto al origen de algunos de estos pasos. La revista, que editáramos conjuntamente con Carlos Roncal Pretell, llevaba por nombre ÑAMPAGIC, y por titulo Semana Santa en Lambayeque.

En esta ocasión, creemos oportuno reseñar uno de los artículos publicados en la mencionada revista, aquel que trata precisamente sobre El Señor de la Caña, tanto por su significativo valor histórico como porque encerraba en sí buena parte del proceso vital de la irremediablemente desaparecida imagen. Veamos:

Don Casimiro Serquén (tal y como figura en el instrumento), testó en el pueblo de Lambayeque el 22 de marzo de 1785, ante el escribano de cabildo de los naturales don Cipriano Cornelio Huamán, actuando como testigos Eduardo Uchufan y Mathías Gutiérrez. Dijo ser indio principal, de ahí el apelativo de don, y estar casado con doña María de la Concepción Rondón. Durante su matrimonio procrearon solamente una hija nombrada Tiburcio Serquén. Don Casimiro era, al momento de redactar su testamento, depositario, por espacio de tres años, de las salinas de Corñan, nombre éste de una arcaica parcialidad o comunidad nativa tradicional lambayecana de la que eran pachacas principales la poderosa familia Infuc Corñan, perteneciente a la élite nativa local.

Estos yacimientos de sal se encontraban por aquellos años “arruinados por las continuas inundaciones”, causadas, no cabe duda, por la recurrente presencia del fenómeno de El Niño en nuestro litoral a lo largo del siglo XVIII.

Serquén manifestaba, en una de las cláusulas de su última voluntad, su deseo de ser sepultado “en la Iglesia Mayor”  del pueblo de Lambayeque, amén de que lo enterrara el cura del cual era feligrés “con capa de coro, Cruz alta, Vigilia y misa de cuerpo presente”.

Al momento de transcribir el viejo instrumento, que se encuentra en el Archivo Regional de Lambayeque, me llamó poderosamente la atención el párrafo de una de sus cláusulas. En sus líneas Serquén mencionaba poseer en la calle Chancay, hoy Francisco Bolognesi, una casa y junto a ésta una capilla “para las andas del Cristo de la Caña”. El nombre de la calle es el mismo que poseía una antigua parcialidad lambayecana conocida, alternativamente, como Chan o Chancay. En viejos manuscritos del siglo XVIII, se le conoce como camino a los arenales de Chancay o camino al valle de Chancay.

Como es de suponer el dato sobre la capilla concitó nuestro interés, así que decidimos continuar pacientemente con la lectura de la disposición testamentaria. Grande fue nuestra sorpresa al toparnos seguidamente con una cláusula en la que Serquén manifestaba haber adquirido con su peculio “un Señor con el nombre de la Caña”. Habíamos encontrado, y de manera casual, unos inéditos e interesantes datos sobre la hoy desaparecida efigie del Señor de la Caña.

A continuación, y para conocimiento del caro lector, creemos oportuno transcribir literal e íntegramente la referida cláusula.

Item: Declaro que he adquirido con mi sudor y trabajo un Señor con el nombre de La Caña, de cuerpo entero de hombre formal sentado con su sudario de Volillo de hilo  de encagito de oro al canto, su cíngulo de cinta de tela de plata y oro, y su azuceno al fin de d(ic)ho cíngulo, que lo compone integro su caña de madera dorada, su soga con sus flores de verano y perlas falsas, adornada sus tres potencias de plata  con más de un marco, corona de espinas verde, con su banda de género de seda rosado de flores y su peana, dos cabelleras con unas andas de d(ic)ho Señor, quatro  indios y un estandarte de  persiana de la china de flores y diversos colores y su cinta morada con vorlas concerniente al d(ic)ho estandarte; mando que todo lo expresado quede queda a la d(ic)ha Iglesia Matriz de este d(ic)ho Pueblo, para que se le de culto y veneración necesaria que así es mi voluntad. Más corresponden a d(ic)ho Señor de la Caña un cojincito que se pone a los pies de Mantilla con su  franja fina de oro, asi lo declaro para que conste y es mi voluntad (cic).

En esa oportunidad nos pareció innecesario hacer cualquier comentario sobre el origen de la imagen ya que la cláusula arriba citada hablaba por si sola. Añadimos solamente que algunos elementos del vestuario habían sufrido con el tiempo ciertas modificaciones u omisiones, agregamos también que la original peana, base o pie, en que descansaba la antigua imagen se había sustituido por una silla de madera dorada en pan de oro, que también desapareció con el siniestro.  


 Vistas del Señor de la Caña en la hornacina lateral derecha del retablo de nuestra Señora del Perpetuo Socorro (Foto. Memo Luna, 1996)
  
  

La desaparecida imagen del Señor de la Caña, cuando desfilaba por las principales arterias de la ciudad en la procesión de Viernes Santo (Foto. Memo Luna, 1995).
El Paso del Señor de la Columna en la tradicional procesión de
Semana Santa en Lambayeque

Rómulo Paredes nos da una leve descripción del “paso” procesional del Señor de la Columna, tal vez de mediados del siglo XIX, cuando dice: “…consistía en una imagen de Jesús, con el torso desnudo y las manos amarradas a una columna, y un judío con un azote en la mano derecha y el brazo en alto en actitud de agredir”.[1]

La efigie del Señor de la Columna es, no cabe duda, la misma que aún constituye uno de los once actuales pasos de la tradicional procesión de Viernes Santo en esta ciudad. La imagen del judío portando el azote ha desaparecido desde hace mucho tiempo atrás, victima, tal vez, del paso inexorable del tiempo y el ataque de los xilófagos.

Conservamos una fotografía de la década del sesenta del pasado siglo y en ella podemos observar que la imagen del judío fue reemplazada, no sabemos cuando, por una lograda escultura del apóstol San Pedro arrepentido, llorando al evocar el sufrimiento de Cristo y su cobardía al negarle por tres veces.

Las efigies del Señor de la Columna y el apóstol San Pedro arrepentido, dejaron de desfilar juntas en los primeros años de la década del setenta del pasado siglo. El motivo: el anda, realizada en gran parte en madera de algarrobo, no era la apropiada dadas sus dimensiones y su excesivo peso.

La flamante Agrupación del Señor de la Columna, presidida por el señor José Antonio Huamán y conformada por devotos lambayecanos, entre los que destacan las familias Huamán Piscoya, Samamé Rodríguez, Chávez Silva y Olaechea Rodríguez, realizaron una serie de actividades con el objeto de recaudar fondos para la construcción de una nueva y aparente anda de madera de cedro (material, a todas luces, mas liviano), y la confección de un nuevo faldellín para el Señor de la Columna y una capa para el apóstol San Pedro.

Las actividades no llegaron a cubrir, del todo, el monto de lo pactado, por lo que los miembros de la Agrupación recurrieron a los buenos oficios de la Municipalidad Provincial de Lambayeque. Inmediatamente el municipio lambayecano dispuso se corriera con la mitad de los gastos que demandara tanto la construcción del anda como la confección de los atuendos.

Mientras tanto, dado el mal estado de conservación en que se encontraba la imagen del Señor de la Columna era intervenida de emergencia en un ambiente especialmente acondicionado, para tal fin, por el P. Fredy Beltrán García, al interior de la Iglesia San Pedro de Lambayeque.

La efigie, además de estar completamente repintada, mostraba las  huellas del ataque de xilófagos (polilla, comején), con pérdida de elementos compositivos en parte de su espalda, cadera y tobillo izquierdo. Su desinfección, limpieza, el retiro de la burda capa de pintura que la cubría y el tratamiento de sus partes afectadas por los insectos, corrió a cargo de la Parroquia de Lambayeque.

En notable gesto, los miembros de la Agrupación, nombraron como padrinos del anda al burgomaestre lambayecano CPC. Percy Alberto Ramos Puelles y a su señora esposa. El grupo fue bendecido por el P. Juan José Silla.

Gracias a toda esta labor en conjunto, de la cual hemos sido testigos de excepción, se logró que el paso del grupo escultórico conformado por el Señor de la Columna y el apóstol San Pedro arrepentido desfile nuevamente en la tradicional procesión de Viernes Santo en esta ciudad.


El “paso” del Señor de la Columna (1963)

El Señor de la Columna

Talla barroca de madera policromada y ojos de cristal. Mide 163 cm. de altura. Data de finales del siglo XVIII y su autor es desconocido. Se trata de una trágica representación de Jesús flagelado.

Se le muestra de cuerpo entero, de pie y de frente. Lleva como única vestimenta un paño de pureza elaborado en tela encolada. Cuando sale en procesión se le coloca un faldellín de color morado ricamente bordado y ceñido a la cintura por un fajín del mismo tono. Está atado a una exenta columna de madera por un cordón, realizado en plata, que cuelga de su cuello. La columna se ubica al costado izquierdo de la imagen y a la altura de su cadera. Se supone que ésta, representa la unión entre el cielo y la tierra. 

La cabeza, que lleva tres potencias de plata, se encuentra levemente inclinada hacia el hombro derecho. El rostro ligeramente ovalado, la frente despejada. Cejas arqueadas; la mirada baja refleja resignación; los ojos,  con el iris color castaño oscuro, muestran un extraño y trágico brillo; nariz recta y prominente; los labios ligeramente entreabiertos. La cabellera postiza larga y rizada, dejando visible buena parte del pabellón auditivo del lado izquierdo. La barba corta, rizada y ligeramente partida. Los brazos flexionados a la altura del abdomen, cruzados y enlazados por la cuerda de plata, la muñeca de la mano derecha monta la de la mano izquierda.  Esta apoyado en su pie y talón izquierdo, con la pierna derecha ligeramente flexionada hacia adelante, dejando el talón, de ese lado, casi en el aire. La imagen muestra una carnadura de tonos claros, salpicada por huellas de laceraciones y tumoraciones en todo el cuerpo, destacándose las de la parte media de la espalda, donde también son remarcados los huesos que la conforman.[2]


  El Señor de la Columna, antes y después de su intervención (Foto. Memo Luna)

El Apóstol San Pedro

Talla barroca realizada en madera policromada, tela encolada y ojos de cristal, realizada a finales del siglo XVIII y de autor anónimo.

Se le representa como un hombre ya maduro con la pierna izquierda de rodillas y la derecha flexionada hacia delante; con notable pérdida de cabello en la parte superior del cuero cabelludo (calvicie); un mechón de pelo ondulado le cae sobre la frente; el ceño fruncido; la frente con visibles arrugas; las cejas ralas; la cabeza inclinada hacia arriba. Su mirada muestran aflicción y arrepentimiento; de sus ojos se desprenden lagrimas como suplicando perdón por haberlo negado; nariz recta y pronunciada; pómulos acusados; barba bífida y rizada; la boca entreabierta deja traslucir parte de los dientes superiores. La cabeza y el tórax ligeramente inclinado hacia la derecha, con los brazos flexionados hacia arriba y las manos cruzadas en actitud orante, apoyando la mejilla derecha en el dorso de la mano izquierda. No cabe duda se trata de una imagen de retablo de ¾ de cuerpo.


 Detalle del remozado rostro de San Pedro Arrepentido (Foto. Memo Luna)



  Renovado paso del Señor de la Columna y San Pedro arrepentido (Foto. Memo Luna)

















[1] A Golpe de Arpa. Barandiaran – Paredes 1934,  p.392.

[2] Semana Santa en Lambayeque. Izquierdo 2013, p.17

miércoles, 2 de enero de 2013

La Plaza de Armas de Lambayeque



Plaza de Armas de Lambayeque (1929). Colección: Bibliógrafo, Miguel Ángel Díaz Torres

Atractivo turístico de las ciudades lo constituyen también sus plazas, plazoletas y parques principales. La blasonada ciudad de San Pedro de Lambayeque cuenta para esto con una atractiva Plaza Mayor o Plaza Principal, alternativas denominaciones con que la hemos encontrado registrada en papelería de antigua data.

Desde mediados de 1920, se le conoce como Plaza de Armas “27 de Diciembre”, en clara alusión a la fecha en que el cabildo patriótico de esta ciudad declaró, a nombre del pueblo lambayecano, su total independencia del poder político español en 1820. Esta plaza, fue declarada Ambiente Urbano Monumental por Resolución Ministerial Nº 329 – 1986 – ED.

Breve antecedente histórico

La ciudad de Lambayeque no tuvo un nacimiento improvisado, su origen urbano se remonta al momento mismo en que las dispersas parcialidades o comunidades nativas tradicionales que conformaban su laborioso y rico señorío, fueron reducidas o agrupadas en pueblo, de corte hispano, en su actual emplazamiento. El flamante pueblo de indios fundado, no cabe duda, a mediados del siglo XVI, se denominó originalmente San Pedro de Lambayeque.

El ceremonial para el levantamiento de pueblos indígenas era muy simple. Después de haberse determinado el terreno donde se ubicaría la plaza mayor o principal y oficiado una misa en ella, ofrendada al patrono del novísimo pueblo, el representante español reunía al cacique y a las parcialidades con sus respectivos pachacas para que tomando como punto de referencia las cuatro esquinas de la plaza, se diera inicio  al reparto de solares, trazados a cordel y regla, para el cabildo de naturales y su respectiva cárcel, cabildo conformado por indios principales de la localidad, para la iglesia y el cementerio (convirtiéndose de este modo en el símbolo de la dualidad del poder político y religioso), para la vivienda del encomendero, del cacique principal, para los aposentos de los “curas de indios” o de doctrina,  para el tambo, la casa de comunidad, los solares en que debían residir los pachacas principales y la nobleza nativa local, los barrios donde vivirían los miembros del común de indios y el hospital.

Alrededor de este flamante pueblo, delineado a modo de un tablero de ajedrez (damero) porque facilitaba el reparto de solares, existían ejidos o parcelas destinadas al trabajo comunitario y el autoabastecimiento. Todo esto en fiel cumplimiento de las “Ordenanzas para la fundación de ciudades en el nuevo mundo” dictadas en 1523, por el Rey Carlos I de España. Posteriormente las reales cédulas de los años de 1549, 1551, 1560 y 15 de julio de 1566, ordenaba a los virreyes que a los habitantes originarios del Perú se les agrupara en pueblos.

La primitiva plaza

De su aspecto original nada sabemos. Pero cabe imaginárnosla como un amplio y descubierto espacio de tipo rectangular, con su piso de arena y tierra afirmada, con muy escasa arboleda, menos adornos vegetales, dado que en ella hacían sus ejercicios militares tanto el piquete de soldados veteranos del Rey, que, de cuando en cuando, acantonaba por estos lares, como el batallón de milicias disciplinadas de infantería perteneciente al pueblo.

En el centro de la plaza el rollo o picota de madera de algarrobo, material común y abundante en el entorno, con sus complementos de carácter penal, como cadenas, grilletes, argollas y gruesas sogas, para escarmiento, en un principio, de “indios levantiscos”, y, con el tiempo, de negros cimarrones. Se dice, dato no confirmado aún, que en la picota de esta plaza sufrió la cruel pena del azote y el infamante corte de pelo más de un hechicero reincidente, allá por el siglo XVII. Las Cortes de Cádiz por Decreto del 26 de mayo de 1812, ordenaron su destrucción o traslado a las afueras de los centros poblados

Pero la plaza también sirvió como marco solemne para las celebraciones y ceremonias públicas propias del virreinato, aunque, claro esta, con significativo retrazo por el lento correo marítimo, como por ejemplo: la asunción al trono del monarca de turno, el nacimiento de un príncipe, la llegada de un nuevo virrey a la capital, etc. Y de las locales, una en especial, la ceremonia protocolar de toma de mando de un nuevo cacique gobernador. De paso también se celebraban las pomposas fiestas religiosas.

Como hemos visto anteriormente, las ceremonias de asunción al solio cacical lambayecano se realizaban teniendo como marco la plaza principal. Y ésta plaza, fue escenario, el 15 de enero de 1804, de un motín protagonizado por centenares de indios en clara oposición a la toma de mando del cacique Dámaso Temoche Farrochumbi, un cacique servil a los intereses de las autoridades coloniales y que precisamente ese día cumplía años. A los gritos “mueran los blancos y otras castas”, se apoderaron de los caudales custodiados en la Aduana, (actual sede de la Institución Educativa “27 de Diciembre”), asaltaron el cabildo (situado, por aquel tiempo, justo enfrente de la puerta principal de la iglesia San Pedro de esta ciudad), en busca del subdelegado español, la cárcel (ubicada  al lado del cabildo), la casa de don Pedro Temoche, suegro del cacique, etc.

El cierra puertas en Lambayeque fue general porque se decía que tres mil indios estaban prestos a tomar el pueblo a sangre y fuego. Clemente Anto, Melitón Coronado Infuc Corñan, Bruno Huerta, Marcelino Failoc, visibles cabecillas de la revuelta nativa se parapetaron en la Iglesia Matriz y capillas doctrinales o ramadas situadas a un costado de esta. Las milicias reales se reunieron de inmediato, la represión fue drástica y los líderes, vistiendo aún a la “usanza indica”, fueron tomados presos y depositados en los calabozos de la cárcel de Lambayeque. Poco después, ante el riesgo que corrían sus vidas, fueron enviados, vía Trujillo, a la Real Cárcel de Lima (Izquierdo. 2011).

Un espacio que sobrevivió a las catástrofes

La plaza principal de Lambayeque sobrevivió, digámoslo de alguna manera, a las fatídicas inundaciones que asolaron esta ciudad en pasados siglos como consecuencia de la cíclica  presencia del fenómeno del Niño, del tipo “muy fuerte”, en los aciagos veranos de 1578, 1701, 1720, 1728 y 1791. En todos estos nefastos eventos las desbordadas aguas de su temperamental río prácticamente la borraron del mapa convirtiéndola en una inmensa laguna que se tenía que surcar por medio de balsas,

Esta suerte de supervivencia no la tuvieron dos plazas menores, muy antiguas, conque también contaba esta laboriosa ciudad, la plaza de Belén y la plaza de San Carlos. La primera se encontraba situada en una explanada frente al hospicio fundado, construido y regentado por los religiosos de la Orden Betlehemita, situado en los terrenos que actualmente ocupa el cuartel de “Servicios de Material de Guerra” o cuartel “Bolognesi”, en la vieja travesía de la calle del “Hospital”, después calle “Cruz del Siglo XX”, hoy calle “Charles Suttón”.

Aunque el escritor e historiador lambayecano Germán Leguía y Martínez, en el Tomo III de su obra “Historia de la Emancipación del Perú: el Protectorado”, equivoca el lugar donde se encontraba, nos da cuenta de ella cuando manifiesta que para la celebración de la fiesta navideña se improvisaban en esta plaza: “Cuartos o salones amplios, improvisados con palos y cañas, petates, esteras, etc. forrados en madapolán o picardía (ricos géneros blancos de la época) y llenos de billares u otros juegos (bolos, trucos, etc.) y de mesas para recibir las viandas, despacharlas y comerlas” (Leguía. 1972). Arruinado el hospital y su capilla por la inundación del verano de 1791, esta tradicional costumbre se trasladó a la plaza principal. El citado historiador relata que al retornar a Lambayeque en 1881, “esa bella costumbre había desaparecido” (Leguía. 1972).

La segunda fue la plaza de San Carlos, ubicaba al sur de la ciudad y con frente al barrio de su nombre. Esta se comenzó construir a mediados del siglo XVIII, y desapareció completamente conjuntamente con buena parte de su bien delineado barrio con los copiosos aguaceros y fatal inundación del verano de 1828. Leguía y Martínez nos dice que estuvo dotada: “…de bancas de madera, rejas de hierro y amplias calles de árboles que formaban una hermosa alameda” (Leguía. 1972). El nos da también su exacta ubicación, veamos: “Estaba esta en el barrio de San Carlos; o sea en un cuadrilátero de dos manzanas mínimun en el paraje hasta hoy denominado de la Alameda Vieja; esto es detrás del Casino Civil Militar y abarcando el perímetro en que ahora existe el Club del Tiro al Blanco” (Leguía. 1972).

En Lambayeque hubo dos asociaciones o clubes de Tiro al Blanco civiles. El primero, y es al que, sin duda, se refiere Leguía y Martínez, se denominó “Club Bolognesi” y su campo de tiro se encontraba a espaldas del Casino Civil Militar de esta ciudad, inmueble que se encontraba en plena construcción en 1916, en el terreno de 1,500 metros cuadrados (25 mts. de frontera por 60 mts. de fondo), que le cediera, el 16 de noviembre de 1915, la Municipalidad Provincial de Lambayeque, siendo alcalde el Sr. José Ignacio Iturregui Mendiburo. La ampliación de la parte posterior del Casino lo absorbió, por donación hecha también por el municipio lambayecano en noviembre de 1917, siendo alcalde el Sr. Miguel Baca Matos. Este espacio de 680 metros cuadrados, es la parte que actualmente ocupa el campo deportivo de esta institución. A poco tiempo de inaugurado el Cuartel Militar “Leoncio Prado”, el 20 de septiembre de 1916, se creó el Club de Tiro del Regimiento Nº 1 “Gildemeister”, con su campo de ejercicios y competencia ubicado al oeste de la ciudad, camino a la antigua caleta de San José. El segundo se denominó “Club de Tiro Revolver”, su local se encontraba ubicado en la vieja calle “Tancún” hoy “Emiliano Niño Pastor” y parte del terreno en que hoy se levanta la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo (UNPRG). En 1942, los civiles conformaban la “Sociedad de Tiro Lambayeque” Nº 137. Hasta los primeros años de la década de los sesenta del pasado siglo se podían apreciar las arruinadas estructuras de su centro social en una esquina de la hoy denominada calle “Leandro Pastor”.

La plaza y la independencia

La memorable noche del 27 de diciembre de 1820, una enardecida multitud al grito unánime de ¡a la plaza¡ ¡a la plaza¡ tomo este baluarte a poco de haberse enterado del pronunciamiento de su cabildo por la ansiada libertad. El ímpetu de esos fervorosos patriotas, envalentonados por agresivas arengas, sirvió de acicate para que el Escuadrón realista, acantonado precisamente en mansión situada a un costado y frente a ella, conocida antiguamente como de la “Aduana” (sede hoy de la Institución Educativa de Varones de Primaria y Secundaria “27 de Diciembre”), rindiera su pendón grana ante el valeroso capitán de milicias disciplinadas de infantería de Lambayeque Juan Pascual Saco Oliveros. Lambayeque se convierte así en la primera población del norte del Perú en declarar su independencia del poder español.

Terminado el evento anual que con motivo de las fiestas navideñas se realizaba en la plaza, esta sirvió de marco también para la solemne y pública proclamación de la independencia de Lambayeque el 14 de enero de 1820. De lo que se desprende el respeto y cuidado que se le debe dar a este espacio monumental.

Aprovechemos esta ocasión para anotar el siguiente considerando, que nos dará una clara idea de lo que verdaderamente representaba Lambayeque,  capital del partido del mismo nombre, en los albores de su independencia política del yugo español. Sabido es que la ciudad de Lambayeque cuenta con cuatro actas de declaración y jura de su independencia, la del 27 de diciembre de 1820, redactada en la casa donde moraba el alcalde de segunda nominación el limeño don Melchor Sevilla; la de la madrugada del 31 de diciembre, en que el pueblo y bajo pueblo de esta ciudad declaró su independencia en casa del sindico procurador don Mariano Quezada y Valiente; la del 31 de ese mismo mes y año redactada en el salón del cabildo y la pública y solemne del 14 de enero de 1821. Ahora bien, el cabildo de Chiclayo la verifica el 31 de diciembre de 1820, después de haber sido notificado por un propio de Lambayeque; inmediatamente después, por acto espontáneo del pueblo y el ayuntamiento chiclayano presidido por don Santiago de Burga, se convino en nombrar como “Comandante de Armas” al prócer chiclayano don José Leonardo Ortiz, en premio a su decidida participación en estos acontecimientos. Pero este nombramiento no fue aprobado por el general don José de San Martín en Huaura, porque decía: “…en Chiclayo jamás se creara tal empleo por su localidad, por no ser Plaza de Armas, por no haber allí ni un fusil, y porque Lambayeque, que es la capital del partido, sitúa a dos leguas”. Tacita referencia del ilustre argentino a lo que verdaderamente constituía el pueblo de Lambayeque, esto es una “Plaza de Armas”, o sea un lugar donde se encontraban destacamentos armados.

Época independiente

En la época independiente, como es natural, se sustituyeron las ceremonias cívicas coloniales o virreinales por las del nuevo sistema, manteniéndose imperturbables las de carácter religioso. El escritor colombiano Próspero Pereira Gamba nos relata que para la celebración de las fiestas patrias en esta ciudad se colocaba, por el año de 1860, “…un pedestal en el centro de la plaza, bellamente adornado, y sobre este el retrato del Libertador don Simón Bolívar, flanqueado por las banderas de las cinco repúblicas por el libertadas del yugo español”. Se entiende por las de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.

Pero este sano lugar de encuentros, de compartir y debatir ideas, de relajamiento y solaz esparcimiento, de celebraciones religiosas, se convertiría también, en épocas de intranquilidad social y sobre todo política, en el escenario de luctuosos sucesos, veamos algunos ejemplos:

El 12 de abril de 1875, fue fusilado, en esta plaza, José Tomás Calderón, “quien había dado muerte, en el despoblado de olmos, a su patrón, a quien acompañaba, para robarle”. La ejecución se dio frente al Casino Civil Militar de esta ciudad. Lo curioso del caso es que el acto fue acompañado por la banda infantil de la ciudad, denominada “Banda Infantil Lambayeque”, compuesta por 26 muchachos de esta localidad (León Barandiaran. Paredes. 1934).

En esta plaza fueron también fusilados en 1878, los integrantes de la temida banda de ladrones capitaneada por “Carmen”  apodado “el Cacique” y de la que eran miembros también tres de sus hermanos, a quienes se les conocía  como “los Pichones”, se dice que uno de ellos contaba con tan solo 16 años de edad. El acto se llevo a cabo “frente a la puerta del Perdón” de la Iglesia San Pedro de esta ciudad, aquella que mira a la Plaza de Armas. Sus cadáveres “debidamente amortajados” fueron velados en el Hospital de Nuestra Señora de Belén (León Barandiaran. Paredes. 1934).

Su reconstrucción

A principios del siglo XX, se inician intentos por reconstruir la vieja plaza lambayecana que mostraba un aspecto inarmonioso. En septiembre de 1900, se trazan y pavimentan sus veredas a iniciativa de un Comité de Obras Públicas presidido por el entonces subprefecto Sr. Gamarra Castañeda. En 1913, se colocan los postes de madera para el alumbrado a kerosén, dotados de faroles “Auto Luz”, donados por la Empresa de Cinemas y Teatro del Ferrocarril y Muelle de Puerto Eten. (Libros de Actas de la Municipalidad Provincial de Lambayeque).

En una fotografía captada por el lente de Enrique Brünnig a principios del siglo XX, que celosamente conserva el arquitecto lambayecano Benigno León Escurra, se puede observar claramente en medio de la plaza un alto enrejado de fierro, que protege un frondoso jardín y una pequeña pileta con su obelisco al centro, los ficus que bordean la plaza - plantados a principios del siglo XX - y los delgados postes de madera con sus faroles. Se pueden observar también en segundo plano, la casa solariega donde naciera el prócer de la independencia de Lambayeque Juan Manuel Iturregui Aguilarte, con su balcón abierto de cajón corrido y la casa de una sola planta donde viviera el ex - presidente del Perú Augusto Bernardino Leguía Salcedo, ambas desaparecidas.

Plaza de Armas de Lambayeque (Enrique Brünnig.1903)
Ya en 1885, se había instalado el alumbrado público a kerosén en algunas principales arterias de esta ciudad como en la antigua calle de “San Roque”, hoy “2 de Mayo”, calle “Real de Mercaderes” hoy “8 de Octubre” y buena parte de la calle del “Correo” hoy “Miguel Grau”. Los cobros respectivos de este servicio corrían a cargo de un rematista, quien se encargaba de contratar a la persona que encendía y apagaba las lámparas.

Los frondosos ficus que bordeaban la plaza fueron derribados a finales de la década del treinta del pasado siglo. El periodista, investigador, literato, incansable viajero y maestro universitario don Aurelio Miro Quesada Sosa, en la segunda edición aumentada de su obra “Costa Sierra y Montaña” (1947), se refiere a ellos cuando dice: “…Bajo el viento fresco de la tarde, veo una plaza lírica y simpática, con bancas que se acogen a la sombra propicia de algunos ficus hermosísimos. Se me dice ahora que ya esos árboles no existen. Se me informa – y quiero todavía resistirme a creerlo – que no se ha tratado de una poda, sino que han sido cortados de raíz. Cuando pasen los años, y los habitantes de Lambayeque o los viajeros recuerden la copa frondosa de los ficus, habrá quien coloque en la Plaza alguna ofrenda a esos árboles mártires, que fueron en su día lujo y presea de la ciudad” (Miro Quesada. 1947).

El 19 de mayo de 1920, ante “la necesidad patriótica” de conmemorar, en diciembre de ese año, el centenario de la declaración de la independencia de Lambayeque, el Presidente Augusto Bernardino Leguía Salcedo, natural de esta provincia, emite un Decreto, considerando, en su primer articulo, que la plaza principal de Lambayeque: “… llevara en lo sucesivo la denominación histórica de “Plaza 27 de Diciembre”. Firma también el instrumento el Ministro de Gobierno Dr. Germán Leguía y Martínez, su pariente y coterráneo (ver Anexo).

Un mes después, el 20 de junio de 1920, a escasos seis meses de los festejos, se da inicio a la reconstrucción total de la plaza, siendo alcalde el Sr. Miguel Baca Matos.  Meses antes, el 22 de septiembre de 1919, se había instalado la Comisión de Fiestas de Independencia de Lambayeque presidida por el síndico Sr. Rafael Delgado y compuesta por los señores Edilberto Sanmillán, Roberto Barandiarán, Arístides Pita y Carlos Ruiz. Para el efecto se destino también una partida especial denominada: “Celebración 1er. Grito de Independencia en Lambayeque el 27 de Diciembre de 1820”, ésta ascendía a la suma de 150.00 Libras peruanas, procedente del cobro de veredas.

Dicha comisión se encargó de concluir los 1,200 metros de vereda que se encontraban inconclusas para ese año, parte de este material se utilizó en el pavimentado de la plaza. Se empedraron y adoquinaron las arterias que circundan la plaza, y se colocaron también las primeras doce bancas de madera construidas por el maestro carpintero Víctor M. Cornejo Pinto, sus estructuras de fierro se trabajaron en la ciudad de Trujillo. Estas medían cinco y medio pies de largo, por cuatro de ancho, dos pies ocho pulgadas de alto y dieciocho pulgadas de asiento, su costo L.p. 25. 6. 80.

Creemos oportuno agregar que el mismo Cornejo se encargó también, en ese mismo año de 1920, de los trabajos de techado del mercado de abastos de la ciudad. El diputado lambayecano Sr. Marcial Pastor había donado para la fábrica de la cobertura del mercado la suma de 100 Libras peruanas, por encontrarse inconclusa la obra desde 1887, año en que se levantaron sus paredes. De paso, en los depósitos municipales se encontraban los treinta rieles que el Sr. Luís López, Superintendente de la Empresa del Ferrocarril y Muelle de Puerto Eten, había obsequiado para su fábrica.

Plaza de Armas de Lambayeque (1929)


La Estatua de la Libertad

Del año de1921, data la majestuosa e imponente estatua de bronce, de escultural figura femenina de indiscutible valor artístico, que representa la libertad, ubicada en la pileta central de la plaza. Obra esculpida por uno de los destacados exponentes de la primera generación de escultores peruanos de las dos primeras décadas del siglo XX, el chalaco David Lozano Lobatón (1885 – 1936), en su taller de Barrios Altos en la capital de la República. El monumento que debería ser inaugurado, conjuntamente con la remozada plaza, el 27 de diciembre de 1920, con motivo de las celebraciones del centenario de la independencia de esta ciudad prócer, tuvo que inaugurarse siete meses después, el 28 de julio de 1921, con motivo del centenario de la independencia nacional. El motivo: la escultura no estaba concluida para la fecha prevista.

Se sabe que poco después de haber sido instalada en su respectivo pedestal, al centro de la pileta hexagonal de la plaza, las personas más ilustradas de la ciudad la bautizaron como “Venus de Lambayeque” en clara alusión, tal vez, a la diosa mitológica de la belleza y el amor, reina del cielo, de la tierra y las aguas; esposa de Vulcano, dios del fuego y amante de Marte, dios de la guerra. Con ese apelativo se le conoce hasta nuestros días, restándole el verdadero sentido histórico para lo cual fue diseñada, esto es, para representar esa facultad natural de todo hombre y nación el de la responsabilidad de ejercer la propia libertad (Izquierdo. 2006).

Por todo esto es que así se le concibió: “…desnuda, libre, voluptuosa, graciosa, coqueta, provocativa e irreverente. Así quisieron legárnosla nuestros mayores, los Leguía. Con su pequeña antorcha rematada en una espiga, en lo alto de su brazo derecho, como iluminándonos el camino de la libertad. Pequeño pero sugestivo detalle opacado, por la década de los setenta del pasado siglo, por la colocación en su lugar de un antiestético plato, que sirvió de lámpara votiva en la realización de unos juegos deportivos en esta ciudad” (Izquierdo. 2006).

Ahora bien: “Si hemos de darle un nombre consecuente a esta lograda escultura, respetando el sentido de la misma y en honor de la verdad histórica, debemos llamarla “Estatua de la Libertad de Lambayeque”. Y tenemos que acostumbrarnos a ello, porque eso es lo que representa y conmemora, la exitosa ruptura con los casi tres siglos de dominación española en esta ciudad y el Perú”. (Izquierdo. 2006.).

Estatua de la Libertad (1930)



Plaza de Armas de Lambayeque (sin fecha). Colección: familia Rodriguez Rivadeneira


Los obeliscos

Los obeliscos que adornan los vértices de los cuatro ángulos de la plaza, también fueron donados por el Gobierno del presidente Augusto Bernardino Leguía Salcedo, hijo predilecto de esta provincia, para la conmemoración del centenario. Estos pilares están realizados en fino mármol de Carrara, de cuatro caras, iguales y convergentes, rematadas en achatadas puntas piramidales y descansan sobre tres gradas de piedra granito. Estos monumentos conmemorativos fueron fabricados en la ciudad de Lima, en la casa de José María León e Hijo. Las gradas de piedra granito fueron cinceladas por el maestro picapedrero lambayecano Sr. Manuel Urcia (Izquierdo. 2006).

En las cuatro caras de los obeliscos del lado oeste de la plaza se encuentran inscritos, tal y como manda el decreto legislativo firmado por el presidente Leguía, los nombres de los jefes militares y civiles que efectuaron el pronunciamiento la memorable noche del 27 de diciembre de 1820, los de los miembros del cabildo patriótico, a cuya cabeza se encontraba don Pedro López de Vidaurre, que rubricaron, esa noche, el acta de independencia oficial, el nombre del personaje que facilitó su casa para tan magno acontecimiento (el limeño don Melchor Sevilla), el nombre del personaje (el sindico procurador don Mariano Quesada y Valiente) que levantó el acta en que el bajo pueblo juró la independencia la madrugada del 31 de diciembre y de los que la suscribieron, entre los que se encontraban los alcaldes indios de las cuatro ramadas (Manuel Chiquita, Juan Huerta, Rudesindo Teño, Manuel Conde), los nombres de los que estuvieron prestos a tomar por las armas, la noche del 27, el local donde se guarnecía el escuadrón realista, entre los que destacan el limeño Juan del Carmen Casós y los lambayecanos Juan Pascual Saco Oliveros y Juan Manuel Iturregui Aguilarte y por último los nombres de los jóvenes y valientes voluntarios que fueron a engrosar las filas del Ejercito Patriota, para luego cubrirse de gloria en los campos de Pichincha, Junín y Ayacucho.

El 28 de julio de 1921, día central de las festividades del centenario de la independencia nacional, se inauguró la reconstruida Plaza de Armas lambayecana. Era, a la sazón, alcalde de la ciudad, por disposición de la “Asamblea Nacional de 1919”, el Sr. Augusto León. Fue bendecida solemnemente por el P. Miguel Villavicencio, párroco interino de la iglesia de Lambayeque.

         Augusto B. Leguía Salcedo

                 German Leguía y Martinez


Remodelación

En 1962, se remodeló la plaza, centro obligado de la tertulia vespertina y de las, otrora, retretas dominicales. El aspecto sobrio y gris que mantenía desde el año de 1921, cambió definitivamente, al reemplazarse sus maltratados sardineles y la losa de cemento por losetas de color. Se reemplazaron también sus viejas bancas de madera por las antiestéticas bancas de concreto imitación mármol (rojo con jaspeados color blanco) que actualmente posee. El interior de la pileta y el pedestal donde descansa la escultura de bronce también fueron remodelados, cubriéndolos con pequeñas mayólicas de color verde claro y dotándola de un sistema de iluminación sumergible con cuatro pequeños reflectores protegidos por rejillas y vidrios de colores. Se remozaron sus jardines cercándolos con setos ornamentales para su protección y se colocaron postes de alumbrado con sus bases ornamentadas y en lo alto sus tres globos de cristal blanco.

En 1992, dado el abandono, la indiferencia y la falta de mantenimiento a que estaba sujeta por varios años, la plaza sufrió una nueva intervención. En esa oportunidad se erradicaron los postes ornamentales anteriormente citados, colocando en su lugar los que actualmente luce, “clavados”, al decir del común de la gente, en el centro de sus áreas verdes, que no se adaptan, ni mucho menos guardan relación con su entorno y el aspecto tradicional que se le ha querido dar desde siempre, sin conseguirlo hasta el momento, a esta singular e histórica plaza. Más aún cuando en esa misma ocasión se plantaron una serie de especies vegetales que, con el correr del tiempo, la han convertido en una “plaza ajardinada”.

Pileta central de la Plaza de Armas


Vista nocturna de uno de los angulos de la plaza 

Anexo
    
     El Presidente de la República

     Considerando:

     Que la ciudad de Lambayeque proclamó solemnemente la Independencia del Perú el 27 de diciembre de 1820, dando ese ejemplo de civismo a los demás pueblos del departamento de la Libertad y, con ellos, a la nación entera, según textualmente lo confirma el Decreto Legislativo del 18 de diciembre de 1822, expedido por el Primer Congreso Constituyente del Perú; y

      Que la importancia y la trascendencia de aquel acto imponen la necesidad patriótica de conmemorarlo, en la fecha, ya próxima de su centenario.

     DECRETA:

     Art. 1º - La plaza principal de Lambayeque, en cuya antigua Aduana – hoy centro escolar de varones – transformada en cuartel en 1820, fueron amagadas y rendidas, por espontáneo empuje popular, las fuerzas realistas comandadas por el entonces capitán don Antonio Gutiérrez de la Fuente, llevará en lo sucesivo la denominación histórica de “Plaza 27 de diciembre”.

     Art. 2º - Instáurese en dicha Plaza una placa de Bronce, de que actualmente carece; y elévese, en los vértices de sus cuatro ángulos, otros tantos obeliscos de mármol, en cuyas caras respectivamente se inscriban: 1º- Los nombres de los jefes militares y civiles que efectuaron el pronunciamiento; - 2º - Los de los miembros del ayuntamiento que extendieron y firmaron el acta de proclamación oficial; - 3º - Los del patriota que facilitó su domicilio para el acuerdo, del síndico procurador que levantó el acta popular posterior de 31, y de los suscriptores principales de esta última; y - 4º - Los de los vecinos notables que a la cabeza del comicio armado, emprendieron, en la noche del 27, el ataque sobre la tropa realista:; y los de los voluntarios distinguidos que, después del mismo, partieron al cuartel general Libertador de Huaura, a incorporarse en el ejército de San Martín.

     Art. 3º - Abrase, en el paraje descampado existente, a la entrada de la ciudad, entre la estación del F.C. de Eten, la plaza de abastos, la fabrica de tejidos en actual construcción y la calle fronteriza a este último establecimiento, otra plaza debidamente ornada, que se nombrará “Plaza de la Independencia”.

     Art. 4º - Eríjase en esta plaza:

1º- Un monumento central que ostente en lo alto la estatua del patriota lambayecano don Pascual Saco Oliveros, agente primordial de la rendición realista; y 2º- en cada uno de los ángulos del perímetro, los cuatro bustos de los patriotas lambayecanos, general don José Rivadeneira, mártir de la libertad; don Juan Manuel Iturregui, cabecilla principal entre los promotores de la transformación separatista; José Leguía y José Ignacio Iturregui, actores sobresalientes del gran acontecimiento, que, salvando éste del olvido, expidieron a solicitud municipal, el interesante informe de 6 de mayo de 1869.

     Art. 5º - Organícese  el “Álbum de la Independencia norperuana” en que corran los fotograbados de las actas originales de proclamación de emancipación nacional, en las diversas ciudades del Norte del Perú. Con los documentos antecedentes y subsiguientes; y los de los lugares en que realizáronse los actos respectivos, procurando en lo posible, la reproducción de los mismos en la forma que tenían hacia la fecha o en el tiempo más próximo al año de esos sucesos.

Para ello las municipalidades de las provincias del Norte de la República procederán, en el plazo máximo de 60 días, contados a partir del presente decreto, a remitir al Ministerio de Gobierno las fotografías necesarias para el objeto, o los documentos originales que deban ser reproducidos, en el Álbum. El Fisco reintegrará, en el primer caso, cualquier gasto impelido en la reproducción: o devolverá, en el segundo, las piezas originales remitidas en forma conveniente y segura.

     Art. 6º - El Ministerio de Gobierno queda encargado de llevar a la práctica el presente decreto, y de comunicar, a los funcionarios y corporaciones que correspondan, la parte que a cada cual pertenezca en su cumplimiento y ejecución.

     Dado en la casa de Gobierno en Lima, a los 19 días del mes de mayo de 1920.

                                                       A. B. Leguía.

                                                          G. Leguía y Martínez.


Bibliografía.

Izquierdo Castañeda, Jorge. “La Plaza de Armas de Lambayeque”. Suplemento Dominical del Diario “La Industria” de Chiclayo. p. p. 5 - 6. 18 de febrero del 2006.

Izquierdo Castañeda, Jorge. “Clemente Anto el Procurador rebelde”. Blogspot.com/ Lambayeque Camino al Bicentenario. 9 de septiembre de 2011

Leguía y Martínez, German. Historia de la Emancipación del Perú: el Protectorado. Tomo III, P. 380).

Miro Quesada Sosa, Aurelio.  “Costa Sierra y Montaña” p. p. 63-64. 1947

León Barandiaran, Augusto y Paredes, Rómulo. “A Golpe de Arpa”. p. p. 214, 254. Edición de los autores. Lima, 1934.

Libros de Actas de la Municipalidad Provincial de Lambayeque.