jueves, 2 de abril de 2015

La desaparecida imagen del Señor de la Caña de la
Iglesia San Pedro de Lambayeque

Todo parece indicar que es desde principios del siglo XX, en que comienzan a desfilar por las principales arterias de la devota ciudad de Lambayeque los pasos que componen su tradicional procesión de Viernes Santo. Como sabemos antaño las procesiones en esta ciudad se sucedían a lo largo de toda la semana, exceptuando el Sábado de Gloria.

Hasta el 2000, la imponente procesión se componía de 12 pasos, lamentablemente un voraz incendio acaecido en ese mismo año destruyó la efigie dieciochesca del Señor de la Caña, que constituía uno de sus pasos. La imagen, de claro estilo barroco, realizada en fina madera policromada, ojos de cristal y de aproximadamente 125 cm. de altura, se encontraba colocada en la hornacina del lado izquierdo del primer cuerpo del retablo rococó de la Virgen del Perpetuo Socorro, ubicado en el lado del Evangelio.

En ese trágico suceso gran parte del retablo, compuesto de dos cuerpos horizontales, tres calles verticales y enteramente forrado en finas hojas de pan de oro, fue consumido por  las llamas. A raíz de este siniestro se perdieron también la imagen de San Roque y el hermoso grupo escultórico compuesto por San Joaquín, Santa Ana y la Virgen Niña, todas ellas tallas barrocas del siglo XVIII, realizadas en madera policromada y ojos de cristal.

Vista del retablo de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro antes del siniestro (Foto. Memo Luna)

Ante la escasa información conque contábamos referente al proceso vital de muchos de los pasos que componen la tradicional procesión de Vienes Santo en esta ciudad, es que decidimos publicar en abril de 1999, una revista o boletín conmemorativo que reuniera los trabajos de investigación que hasta ese momento habíamos podido realizar con respecto al origen de algunos de estos pasos. La revista, que editáramos conjuntamente con Carlos Roncal Pretell, llevaba por nombre ÑAMPAGIC, y por titulo Semana Santa en Lambayeque.

En esta ocasión, creemos oportuno reseñar uno de los artículos publicados en la mencionada revista, aquel que trata precisamente sobre El Señor de la Caña, tanto por su significativo valor histórico como porque encerraba en sí buena parte del proceso vital de la irremediablemente desaparecida imagen. Veamos:

Don Casimiro Serquén (tal y como figura en el instrumento), testó en el pueblo de Lambayeque el 22 de marzo de 1785, ante el escribano de cabildo de los naturales don Cipriano Cornelio Huamán, actuando como testigos Eduardo Uchufan y Mathías Gutiérrez. Dijo ser indio principal, de ahí el apelativo de don, y estar casado con doña María de la Concepción Rondón. Durante su matrimonio procrearon solamente una hija nombrada Tiburcio Serquén. Don Casimiro era, al momento de redactar su testamento, depositario, por espacio de tres años, de las salinas de Corñan, nombre éste de una arcaica parcialidad o comunidad nativa tradicional lambayecana de la que eran pachacas principales la poderosa familia Infuc Corñan, perteneciente a la élite nativa local.

Estos yacimientos de sal se encontraban por aquellos años “arruinados por las continuas inundaciones”, causadas, no cabe duda, por la recurrente presencia del fenómeno de El Niño en nuestro litoral a lo largo del siglo XVIII.

Serquén manifestaba, en una de las cláusulas de su última voluntad, su deseo de ser sepultado “en la Iglesia Mayor”  del pueblo de Lambayeque, amén de que lo enterrara el cura del cual era feligrés “con capa de coro, Cruz alta, Vigilia y misa de cuerpo presente”.

Al momento de transcribir el viejo instrumento, que se encuentra en el Archivo Regional de Lambayeque, me llamó poderosamente la atención el párrafo de una de sus cláusulas. En sus líneas Serquén mencionaba poseer en la calle Chancay, hoy Francisco Bolognesi, una casa y junto a ésta una capilla “para las andas del Cristo de la Caña”. El nombre de la calle es el mismo que poseía una antigua parcialidad lambayecana conocida, alternativamente, como Chan o Chancay. En viejos manuscritos del siglo XVIII, se le conoce como camino a los arenales de Chancay o camino al valle de Chancay.

Como es de suponer el dato sobre la capilla concitó nuestro interés, así que decidimos continuar pacientemente con la lectura de la disposición testamentaria. Grande fue nuestra sorpresa al toparnos seguidamente con una cláusula en la que Serquén manifestaba haber adquirido con su peculio “un Señor con el nombre de la Caña”. Habíamos encontrado, y de manera casual, unos inéditos e interesantes datos sobre la hoy desaparecida efigie del Señor de la Caña.

A continuación, y para conocimiento del caro lector, creemos oportuno transcribir literal e íntegramente la referida cláusula.

Item: Declaro que he adquirido con mi sudor y trabajo un Señor con el nombre de La Caña, de cuerpo entero de hombre formal sentado con su sudario de Volillo de hilo  de encagito de oro al canto, su cíngulo de cinta de tela de plata y oro, y su azuceno al fin de d(ic)ho cíngulo, que lo compone integro su caña de madera dorada, su soga con sus flores de verano y perlas falsas, adornada sus tres potencias de plata  con más de un marco, corona de espinas verde, con su banda de género de seda rosado de flores y su peana, dos cabelleras con unas andas de d(ic)ho Señor, quatro  indios y un estandarte de  persiana de la china de flores y diversos colores y su cinta morada con vorlas concerniente al d(ic)ho estandarte; mando que todo lo expresado quede queda a la d(ic)ha Iglesia Matriz de este d(ic)ho Pueblo, para que se le de culto y veneración necesaria que así es mi voluntad. Más corresponden a d(ic)ho Señor de la Caña un cojincito que se pone a los pies de Mantilla con su  franja fina de oro, asi lo declaro para que conste y es mi voluntad (cic).

En esa oportunidad nos pareció innecesario hacer cualquier comentario sobre el origen de la imagen ya que la cláusula arriba citada hablaba por si sola. Añadimos solamente que algunos elementos del vestuario habían sufrido con el tiempo ciertas modificaciones u omisiones, agregamos también que la original peana, base o pie, en que descansaba la antigua imagen se había sustituido por una silla de madera dorada en pan de oro, que también desapareció con el siniestro.  


 Vistas del Señor de la Caña en la hornacina lateral derecha del retablo de nuestra Señora del Perpetuo Socorro (Foto. Memo Luna, 1996)
  
  

La desaparecida imagen del Señor de la Caña, cuando desfilaba por las principales arterias de la ciudad en la procesión de Viernes Santo (Foto. Memo Luna, 1995).
El Paso del Señor de la Columna en la tradicional procesión de
Semana Santa en Lambayeque

Rómulo Paredes nos da una leve descripción del “paso” procesional del Señor de la Columna, tal vez de mediados del siglo XIX, cuando dice: “…consistía en una imagen de Jesús, con el torso desnudo y las manos amarradas a una columna, y un judío con un azote en la mano derecha y el brazo en alto en actitud de agredir”.[1]

La efigie del Señor de la Columna es, no cabe duda, la misma que aún constituye uno de los once actuales pasos de la tradicional procesión de Viernes Santo en esta ciudad. La imagen del judío portando el azote ha desaparecido desde hace mucho tiempo atrás, victima, tal vez, del paso inexorable del tiempo y el ataque de los xilófagos.

Conservamos una fotografía de la década del sesenta del pasado siglo y en ella podemos observar que la imagen del judío fue reemplazada, no sabemos cuando, por una lograda escultura del apóstol San Pedro arrepentido, llorando al evocar el sufrimiento de Cristo y su cobardía al negarle por tres veces.

Las efigies del Señor de la Columna y el apóstol San Pedro arrepentido, dejaron de desfilar juntas en los primeros años de la década del setenta del pasado siglo. El motivo: el anda, realizada en gran parte en madera de algarrobo, no era la apropiada dadas sus dimensiones y su excesivo peso.

La flamante Agrupación del Señor de la Columna, presidida por el señor José Antonio Huamán y conformada por devotos lambayecanos, entre los que destacan las familias Huamán Piscoya, Samamé Rodríguez, Chávez Silva y Olaechea Rodríguez, realizaron una serie de actividades con el objeto de recaudar fondos para la construcción de una nueva y aparente anda de madera de cedro (material, a todas luces, mas liviano), y la confección de un nuevo faldellín para el Señor de la Columna y una capa para el apóstol San Pedro.

Las actividades no llegaron a cubrir, del todo, el monto de lo pactado, por lo que los miembros de la Agrupación recurrieron a los buenos oficios de la Municipalidad Provincial de Lambayeque. Inmediatamente el municipio lambayecano dispuso se corriera con la mitad de los gastos que demandara tanto la construcción del anda como la confección de los atuendos.

Mientras tanto, dado el mal estado de conservación en que se encontraba la imagen del Señor de la Columna era intervenida de emergencia en un ambiente especialmente acondicionado, para tal fin, por el P. Fredy Beltrán García, al interior de la Iglesia San Pedro de Lambayeque.

La efigie, además de estar completamente repintada, mostraba las  huellas del ataque de xilófagos (polilla, comején), con pérdida de elementos compositivos en parte de su espalda, cadera y tobillo izquierdo. Su desinfección, limpieza, el retiro de la burda capa de pintura que la cubría y el tratamiento de sus partes afectadas por los insectos, corrió a cargo de la Parroquia de Lambayeque.

En notable gesto, los miembros de la Agrupación, nombraron como padrinos del anda al burgomaestre lambayecano CPC. Percy Alberto Ramos Puelles y a su señora esposa. El grupo fue bendecido por el P. Juan José Silla.

Gracias a toda esta labor en conjunto, de la cual hemos sido testigos de excepción, se logró que el paso del grupo escultórico conformado por el Señor de la Columna y el apóstol San Pedro arrepentido desfile nuevamente en la tradicional procesión de Viernes Santo en esta ciudad.


El “paso” del Señor de la Columna (1963)

El Señor de la Columna

Talla barroca de madera policromada y ojos de cristal. Mide 163 cm. de altura. Data de finales del siglo XVIII y su autor es desconocido. Se trata de una trágica representación de Jesús flagelado.

Se le muestra de cuerpo entero, de pie y de frente. Lleva como única vestimenta un paño de pureza elaborado en tela encolada. Cuando sale en procesión se le coloca un faldellín de color morado ricamente bordado y ceñido a la cintura por un fajín del mismo tono. Está atado a una exenta columna de madera por un cordón, realizado en plata, que cuelga de su cuello. La columna se ubica al costado izquierdo de la imagen y a la altura de su cadera. Se supone que ésta, representa la unión entre el cielo y la tierra. 

La cabeza, que lleva tres potencias de plata, se encuentra levemente inclinada hacia el hombro derecho. El rostro ligeramente ovalado, la frente despejada. Cejas arqueadas; la mirada baja refleja resignación; los ojos,  con el iris color castaño oscuro, muestran un extraño y trágico brillo; nariz recta y prominente; los labios ligeramente entreabiertos. La cabellera postiza larga y rizada, dejando visible buena parte del pabellón auditivo del lado izquierdo. La barba corta, rizada y ligeramente partida. Los brazos flexionados a la altura del abdomen, cruzados y enlazados por la cuerda de plata, la muñeca de la mano derecha monta la de la mano izquierda.  Esta apoyado en su pie y talón izquierdo, con la pierna derecha ligeramente flexionada hacia adelante, dejando el talón, de ese lado, casi en el aire. La imagen muestra una carnadura de tonos claros, salpicada por huellas de laceraciones y tumoraciones en todo el cuerpo, destacándose las de la parte media de la espalda, donde también son remarcados los huesos que la conforman.[2]


  El Señor de la Columna, antes y después de su intervención (Foto. Memo Luna)

El Apóstol San Pedro

Talla barroca realizada en madera policromada, tela encolada y ojos de cristal, realizada a finales del siglo XVIII y de autor anónimo.

Se le representa como un hombre ya maduro con la pierna izquierda de rodillas y la derecha flexionada hacia delante; con notable pérdida de cabello en la parte superior del cuero cabelludo (calvicie); un mechón de pelo ondulado le cae sobre la frente; el ceño fruncido; la frente con visibles arrugas; las cejas ralas; la cabeza inclinada hacia arriba. Su mirada muestran aflicción y arrepentimiento; de sus ojos se desprenden lagrimas como suplicando perdón por haberlo negado; nariz recta y pronunciada; pómulos acusados; barba bífida y rizada; la boca entreabierta deja traslucir parte de los dientes superiores. La cabeza y el tórax ligeramente inclinado hacia la derecha, con los brazos flexionados hacia arriba y las manos cruzadas en actitud orante, apoyando la mejilla derecha en el dorso de la mano izquierda. No cabe duda se trata de una imagen de retablo de ¾ de cuerpo.


 Detalle del remozado rostro de San Pedro Arrepentido (Foto. Memo Luna)



  Renovado paso del Señor de la Columna y San Pedro arrepentido (Foto. Memo Luna)

















[1] A Golpe de Arpa. Barandiaran – Paredes 1934,  p.392.

[2] Semana Santa en Lambayeque. Izquierdo 2013, p.17

miércoles, 2 de enero de 2013

La Plaza de Armas de Lambayeque



Plaza de Armas de Lambayeque (1929). Colección: Bibliógrafo, Miguel Ángel Díaz Torres

Atractivo turístico de las ciudades lo constituyen también sus plazas, plazoletas y parques principales. La blasonada ciudad de San Pedro de Lambayeque cuenta para esto con una atractiva Plaza Mayor o Plaza Principal, alternativas denominaciones con que la hemos encontrado registrada en papelería de antigua data.

Desde mediados de 1920, se le conoce como Plaza de Armas “27 de Diciembre”, en clara alusión a la fecha en que el cabildo patriótico de esta ciudad declaró, a nombre del pueblo lambayecano, su total independencia del poder político español en 1820. Esta plaza, fue declarada Ambiente Urbano Monumental por Resolución Ministerial Nº 329 – 1986 – ED.

Breve antecedente histórico

La ciudad de Lambayeque no tuvo un nacimiento improvisado, su origen urbano se remonta al momento mismo en que las dispersas parcialidades o comunidades nativas tradicionales que conformaban su laborioso y rico señorío, fueron reducidas o agrupadas en pueblo, de corte hispano, en su actual emplazamiento. El flamante pueblo de indios fundado, no cabe duda, a mediados del siglo XVI, se denominó originalmente San Pedro de Lambayeque.

El ceremonial para el levantamiento de pueblos indígenas era muy simple. Después de haberse determinado el terreno donde se ubicaría la plaza mayor o principal y oficiado una misa en ella, ofrendada al patrono del novísimo pueblo, el representante español reunía al cacique y a las parcialidades con sus respectivos pachacas para que tomando como punto de referencia las cuatro esquinas de la plaza, se diera inicio  al reparto de solares, trazados a cordel y regla, para el cabildo de naturales y su respectiva cárcel, cabildo conformado por indios principales de la localidad, para la iglesia y el cementerio (convirtiéndose de este modo en el símbolo de la dualidad del poder político y religioso), para la vivienda del encomendero, del cacique principal, para los aposentos de los “curas de indios” o de doctrina,  para el tambo, la casa de comunidad, los solares en que debían residir los pachacas principales y la nobleza nativa local, los barrios donde vivirían los miembros del común de indios y el hospital.

Alrededor de este flamante pueblo, delineado a modo de un tablero de ajedrez (damero) porque facilitaba el reparto de solares, existían ejidos o parcelas destinadas al trabajo comunitario y el autoabastecimiento. Todo esto en fiel cumplimiento de las “Ordenanzas para la fundación de ciudades en el nuevo mundo” dictadas en 1523, por el Rey Carlos I de España. Posteriormente las reales cédulas de los años de 1549, 1551, 1560 y 15 de julio de 1566, ordenaba a los virreyes que a los habitantes originarios del Perú se les agrupara en pueblos.

La primitiva plaza

De su aspecto original nada sabemos. Pero cabe imaginárnosla como un amplio y descubierto espacio de tipo rectangular, con su piso de arena y tierra afirmada, con muy escasa arboleda, menos adornos vegetales, dado que en ella hacían sus ejercicios militares tanto el piquete de soldados veteranos del Rey, que, de cuando en cuando, acantonaba por estos lares, como el batallón de milicias disciplinadas de infantería perteneciente al pueblo.

En el centro de la plaza el rollo o picota de madera de algarrobo, material común y abundante en el entorno, con sus complementos de carácter penal, como cadenas, grilletes, argollas y gruesas sogas, para escarmiento, en un principio, de “indios levantiscos”, y, con el tiempo, de negros cimarrones. Se dice, dato no confirmado aún, que en la picota de esta plaza sufrió la cruel pena del azote y el infamante corte de pelo más de un hechicero reincidente, allá por el siglo XVII. Las Cortes de Cádiz por Decreto del 26 de mayo de 1812, ordenaron su destrucción o traslado a las afueras de los centros poblados

Pero la plaza también sirvió como marco solemne para las celebraciones y ceremonias públicas propias del virreinato, aunque, claro esta, con significativo retrazo por el lento correo marítimo, como por ejemplo: la asunción al trono del monarca de turno, el nacimiento de un príncipe, la llegada de un nuevo virrey a la capital, etc. Y de las locales, una en especial, la ceremonia protocolar de toma de mando de un nuevo cacique gobernador. De paso también se celebraban las pomposas fiestas religiosas.

Como hemos visto anteriormente, las ceremonias de asunción al solio cacical lambayecano se realizaban teniendo como marco la plaza principal. Y ésta plaza, fue escenario, el 15 de enero de 1804, de un motín protagonizado por centenares de indios en clara oposición a la toma de mando del cacique Dámaso Temoche Farrochumbi, un cacique servil a los intereses de las autoridades coloniales y que precisamente ese día cumplía años. A los gritos “mueran los blancos y otras castas”, se apoderaron de los caudales custodiados en la Aduana, (actual sede de la Institución Educativa “27 de Diciembre”), asaltaron el cabildo (situado, por aquel tiempo, justo enfrente de la puerta principal de la iglesia San Pedro de esta ciudad), en busca del subdelegado español, la cárcel (ubicada  al lado del cabildo), la casa de don Pedro Temoche, suegro del cacique, etc.

El cierra puertas en Lambayeque fue general porque se decía que tres mil indios estaban prestos a tomar el pueblo a sangre y fuego. Clemente Anto, Melitón Coronado Infuc Corñan, Bruno Huerta, Marcelino Failoc, visibles cabecillas de la revuelta nativa se parapetaron en la Iglesia Matriz y capillas doctrinales o ramadas situadas a un costado de esta. Las milicias reales se reunieron de inmediato, la represión fue drástica y los líderes, vistiendo aún a la “usanza indica”, fueron tomados presos y depositados en los calabozos de la cárcel de Lambayeque. Poco después, ante el riesgo que corrían sus vidas, fueron enviados, vía Trujillo, a la Real Cárcel de Lima (Izquierdo. 2011).

Un espacio que sobrevivió a las catástrofes

La plaza principal de Lambayeque sobrevivió, digámoslo de alguna manera, a las fatídicas inundaciones que asolaron esta ciudad en pasados siglos como consecuencia de la cíclica  presencia del fenómeno del Niño, del tipo “muy fuerte”, en los aciagos veranos de 1578, 1701, 1720, 1728 y 1791. En todos estos nefastos eventos las desbordadas aguas de su temperamental río prácticamente la borraron del mapa convirtiéndola en una inmensa laguna que se tenía que surcar por medio de balsas,

Esta suerte de supervivencia no la tuvieron dos plazas menores, muy antiguas, conque también contaba esta laboriosa ciudad, la plaza de Belén y la plaza de San Carlos. La primera se encontraba situada en una explanada frente al hospicio fundado, construido y regentado por los religiosos de la Orden Betlehemita, situado en los terrenos que actualmente ocupa el cuartel de “Servicios de Material de Guerra” o cuartel “Bolognesi”, en la vieja travesía de la calle del “Hospital”, después calle “Cruz del Siglo XX”, hoy calle “Charles Suttón”.

Aunque el escritor e historiador lambayecano Germán Leguía y Martínez, en el Tomo III de su obra “Historia de la Emancipación del Perú: el Protectorado”, equivoca el lugar donde se encontraba, nos da cuenta de ella cuando manifiesta que para la celebración de la fiesta navideña se improvisaban en esta plaza: “Cuartos o salones amplios, improvisados con palos y cañas, petates, esteras, etc. forrados en madapolán o picardía (ricos géneros blancos de la época) y llenos de billares u otros juegos (bolos, trucos, etc.) y de mesas para recibir las viandas, despacharlas y comerlas” (Leguía. 1972). Arruinado el hospital y su capilla por la inundación del verano de 1791, esta tradicional costumbre se trasladó a la plaza principal. El citado historiador relata que al retornar a Lambayeque en 1881, “esa bella costumbre había desaparecido” (Leguía. 1972).

La segunda fue la plaza de San Carlos, ubicaba al sur de la ciudad y con frente al barrio de su nombre. Esta se comenzó construir a mediados del siglo XVIII, y desapareció completamente conjuntamente con buena parte de su bien delineado barrio con los copiosos aguaceros y fatal inundación del verano de 1828. Leguía y Martínez nos dice que estuvo dotada: “…de bancas de madera, rejas de hierro y amplias calles de árboles que formaban una hermosa alameda” (Leguía. 1972). El nos da también su exacta ubicación, veamos: “Estaba esta en el barrio de San Carlos; o sea en un cuadrilátero de dos manzanas mínimun en el paraje hasta hoy denominado de la Alameda Vieja; esto es detrás del Casino Civil Militar y abarcando el perímetro en que ahora existe el Club del Tiro al Blanco” (Leguía. 1972).

En Lambayeque hubo dos asociaciones o clubes de Tiro al Blanco civiles. El primero, y es al que, sin duda, se refiere Leguía y Martínez, se denominó “Club Bolognesi” y su campo de tiro se encontraba a espaldas del Casino Civil Militar de esta ciudad, inmueble que se encontraba en plena construcción en 1916, en el terreno de 1,500 metros cuadrados (25 mts. de frontera por 60 mts. de fondo), que le cediera, el 16 de noviembre de 1915, la Municipalidad Provincial de Lambayeque, siendo alcalde el Sr. José Ignacio Iturregui Mendiburo. La ampliación de la parte posterior del Casino lo absorbió, por donación hecha también por el municipio lambayecano en noviembre de 1917, siendo alcalde el Sr. Miguel Baca Matos. Este espacio de 680 metros cuadrados, es la parte que actualmente ocupa el campo deportivo de esta institución. A poco tiempo de inaugurado el Cuartel Militar “Leoncio Prado”, el 20 de septiembre de 1916, se creó el Club de Tiro del Regimiento Nº 1 “Gildemeister”, con su campo de ejercicios y competencia ubicado al oeste de la ciudad, camino a la antigua caleta de San José. El segundo se denominó “Club de Tiro Revolver”, su local se encontraba ubicado en la vieja calle “Tancún” hoy “Emiliano Niño Pastor” y parte del terreno en que hoy se levanta la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo (UNPRG). En 1942, los civiles conformaban la “Sociedad de Tiro Lambayeque” Nº 137. Hasta los primeros años de la década de los sesenta del pasado siglo se podían apreciar las arruinadas estructuras de su centro social en una esquina de la hoy denominada calle “Leandro Pastor”.

La plaza y la independencia

La memorable noche del 27 de diciembre de 1820, una enardecida multitud al grito unánime de ¡a la plaza¡ ¡a la plaza¡ tomo este baluarte a poco de haberse enterado del pronunciamiento de su cabildo por la ansiada libertad. El ímpetu de esos fervorosos patriotas, envalentonados por agresivas arengas, sirvió de acicate para que el Escuadrón realista, acantonado precisamente en mansión situada a un costado y frente a ella, conocida antiguamente como de la “Aduana” (sede hoy de la Institución Educativa de Varones de Primaria y Secundaria “27 de Diciembre”), rindiera su pendón grana ante el valeroso capitán de milicias disciplinadas de infantería de Lambayeque Juan Pascual Saco Oliveros. Lambayeque se convierte así en la primera población del norte del Perú en declarar su independencia del poder español.

Terminado el evento anual que con motivo de las fiestas navideñas se realizaba en la plaza, esta sirvió de marco también para la solemne y pública proclamación de la independencia de Lambayeque el 14 de enero de 1820. De lo que se desprende el respeto y cuidado que se le debe dar a este espacio monumental.

Aprovechemos esta ocasión para anotar el siguiente considerando, que nos dará una clara idea de lo que verdaderamente representaba Lambayeque,  capital del partido del mismo nombre, en los albores de su independencia política del yugo español. Sabido es que la ciudad de Lambayeque cuenta con cuatro actas de declaración y jura de su independencia, la del 27 de diciembre de 1820, redactada en la casa donde moraba el alcalde de segunda nominación el limeño don Melchor Sevilla; la de la madrugada del 31 de diciembre, en que el pueblo y bajo pueblo de esta ciudad declaró su independencia en casa del sindico procurador don Mariano Quezada y Valiente; la del 31 de ese mismo mes y año redactada en el salón del cabildo y la pública y solemne del 14 de enero de 1821. Ahora bien, el cabildo de Chiclayo la verifica el 31 de diciembre de 1820, después de haber sido notificado por un propio de Lambayeque; inmediatamente después, por acto espontáneo del pueblo y el ayuntamiento chiclayano presidido por don Santiago de Burga, se convino en nombrar como “Comandante de Armas” al prócer chiclayano don José Leonardo Ortiz, en premio a su decidida participación en estos acontecimientos. Pero este nombramiento no fue aprobado por el general don José de San Martín en Huaura, porque decía: “…en Chiclayo jamás se creara tal empleo por su localidad, por no ser Plaza de Armas, por no haber allí ni un fusil, y porque Lambayeque, que es la capital del partido, sitúa a dos leguas”. Tacita referencia del ilustre argentino a lo que verdaderamente constituía el pueblo de Lambayeque, esto es una “Plaza de Armas”, o sea un lugar donde se encontraban destacamentos armados.

Época independiente

En la época independiente, como es natural, se sustituyeron las ceremonias cívicas coloniales o virreinales por las del nuevo sistema, manteniéndose imperturbables las de carácter religioso. El escritor colombiano Próspero Pereira Gamba nos relata que para la celebración de las fiestas patrias en esta ciudad se colocaba, por el año de 1860, “…un pedestal en el centro de la plaza, bellamente adornado, y sobre este el retrato del Libertador don Simón Bolívar, flanqueado por las banderas de las cinco repúblicas por el libertadas del yugo español”. Se entiende por las de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.

Pero este sano lugar de encuentros, de compartir y debatir ideas, de relajamiento y solaz esparcimiento, de celebraciones religiosas, se convertiría también, en épocas de intranquilidad social y sobre todo política, en el escenario de luctuosos sucesos, veamos algunos ejemplos:

El 12 de abril de 1875, fue fusilado, en esta plaza, José Tomás Calderón, “quien había dado muerte, en el despoblado de olmos, a su patrón, a quien acompañaba, para robarle”. La ejecución se dio frente al Casino Civil Militar de esta ciudad. Lo curioso del caso es que el acto fue acompañado por la banda infantil de la ciudad, denominada “Banda Infantil Lambayeque”, compuesta por 26 muchachos de esta localidad (León Barandiaran. Paredes. 1934).

En esta plaza fueron también fusilados en 1878, los integrantes de la temida banda de ladrones capitaneada por “Carmen”  apodado “el Cacique” y de la que eran miembros también tres de sus hermanos, a quienes se les conocía  como “los Pichones”, se dice que uno de ellos contaba con tan solo 16 años de edad. El acto se llevo a cabo “frente a la puerta del Perdón” de la Iglesia San Pedro de esta ciudad, aquella que mira a la Plaza de Armas. Sus cadáveres “debidamente amortajados” fueron velados en el Hospital de Nuestra Señora de Belén (León Barandiaran. Paredes. 1934).

Su reconstrucción

A principios del siglo XX, se inician intentos por reconstruir la vieja plaza lambayecana que mostraba un aspecto inarmonioso. En septiembre de 1900, se trazan y pavimentan sus veredas a iniciativa de un Comité de Obras Públicas presidido por el entonces subprefecto Sr. Gamarra Castañeda. En 1913, se colocan los postes de madera para el alumbrado a kerosén, dotados de faroles “Auto Luz”, donados por la Empresa de Cinemas y Teatro del Ferrocarril y Muelle de Puerto Eten. (Libros de Actas de la Municipalidad Provincial de Lambayeque).

En una fotografía captada por el lente de Enrique Brünnig a principios del siglo XX, que celosamente conserva el arquitecto lambayecano Benigno León Escurra, se puede observar claramente en medio de la plaza un alto enrejado de fierro, que protege un frondoso jardín y una pequeña pileta con su obelisco al centro, los ficus que bordean la plaza - plantados a principios del siglo XX - y los delgados postes de madera con sus faroles. Se pueden observar también en segundo plano, la casa solariega donde naciera el prócer de la independencia de Lambayeque Juan Manuel Iturregui Aguilarte, con su balcón abierto de cajón corrido y la casa de una sola planta donde viviera el ex - presidente del Perú Augusto Bernardino Leguía Salcedo, ambas desaparecidas.

Plaza de Armas de Lambayeque (Enrique Brünnig.1903)
Ya en 1885, se había instalado el alumbrado público a kerosén en algunas principales arterias de esta ciudad como en la antigua calle de “San Roque”, hoy “2 de Mayo”, calle “Real de Mercaderes” hoy “8 de Octubre” y buena parte de la calle del “Correo” hoy “Miguel Grau”. Los cobros respectivos de este servicio corrían a cargo de un rematista, quien se encargaba de contratar a la persona que encendía y apagaba las lámparas.

Los frondosos ficus que bordeaban la plaza fueron derribados a finales de la década del treinta del pasado siglo. El periodista, investigador, literato, incansable viajero y maestro universitario don Aurelio Miro Quesada Sosa, en la segunda edición aumentada de su obra “Costa Sierra y Montaña” (1947), se refiere a ellos cuando dice: “…Bajo el viento fresco de la tarde, veo una plaza lírica y simpática, con bancas que se acogen a la sombra propicia de algunos ficus hermosísimos. Se me dice ahora que ya esos árboles no existen. Se me informa – y quiero todavía resistirme a creerlo – que no se ha tratado de una poda, sino que han sido cortados de raíz. Cuando pasen los años, y los habitantes de Lambayeque o los viajeros recuerden la copa frondosa de los ficus, habrá quien coloque en la Plaza alguna ofrenda a esos árboles mártires, que fueron en su día lujo y presea de la ciudad” (Miro Quesada. 1947).

El 19 de mayo de 1920, ante “la necesidad patriótica” de conmemorar, en diciembre de ese año, el centenario de la declaración de la independencia de Lambayeque, el Presidente Augusto Bernardino Leguía Salcedo, natural de esta provincia, emite un Decreto, considerando, en su primer articulo, que la plaza principal de Lambayeque: “… llevara en lo sucesivo la denominación histórica de “Plaza 27 de Diciembre”. Firma también el instrumento el Ministro de Gobierno Dr. Germán Leguía y Martínez, su pariente y coterráneo (ver Anexo).

Un mes después, el 20 de junio de 1920, a escasos seis meses de los festejos, se da inicio a la reconstrucción total de la plaza, siendo alcalde el Sr. Miguel Baca Matos.  Meses antes, el 22 de septiembre de 1919, se había instalado la Comisión de Fiestas de Independencia de Lambayeque presidida por el síndico Sr. Rafael Delgado y compuesta por los señores Edilberto Sanmillán, Roberto Barandiarán, Arístides Pita y Carlos Ruiz. Para el efecto se destino también una partida especial denominada: “Celebración 1er. Grito de Independencia en Lambayeque el 27 de Diciembre de 1820”, ésta ascendía a la suma de 150.00 Libras peruanas, procedente del cobro de veredas.

Dicha comisión se encargó de concluir los 1,200 metros de vereda que se encontraban inconclusas para ese año, parte de este material se utilizó en el pavimentado de la plaza. Se empedraron y adoquinaron las arterias que circundan la plaza, y se colocaron también las primeras doce bancas de madera construidas por el maestro carpintero Víctor M. Cornejo Pinto, sus estructuras de fierro se trabajaron en la ciudad de Trujillo. Estas medían cinco y medio pies de largo, por cuatro de ancho, dos pies ocho pulgadas de alto y dieciocho pulgadas de asiento, su costo L.p. 25. 6. 80.

Creemos oportuno agregar que el mismo Cornejo se encargó también, en ese mismo año de 1920, de los trabajos de techado del mercado de abastos de la ciudad. El diputado lambayecano Sr. Marcial Pastor había donado para la fábrica de la cobertura del mercado la suma de 100 Libras peruanas, por encontrarse inconclusa la obra desde 1887, año en que se levantaron sus paredes. De paso, en los depósitos municipales se encontraban los treinta rieles que el Sr. Luís López, Superintendente de la Empresa del Ferrocarril y Muelle de Puerto Eten, había obsequiado para su fábrica.

Plaza de Armas de Lambayeque (1929)


La Estatua de la Libertad

Del año de1921, data la majestuosa e imponente estatua de bronce, de escultural figura femenina de indiscutible valor artístico, que representa la libertad, ubicada en la pileta central de la plaza. Obra esculpida por uno de los destacados exponentes de la primera generación de escultores peruanos de las dos primeras décadas del siglo XX, el chalaco David Lozano Lobatón (1885 – 1936), en su taller de Barrios Altos en la capital de la República. El monumento que debería ser inaugurado, conjuntamente con la remozada plaza, el 27 de diciembre de 1920, con motivo de las celebraciones del centenario de la independencia de esta ciudad prócer, tuvo que inaugurarse siete meses después, el 28 de julio de 1921, con motivo del centenario de la independencia nacional. El motivo: la escultura no estaba concluida para la fecha prevista.

Se sabe que poco después de haber sido instalada en su respectivo pedestal, al centro de la pileta hexagonal de la plaza, las personas más ilustradas de la ciudad la bautizaron como “Venus de Lambayeque” en clara alusión, tal vez, a la diosa mitológica de la belleza y el amor, reina del cielo, de la tierra y las aguas; esposa de Vulcano, dios del fuego y amante de Marte, dios de la guerra. Con ese apelativo se le conoce hasta nuestros días, restándole el verdadero sentido histórico para lo cual fue diseñada, esto es, para representar esa facultad natural de todo hombre y nación el de la responsabilidad de ejercer la propia libertad (Izquierdo. 2006).

Por todo esto es que así se le concibió: “…desnuda, libre, voluptuosa, graciosa, coqueta, provocativa e irreverente. Así quisieron legárnosla nuestros mayores, los Leguía. Con su pequeña antorcha rematada en una espiga, en lo alto de su brazo derecho, como iluminándonos el camino de la libertad. Pequeño pero sugestivo detalle opacado, por la década de los setenta del pasado siglo, por la colocación en su lugar de un antiestético plato, que sirvió de lámpara votiva en la realización de unos juegos deportivos en esta ciudad” (Izquierdo. 2006).

Ahora bien: “Si hemos de darle un nombre consecuente a esta lograda escultura, respetando el sentido de la misma y en honor de la verdad histórica, debemos llamarla “Estatua de la Libertad de Lambayeque”. Y tenemos que acostumbrarnos a ello, porque eso es lo que representa y conmemora, la exitosa ruptura con los casi tres siglos de dominación española en esta ciudad y el Perú”. (Izquierdo. 2006.).

Estatua de la Libertad (1930)



Plaza de Armas de Lambayeque (sin fecha). Colección: familia Rodriguez Rivadeneira


Los obeliscos

Los obeliscos que adornan los vértices de los cuatro ángulos de la plaza, también fueron donados por el Gobierno del presidente Augusto Bernardino Leguía Salcedo, hijo predilecto de esta provincia, para la conmemoración del centenario. Estos pilares están realizados en fino mármol de Carrara, de cuatro caras, iguales y convergentes, rematadas en achatadas puntas piramidales y descansan sobre tres gradas de piedra granito. Estos monumentos conmemorativos fueron fabricados en la ciudad de Lima, en la casa de José María León e Hijo. Las gradas de piedra granito fueron cinceladas por el maestro picapedrero lambayecano Sr. Manuel Urcia (Izquierdo. 2006).

En las cuatro caras de los obeliscos del lado oeste de la plaza se encuentran inscritos, tal y como manda el decreto legislativo firmado por el presidente Leguía, los nombres de los jefes militares y civiles que efectuaron el pronunciamiento la memorable noche del 27 de diciembre de 1820, los de los miembros del cabildo patriótico, a cuya cabeza se encontraba don Pedro López de Vidaurre, que rubricaron, esa noche, el acta de independencia oficial, el nombre del personaje que facilitó su casa para tan magno acontecimiento (el limeño don Melchor Sevilla), el nombre del personaje (el sindico procurador don Mariano Quesada y Valiente) que levantó el acta en que el bajo pueblo juró la independencia la madrugada del 31 de diciembre y de los que la suscribieron, entre los que se encontraban los alcaldes indios de las cuatro ramadas (Manuel Chiquita, Juan Huerta, Rudesindo Teño, Manuel Conde), los nombres de los que estuvieron prestos a tomar por las armas, la noche del 27, el local donde se guarnecía el escuadrón realista, entre los que destacan el limeño Juan del Carmen Casós y los lambayecanos Juan Pascual Saco Oliveros y Juan Manuel Iturregui Aguilarte y por último los nombres de los jóvenes y valientes voluntarios que fueron a engrosar las filas del Ejercito Patriota, para luego cubrirse de gloria en los campos de Pichincha, Junín y Ayacucho.

El 28 de julio de 1921, día central de las festividades del centenario de la independencia nacional, se inauguró la reconstruida Plaza de Armas lambayecana. Era, a la sazón, alcalde de la ciudad, por disposición de la “Asamblea Nacional de 1919”, el Sr. Augusto León. Fue bendecida solemnemente por el P. Miguel Villavicencio, párroco interino de la iglesia de Lambayeque.

         Augusto B. Leguía Salcedo

                 German Leguía y Martinez


Remodelación

En 1962, se remodeló la plaza, centro obligado de la tertulia vespertina y de las, otrora, retretas dominicales. El aspecto sobrio y gris que mantenía desde el año de 1921, cambió definitivamente, al reemplazarse sus maltratados sardineles y la losa de cemento por losetas de color. Se reemplazaron también sus viejas bancas de madera por las antiestéticas bancas de concreto imitación mármol (rojo con jaspeados color blanco) que actualmente posee. El interior de la pileta y el pedestal donde descansa la escultura de bronce también fueron remodelados, cubriéndolos con pequeñas mayólicas de color verde claro y dotándola de un sistema de iluminación sumergible con cuatro pequeños reflectores protegidos por rejillas y vidrios de colores. Se remozaron sus jardines cercándolos con setos ornamentales para su protección y se colocaron postes de alumbrado con sus bases ornamentadas y en lo alto sus tres globos de cristal blanco.

En 1992, dado el abandono, la indiferencia y la falta de mantenimiento a que estaba sujeta por varios años, la plaza sufrió una nueva intervención. En esa oportunidad se erradicaron los postes ornamentales anteriormente citados, colocando en su lugar los que actualmente luce, “clavados”, al decir del común de la gente, en el centro de sus áreas verdes, que no se adaptan, ni mucho menos guardan relación con su entorno y el aspecto tradicional que se le ha querido dar desde siempre, sin conseguirlo hasta el momento, a esta singular e histórica plaza. Más aún cuando en esa misma ocasión se plantaron una serie de especies vegetales que, con el correr del tiempo, la han convertido en una “plaza ajardinada”.

Pileta central de la Plaza de Armas


Vista nocturna de uno de los angulos de la plaza 

Anexo
    
     El Presidente de la República

     Considerando:

     Que la ciudad de Lambayeque proclamó solemnemente la Independencia del Perú el 27 de diciembre de 1820, dando ese ejemplo de civismo a los demás pueblos del departamento de la Libertad y, con ellos, a la nación entera, según textualmente lo confirma el Decreto Legislativo del 18 de diciembre de 1822, expedido por el Primer Congreso Constituyente del Perú; y

      Que la importancia y la trascendencia de aquel acto imponen la necesidad patriótica de conmemorarlo, en la fecha, ya próxima de su centenario.

     DECRETA:

     Art. 1º - La plaza principal de Lambayeque, en cuya antigua Aduana – hoy centro escolar de varones – transformada en cuartel en 1820, fueron amagadas y rendidas, por espontáneo empuje popular, las fuerzas realistas comandadas por el entonces capitán don Antonio Gutiérrez de la Fuente, llevará en lo sucesivo la denominación histórica de “Plaza 27 de diciembre”.

     Art. 2º - Instáurese en dicha Plaza una placa de Bronce, de que actualmente carece; y elévese, en los vértices de sus cuatro ángulos, otros tantos obeliscos de mármol, en cuyas caras respectivamente se inscriban: 1º- Los nombres de los jefes militares y civiles que efectuaron el pronunciamiento; - 2º - Los de los miembros del ayuntamiento que extendieron y firmaron el acta de proclamación oficial; - 3º - Los del patriota que facilitó su domicilio para el acuerdo, del síndico procurador que levantó el acta popular posterior de 31, y de los suscriptores principales de esta última; y - 4º - Los de los vecinos notables que a la cabeza del comicio armado, emprendieron, en la noche del 27, el ataque sobre la tropa realista:; y los de los voluntarios distinguidos que, después del mismo, partieron al cuartel general Libertador de Huaura, a incorporarse en el ejército de San Martín.

     Art. 3º - Abrase, en el paraje descampado existente, a la entrada de la ciudad, entre la estación del F.C. de Eten, la plaza de abastos, la fabrica de tejidos en actual construcción y la calle fronteriza a este último establecimiento, otra plaza debidamente ornada, que se nombrará “Plaza de la Independencia”.

     Art. 4º - Eríjase en esta plaza:

1º- Un monumento central que ostente en lo alto la estatua del patriota lambayecano don Pascual Saco Oliveros, agente primordial de la rendición realista; y 2º- en cada uno de los ángulos del perímetro, los cuatro bustos de los patriotas lambayecanos, general don José Rivadeneira, mártir de la libertad; don Juan Manuel Iturregui, cabecilla principal entre los promotores de la transformación separatista; José Leguía y José Ignacio Iturregui, actores sobresalientes del gran acontecimiento, que, salvando éste del olvido, expidieron a solicitud municipal, el interesante informe de 6 de mayo de 1869.

     Art. 5º - Organícese  el “Álbum de la Independencia norperuana” en que corran los fotograbados de las actas originales de proclamación de emancipación nacional, en las diversas ciudades del Norte del Perú. Con los documentos antecedentes y subsiguientes; y los de los lugares en que realizáronse los actos respectivos, procurando en lo posible, la reproducción de los mismos en la forma que tenían hacia la fecha o en el tiempo más próximo al año de esos sucesos.

Para ello las municipalidades de las provincias del Norte de la República procederán, en el plazo máximo de 60 días, contados a partir del presente decreto, a remitir al Ministerio de Gobierno las fotografías necesarias para el objeto, o los documentos originales que deban ser reproducidos, en el Álbum. El Fisco reintegrará, en el primer caso, cualquier gasto impelido en la reproducción: o devolverá, en el segundo, las piezas originales remitidas en forma conveniente y segura.

     Art. 6º - El Ministerio de Gobierno queda encargado de llevar a la práctica el presente decreto, y de comunicar, a los funcionarios y corporaciones que correspondan, la parte que a cada cual pertenezca en su cumplimiento y ejecución.

     Dado en la casa de Gobierno en Lima, a los 19 días del mes de mayo de 1920.

                                                       A. B. Leguía.

                                                          G. Leguía y Martínez.


Bibliografía.

Izquierdo Castañeda, Jorge. “La Plaza de Armas de Lambayeque”. Suplemento Dominical del Diario “La Industria” de Chiclayo. p. p. 5 - 6. 18 de febrero del 2006.

Izquierdo Castañeda, Jorge. “Clemente Anto el Procurador rebelde”. Blogspot.com/ Lambayeque Camino al Bicentenario. 9 de septiembre de 2011

Leguía y Martínez, German. Historia de la Emancipación del Perú: el Protectorado. Tomo III, P. 380).

Miro Quesada Sosa, Aurelio.  “Costa Sierra y Montaña” p. p. 63-64. 1947

León Barandiaran, Augusto y Paredes, Rómulo. “A Golpe de Arpa”. p. p. 214, 254. Edición de los autores. Lima, 1934.

Libros de Actas de la Municipalidad Provincial de Lambayeque.





jueves, 27 de diciembre de 2012

Aporte lambayecano al triunfo de la independencia nacional

Carga de los "Húsares del Perú" en la gloriosa batalla de Junín. Cuerpo conformado principalmente por lambayecanos, trujillanos y piuranos. Después del victorioso evento, Bolivar los denominó "Húsares de Junín". (Óleo de Etna Velarde)

No cabe duda, que el evento que reviste mayor trascendencia en el calendario cívico patriótico de la ciudad de Lambayeque, es la declaración de su independencia absoluta del gobierno español la memorable noche del 27 de diciembre de 1820, hace exactamente 192 años atrás. Acto verificado en la casa donde residía el alcalde de segunda nominación don Melchor Sevilla, ubicada a espaldas de la Iglesia San Pedro de esta ciudad, el motivo principal: “eludir el continuo espionaje y las trabas que por ser español europeo el Subdelegado Presidente podría oponer a las miras beneficiosas de esta corporación, si se reuniese en la sala consistorial", tal y como consta en el acta respectiva.

Todo esto, siete meses antes del día en que el ilustre argentino capitán general José de San Martín pronunciara en la plaza mayor de Lima, e hiciera pregonar a tambor batiente por calles y plazas de la capital, su celebre proclama: “El Perú es desde este momento, libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende”, la mañana del 28 de julio de 1821.

Sabemos que esta primacía la compartimos con otros pueblos del Perú, como con la, otrora, humilde caleta de pescadores de Supe, actual puerto de Supe situado a 190 kilómetros al norte de Lima, primero en proclamar la independencia el 5 de octubre de 1819. El pueblo de Ica que proclama la independencia un año después, el 21 de octubre de 1820; le sigue Huamanga (Ayacucho), el 1º de noviembre de ese mismo año; Huancayo, el 20 de noviembre; Jauja el 22 de noviembre; Tarma el 28 de noviembre. El 7 de diciembre de 1820, jura la independencia Cerro de Pasco. Dos días después, el 9 de diciembre, el cabildo de Huánuco redacta el acta de independencia, que es proclamada y jurada en solemne ceremonia pública realizada en la plaza de armas de dicha ciudad el 15 de diciembre de 1820.

Si bien es cierto que los pueblos y ciudades antes mencionados, antecedieron en la proclamación de  la independencia a nuestra querida ciudad, también es cierto que estos históricos actos se hicieron posible gracias a la presencia en nuestras costas de la Escuadra chilena comandada por el almirante Thomas Alexander Cochrane, tal es el caso del puerto de Supe, como a la presencia del primer ejército expedicionario a la sierra central, al mando del General Juan Antonio Álvarez de Arenales.

Al igual que la zona central, el norte del Perú respondió también en forma positiva a los planes del general San Martín y en un lapso relativamente breve todos los pueblos del norte juraron su independencia. Al pronunciamiento de Lambayeque, que de este modo se convierte en el primero en proclamar exitosamente la independencia en el Norte del Perú, le sigue la ciudad de Trujillo el 29 de diciembre de ese mismo año. El cabildo de Chiclayo jura la independencia el 31 de diciembre de 1820. En horas de la mañana de ese mismo día, el acto privado y circunscrito tan solo a los miembros del ilustre ayuntamiento lambayecano, recibió su confirmación al realizarse la juramentación pública en la sede del cabildo.

Ya en el siguiente año, juran la independencia, Ferreñafe el 01 de enero; Piura el 04; Tumbes el 07; Cajamarca el 08 de enero de 1821. El 14 de enero de ese mismo año, el cabildo de Lambayeque, con la presencia del gobernador político y militar, vino a ratificar la declaración, proclamación y jura de su independencia. Chachapoyas también se plegó a la ola de pronunciamientos por la emancipación en enero de 1821. A poco seguirían el ejemplo Jaén y Maynas.

Quedaba pues prácticamente consumada la independencia en todo el norte del Perú, como lo atestigua la proclama de San Martín en Huaura de fecha 12 de febrero de 1821, en la que entre otras cosas decía: “Más de cien pueblos proclaman su independencia y se hace tan gloriosa transformación, sin disensión alguna, sin licencia, sin ninguno de aquellos excesos tan frecuentes en la historia de las revoluciones”.

Ahora bien, si como hemos visto anteriormente compartimos la primacía de la proclamación de la independencia con algunos otros pueblos del Perú, sobre todo de la sierra central, debemos también considerar, en este punto, dos prioridades, “la cronológica, o sea por razón del tiempo y la ideológica, o sea por la anticipación en las ideas y la preparación de la acción”, tal y como lo manifestara, hace cuatro décadas atrás, el Dr. Estuardo Núñez Hague, en su discurso pronunciado en el salón de actos de la Municipalidad Provincial de Lambayeque, con motivo de conmemorarse el 150º aniversario de la proclamación de la independencia en esta ciudad. Más adelante, el mismo Núñez Hague, agrega: “Pero si Lambayeque no tiene la prioridad en la línea del tiempo, pues otras ciudades la precedieron en sus pronunciamientos, sí muestra la primacía ideológica, pues su actitud y trabajo a favor de la independencia y el ardor de los patriotas lambayecanos antecede incluso al arribo de las velas de la expedición libertadora del sur, a nuestras costas, al mando del general San Martín”.

La Sociedad Patriótica de Lambayeque. (1817 – 1820)

En Lambayeque ya se conspiraba, de manera soterrada y decididamente, desde mucho antes que la expedición libertadora del sur arribara a la bahía de Paracas.

El historiador Evaristo San Cristóbal, en su obra “Apéndice del Diccionario de Mendiburo”, escribe: “el maltés José Saco Garioel, padre del prócer de la independencia de Lambayeque Pascual saco Oliveros, era un patriota; opuesto al régimen colonial español y en 1810, conocida la efervescencia revolucionaria en América, reunió en su casa a algunos vecinos de Lambayeque, con quienes fundó una logia patriota. Enterados de sus trabajos, las autoridades realistas de la localidad, lo acusaron ante la Santa Inquisición, que lo considero sujeto peligroso y merecedor de castigo. Mientras se juzgaba su causa aconteció su muerte”.

El año de 1810, es también la fecha que los historiadores han fijado como inicio de reuniones masónicas en el Perú, siendo la “Logia Lima” de la que se puede escribir con precisión. René Byrne Valcársel, en su libro “El Prócer Juan Manuel Iturregui” (1974), nos dice: “Bajo el mallete regulador de don José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete, se inició, en el Rito Escocés, don Juan Manuel Iturregui Aguilarte, en 1816”, Iturregui para aquella fecha contaba con 21 años de edad.

En 1818, Iturregui viaja a Jamaica donde obtiene la autorización para fundar logias lautarinas, con la única finalidad de apoyar a la guerra de la emancipación sudamericana. José de San Martín, Carlos de Alvear y José Matías Zapiola habían establecido la Logia Lautaro en Buenos Aires, en 1812.

A su retorno a Lambayeque, Iturregui, conjuntamente con sus amigos, los jóvenes de la nueva generación, funda, en 1819, una especie de club o sociedad secreta de separatistas denominada White Star (Estrella Blanca), sus ritos eran análogos a los masónicos, pero, en esencia, no era una logia masónica. Algunos de sus principales miembros lo eran su hermano José Ignacio Iturregui Aguilarte, Antonio Guerra (capitán del Ejército Realista), los hermanos Santiago, Romualdo y José Leguía Meléndez, Pedro Haro, los hermanos Pascual, Rafael y José del Carmen Saco Oliveros, los limeños y hermanos Juan del Carmen y Francisco Casós Barrionuevo, Melchor Sevilla, Mariano Quesada y Valiente, el marino norteamericano Juan José Fanning, Pedro Antonio López de Vidaurre, Los hermanos Vicente y José Maria Castañeda, Valentín Mondragón, José María Lastres, los hermanos Manuel y José María Muga, el ferreñafano Manuel Navarrete Echevarría, José Otiniano y tantos más.

En el informe presentado a la Municipalidad de Lambayeque por José Ignacio Iturregui y José Leguía Meléndez, en 1869, se lee lo siguiente: “Desde el año de 1820 empezó esta ciudad a propagar en esta provincia y fuera de ella, los principios del contrato social, el entusiasmo por su independencia y el amor a la libertad. Por esto los lambayecanos eran tenidos por insurgentes y herejes, confundiendo la causa política con la religiosa y se creía o se quería hacerse creer, que no se podía ser independiente sin dejar de ser cristianos”. Los jóvenes lambayecanos pertenecientes al club, eran, no cabe duda, de clara tendencia católico liberal.

Los miembros del club separatista lambayecano se reunían en diferentes casas de los asociados, con el objeto de burlar el continuo y odioso espionaje realista y “a fuerza de arbitrios y no sin riesgo, procurabansé los periódicos sobre la independencia de Colombia, Chile y Buenos Aires, y después de leerlos ávidamente, los hacían circular en toda las provincias del departamento, y aún fuera de él…”. Se sabe de las malévolas intrigas, calumnias, difamaciones y soterradas persecuciones a que estuvieron sujetas, por la cloaca servil, las personas de pensamiento liberal y racionalista por aquellas épocas.
    
Son precisamente las ideas que jugaran un papel importante en la emancipación de América Latina. En estas reuniones clandestinas los jóvenes lambayecanos se penetraron de las ideas de reforma social y les fueron desde ese entonces familiares los libros de Rousseau, Montesquieu, Diderot, Voltaire, D´Alembert, Mably y otros tratadistas de derecho público. Esto no se hace sin peligro como lo revelan los anales de la inquisición de las colonias españolas, especialmente la del virreinato del Perú.
    
Byrne Valcársel anota: “casi todos los hombres que toman militancia activa en la epopeya de la Independencia se encuentran afiliados o pertenecen a logias madres, no solo por la esencia de esta filosofía, coincidente con sus principios, sino por la razón de cautela que sus reuniones necesitaban”. “En efecto – continua el citado autor – terminada la tenida regular, se pasaba a la reunión patriótica, tanto para armar planes, como para dar lectura a los periódicos, recibidos de Colombia, Venezuela o correspondencia insurgente, incluso de la propia España”.
    
“Que la tendencia a la libertad - anota el historiador etenano coronel EP. Manuel Bonilla Castro en su ensayo Llampallec - era en Lambayeque deseo convertido en aspiración y una aspiración llegada a ideal, lo prueba, sin lugar a dudas, el hecho de haberse manifestado con caracteres de unanimidad tan luego se presentó la ocasión propicia para expresarlo”. Y la ocasión se presentó al tener las primeras noticias del arribo de la expedición libertadora a Pisco, aunque debemos recordar que la influencia sanmartiniana solo fue indirecta.

Inmediatamente los jóvenes separatistas lambayecanos entraron en contacto con el general San Martín. Mariano Quesada y Valiente mantuvo correspondencia con San Martín desde el día siguiente de su desembarco en Pisco. El traslado de las tropas sanmartinianas al Norte, a Huacho, ocasionó la intensificación de aquél carteo. El capitán Pascual Saco Oliveros fue el encargado de establecer el contacto directo. Su hermano, Rafael Saco era también uno de los que mantenía fluida correspondencia con San Martín. Estas relaciones ofrecieron las condiciones objetivas para que la región se pronunciara terminantemente por la independencia.

La Independencia de Lambayeque

Los entretelones y el desarrollo mismo de los acontecimientos acaecidos en el pueblo de Lambayeque, la memorable noche del 27 de diciembre de 1820, son bastantes conocidos por los lambayecanos.  La reunión extraordinaria del cabildo, convocado por el alcalde don Pedro Antonio López de Vidaurre, en casa del alcalde de segunda nominación don Melchor Sevilla, para tratar específicamente sobre la jura de la independencia. La unánime decisión de los miembros del cabido lambayecano por la libertad. La multitud que rodea la casa de Melchor Sevilla, mostrando su adhesión a la causa, la misma que en tropel y a los gritos de ¡a la plaza!, ¡al cuartel!, avanza amenazante a intimar rendición a la oficialidad y escuadrón realista acuartelado en la casa de la Aduana, sede hoy del Colegio Estatal de Primaria y Secundaria de Menores “27 de Diciembre”. El arrojo y valentía del Capitán de Milicias disciplinadas de Lambayeque Pascual Saco Oliveros, que solo y desarmado logra este cometido después de tensa deliberación con los oficiales del Rey. De las idas y venidas de Juan Manuel Iturregui impidiendo, con su sola presencia, que grupos de enardecidos pobladores saqueen las casas de acérrimos realistas, tanto españoles como oriundos de esta ciudad. El paseo del estandarte bicolor por la plaza y calles principales la madrugada del 31 de diciembre de 1820, fecha en que el “pueblo bajo” de Lambayeque juró ser libre de toda opresión, arriando para no ser vista jamás en estas tierras la bandera y estandartes de Castilla. La solemne y pública proclamación del 14 de enero de 1821, realizada en la “sala consistorial” desde donde se pasó a la plaza mayor para recibir el juramento de la tropa allí formada y luego a la Iglesia Matriz de San Pedro, “en donde al tiempo del Evangelio, se le recibió el juramento público al venerable clero”. La independencia, no cabe duda, era desde ese momento una realidad, un hecho consumado en nuestra región.

Todos estos hechos, unidos a los realizados en todo el norte y parte del centro del Perú, adquieren relativa trascendencia histórica, por cuanto es un claro indicador de la actitud favorable del pueblo peruano a favor de la emancipación con anterioridad a la proclamación de la independencia desde Lima. Y no cabe duda también que estos actos proclamatorios constituyeran un indiscutible sostén moral e ideológico a la noble causa de la emancipación nacional. Lamentablemente estos significativos sucesos no han pasado a los textos de difusión y enseñaza para su real conocimiento, de ahí que pasen inadvertidos en la mayoría de los casos.  
    
Sin embargo sabemos también, que este extraordinario apoyo no se limitó, de ninguna manera, al buen éxito de estas meritorias acciones, muy por el contrario los posteriores acontecimientos nos dan cuenta de una inmediata, decisiva y oportuna ayuda material a la revolucionaria empresa.
    
Contribución que en líneas generales se tradujo: a la recluta de sangre joven que serviría para engrosar las filas del emergente Ejército Patriota; a la colectación de ganado, así como en el acopio de víveres de toda especie para la manutención de las tropas; en el aprovisionamiento de jabones, jergas, tocuyos, frazadas, suelas cordobanes, en suma todo lo indispensable para el magro calzado, aseo y abrigo de las mismas; en la fabricación de clavos, herrajes, estribos, espuelas, lanzas y sables para la defensa; en la requisa de mulas y caballos, a las contribuciones voluntarias y forzadas de dinero y, por último, al recojo de toda la plata labrada de sus iglesias. En la consecución de todo este bagaje logístico todos sin excepción, hasta el más alejado poblado, cada uno según sus posibilidades, aportaron su cuota de sacrificio.
    
Hemos iniciado en Lambayeque, con miras al Bicentenario de la Independencia Nacional, una rigorosa investigación sobre este importante tema, todavía vaco en la historiografía de nuestra región, porque estamos seguros, a la postre, ayudara, de alguna manera, a reafirmar y fortalecer nuestra identidad y conciencia regional, fundada en el culto de los valores, tradiciones y hechos históricos, lamentablemente, ahora, tan venidos a menos. Veamos pues a continuación, en apretada síntesis, parte de la contribución que en ganados, víveres, vituallas, dinero en efectivo, plata labrada, recursos humanos, etc., aportó la región Lambayeque a la campaña final de la independencia nacional.

El aporte lambayecano al triunfo final de la independencia del Perú
    
Con fecha 17 de enero de 1821, el Gobernador Intendente de Trujillo, el limeño José Bernardo de Tagle y Portocarrero, marqués de Torre Tagle, enviaba una urgente comunicación al coronel Juan del Carmen Casós Barrionuevo, Gobernador Político y Militar de Lambayeque, pidiéndole refuerzos, caballos, dinero y pertrechos.
    
La hasta hoy inédita y utilísima misiva, constituye de por sí un significativo aporte a la historiografía lambayecana y, felizmente, en original, aunque muy maltratada, obra en nuestro poder, milagrosamente salvada, con uno que otro documento más, de haber sido consumida por las llamas a que había sido condenada por manos indiferentes a nuestro histórico acervo documental. Por tal motivo creemos necesario transcribir sus dos principales primeros párrafos, que a la letra dicen:
        
          “Sr. Coronel don Juan del Carmen Casós, Gobernador Político y    
           Militar de  Lambayeque:
       
          Inmediatamente que US., reciba esta tomara las providencias más ejecutivas para que sin perdida de momentos se pongan en marcha para esta capital (se entiende por Trujillo) todo el Escuadrón de ese Pueblo, trayendo consigo los caballos sobrantes que tenga y su armamento correspondiente, a excepción de los fusiles, que puede US., dejar hoy, para con ellos y nunca suficientes que le mandare después, arme las compañías de su Regimiento que tratara de acuartelar a la mayor brevedad, dándole la instrucción correspondiente con el objeto de guarecer ese Pueblo.
     
         Igualmente: me mandara US. de esas milicias cien hombres buenos y si puede ser solteros, o casados, menos sin hijos, a efecto de acuartelarlos en esta ciudad y reemplazar parte de la tropa que precisamente debe transportarse al Cuartel General en la fragata “Minerva”, muy próxima a arribar al Puerto de Guanchaco de orden del Excelentísimo Señor Capitán General; la misma que deberá conducir también a su bordo el dinero que le tengo pedido, cuya pronta remesa así como la del escuadrón integro, caballos sobrantes, tropa de infantería y los caballos que haya podido colectar…”    

Esta histórica misiva reafirma, de paso, lo que se ha venido sosteniendo desde siempre, en el sentido de que el partido de Lambayeque fue también, desde los aurorales días de la gesta emancipadora, uno de los principales bastiones del indiscutible apoyo logístico con que  contó el emergente Ejército Patriota.
    
Ahora bien, la histórica y conocida carta del 2 de febrero de 1821, que descubriera e hiciera pública, hace algunas décadas atrás, el historiador lambayecano Augusto Castillo Muro Sime, cursada por el lambayecano Miguel Blanco y Vélez al prócer de la independencia de Piura Miguel Jerónimo Seminario y Jaime, no hace sino avalar, dieciséis días después, el contenido de la anteriormente citada misiva enviada por Torre Tagle a Casós Barrionuevo. El párrafo del documento enviado por Blanco y que al momento nos interesa dice así:
     
      “De suerte que le hemos enviado a nuestro Libertador cerca de treinta mil pesos de donativos forzosos a los europeos, alguna pequeña parte voluntaria de los Patricios. Así mismo en esta semana remitimos 200 hombres a Trujillo, para que reunidos con 400 más de allí vallan por mar al Ejército. Todo esto sin perjuicio del acuartelamiento en que actualmente nos hallamos, de soldados de infantería y caballería”.
   
El destacado jurista e historiador Dr. Héctor Centurión Vallejo, en su obra “La Independencia de Trujillo”, consigna el siguiente dato: “En los primeros meses de 1821, llegaron a Trujillo como 400 patriotas voluntarios de Lambayeque, los que fueron puestos a órdenes del entonces Capitán Antonio Gutiérrez de la Fuente, quien ya se había alistado en las filas patriotas”. El prócer de la independencia de Trujillo D. Silvestre de la Cuadra fue el encargado de “aprovisionar a los voluntarios de todo lo necesario para que fuesen trasladados al  Cuartel General de San Martín”. Todo lo dicho fue certificado en 1848, por el mismo General Gutiérrez de la Fuente “con ocasión de ejercer el cargo de Prefecto y Comandante Militar del Departamento de la Libertad”, concluye Centurión Vallejo.
    
Torre Tagle, en carta enviada al General San Martín, fechada el 4 de febrero de 1821, le comunicaba “este valle a quedado muy escaso de cabalgaduras con solo ciento y pico por los caballos del Escuadrón de Lambayeque que remití a UD.”, y concluía diciendo: “recomiendo a Ud. a los oficiales de Lambayeque, pues aunque faltos de conocimientos,  luce en ellos el patriotismo y todos van voluntarios”.    
    
Buena parte de este contingente fue armado con recursos bélicos obsequiados por el prócer lambayecano Juan Manuel Iturregui Aguilarte; parque adquirido por éste en uno de sus viajes de negocios a Jamaica en 1817, guardado celosa y secretamente en la tina de elaborar jabón y curtir pieles “Santa Rita de Pololo”, propiedad de su señora madre doña Catalina Aguilarte Vélez. Iturregui también franqueo de empréstito voluntario la cantidad integra de jabón que transportó el navío la “Emprendedora” con destino al cuartel general en Huaura. “Es un patriota decidido”, diría de él, en carta a San Martín, el marqués Torre Tagle. 
    
Cabe también destacar el valioso aporte brindado por el Capitán de Milicias Disciplinadas de Lambayeque Juan Pascual Saco Oliveros, equipando a las tropas bajo su mando con su propio peculio. Obsequiando algunos caballos y conduciendo personalmente, vía Trujillo, al cuartel general en Huaura: “171 soldados, 96 de ellos libres  y 75 esclavos”. Este dato recogido por el investigador Eric R. Mendoza Samillán, se encuentra  en el Archivo General de la Nación (1821 – sin Código) y es parte del informe que presento Saco Oliveros, “dando cuenta  de los 386 pesos que distribuyó en forma diaria para la manutención del grupo que dirigió entre el día 15 y 26 de marzo de 1821” (Lambayeque en el siglo XIX. 1997).
    
En nota cursada el 11 de febrero de 1821, Torre Tagle agradece a San Martín por la distinción hecha a los lambayecanos a raíz de su arribo al Cuartel General de Huaura: “Doy a Ud. muchísimas gracias por haber atendido a mis recomendados y entre ellos a los oficiales de Lambayeque que son muy acreedores por su patriotismo”.
    
Son varias también las comunicaciones enviadas por San Martín a Torre Tagle solicitándole la remisión de hombres de color, como la del 13 de febrero de 1821, en que el Libertador le dice al Intendente: “Sobre todo de las haciendas embargadas pertenecientes a enemigos de la causa que se hallan ausentes, se pueden sacar para que tomen las armas todos los negros útiles…”. Dos meses después el 10 de abril del mismo año San Martín le comunica “Los negros que lleguen a esa (Trujillo) de Lambayeque puede Ud. retenerlos, agregándolos a la compañía Nº 8 para formar un batallón…”.

“Entre el negro y el caballo – argumentaba Carlos Enrique Paz Soldán, en una conferencia dictada en el Centro de Instrucción Militar del Perú en 1956 – se estableció un vinculo que no conoció el indio, jinete, el negro se hizo cuando desafiaba el poder, bandolero, y cuando lo servía, dragón o húsar o cazador, diestro en el manejo de su cabalgadura y de la lanza o del sable”.

Hijos de Lambayeque, Chiclayo y Ferreñafe, criollos, cholos, negros, zambos y mulatos, confundidos en un solo ideal integraron la legión de aguerridos soldados que asistieron a las jornadas victoriosas de Pichincha, Zepita, Junín y Ayacucho. “Voluntarios mancebos - diría el historiador Horacio H. Arteaga en una sugerente nota – que no habían conocido sino el campo de labranza y los torneos en las fiestas de gala, ceñidos de la banda roja que señalaba a los patriotas y empuñando las pesadas espadas y las picas de los antiguos conquistadores, corrieron a batirse contra las tropas del Rey”.

La Batalla de Pichincha 
   
El 24 de mayo de 1822, las faldas y laderas del volcán Pichincha a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar, cerca de la ciudad de Quito, fueron testigos de uno de los hechos gloriosos de más significado para la vida del Ecuador y de América toda: la Batalla de Pichincha. La victoria del ejército independentista bajo el mando del General Venezolano Antonio José de Sucre en el Pichincha selló la independencia de las regiones que integraron la Real Audiencia de Quito durante los siglos coloniales y abrió el camino para formar primero parte del Distrito del Sur de la Gran Colombia y, ocho años después, separarse y constituir la República del Ecuador.

Hijos de Lambayeque unidos a los de Piura y Trujillo, integraron los batallones peruanos que asistieron a esta histórica jornada: En la relación suscrita, el 28 de mayo de 1822, por el comandante en jefe de la División Perú, general Andrés de Santa Cruz,  se consignan los nombres de los combatientes que particularmente más se distinguieron en dicha acción de armas. En ella figuran los siguientes lambayecanos: el sargento Manuel Salcedo, del Batallón Nº 2 del Perú, “que quedó tendido en el suelo, despedazado a machetazos, por haberse metido el solo, con su fusil entre las filas españolas”. Gómez de la Torre, Domingo Pozo y Sebastián Fernández, heridos en la batalla; Manuel Vidaurre, Cipriano Sabaleta, Manuel Aguilar, Mateo Blanco, Manuel Iturregui, José Albujar, Juan Ruiz, Vicente Castañeda y Sebastián Romero, este último chiclayano. En esta batalla se capturó al enemigo 1,100 prisioneros, 160 oficiales, 14 piezas de artillería, 1,700 fusiles y abundante material de guerra de todos los tipos. Los realistas tuvieron 400 muertos y 190 heridos, los patriotas 200 bajas y 140 heridos.

Ciudad Generosa y Benemérita

Veintiún días después de la victoriosa jornada de Pichincha, mediante Decreto emitido el 15 de junio de 1822, refrendado por el ministro Bernardo Monteagudo de orden del Supremo Delegado Marqués de Torre Tagle, al pueblo de Lambayeque se le otorgaba el título provisional de Ciudad, con el honroso renombre de Generosa y Benemérita, por ser una de las primeras “que proclamaron su adhesión a la causa continental”, y por los caros servicios que ininterrumpidamente venía prestando a la campaña final de la independencia nacional.  Decreto que fue confirmado el 18 de diciembre del mismo año, por la Suprema Junta Gubernativa del Perú comisionada por el Primer Congreso Constituyente, “atendiendo a los auxilios que prestó al Ejército Libertador antes y después de su ingreso a esta capital, y al ejemplo que dio a los demás pueblos de aquel Departamento en la proclamación de la independencia”. Decreto, este último, firmado por  José de la Mar, Felipe Antonio Alvarado y el Conde de Vista Florida.

Apoyo a la flamante Marina de Guerra del Perú

A fines de junio de 1822, el general San Martín, nombrado Supremo Protector de la Libertad del Perú, desde el 3 de agosto de 1821, y, como tal, al mando del poder político y militar de los departamentos libres del Perú, constituidos por Lima, el norte y un sector del centro del país, le hace llegar al coronel don Nicasio Ramallo, gobernador político y militar del partido de Lambayeque, una urgente misiva. En ella le encarga que “sin perder un solo momento” reúna al “patriótico vecindario” del partido de Lambayeque, para darles a conocer: “que la expedición marítima pronta a salir para abrir la campaña de un modo que asegure la Independencia del Perú, se halla detenida por falta de víveres”.
    
El Protector apelaba a la conocida y probada honestidad de sus habitantes para que juntos realicen un extraordinario esfuerzo y reúnan: “todo el maíz, arroz y harina de trigo, grasa, jabón y demás víveres” que pudieran proporcionar. “No dudo un solo momento - manifestaba el Protector – de los esfuerzos de los honrados lambayecanos, y que contribuirán de un modo directo a la terminación de esta ominosa guerra”. “No me detenga Ud., - le conminaba el Supremo Protector al gobernador de Lambayeque - un solo momento la goleta, después de tomados los víveres indicados, pues de su prontitud en el regreso pende el éxito de la expedición”.
    
A las doce de la mañana del 29 de junio, el vecindario de Lambayeque fue convocado por bando para que a las once de la mañana del siguiente día, asistiera a la sala municipal para enterarse de la suprema orden y “manifiesten consecuentemente el patriotismo que constante y repetidas veces tienen demostrado”; sobre todo “teniendo en consideración las actuales urgencias de nuestra madre patria”.
   
Esa mañana del 30 de junio, el coronel de milicias de caballería, don Baltasar Muro, natural de ferreñafe, fue el primero en ofrecer una carga de jabón como donativo voluntario a beneficio de la expedición marítima. Lambayeque, Ferreñafe, Chiclayo, Saña, Eten, las haciendas de Tumán y Chongoyape, San Pedro de LLoc, perteneciente por aquella época al partido de Lambayeque, enviaron inmediatamente sus donativos consistentes en cientos de arrobas de arroz, maíz, decenas de arrobas de carne y frijoles, y cientos de pesos. Las fechas de entrega, los detallados montos y los nombres de los que contribuyeron a esta noble causa, figuran en un viejo expediente de 6 folios que se conserva en el Archivo Regional de Lambayeque.
    
Toda la contribución lambayecana fue embarcada, a mediados de septiembre de 1822, en la Fragata “Luisa”, surta en el puerto de Pacasmayo, con destino al Departamento Marítimo del Callao, y sirvió para la manutención y aseo de los miembros de la flamante Marina de Guerra del Perú, que inició sus operaciones el 15 de octubre de 1821, bajo el mando de su primer Comandante General capitán de navío Martín Jorge Guise, de origen británico. La función inicial de la Armada Peruana fue bloquear los puertos del sur, zona aún ocupada por los realistas.
    
En la Gaceta del Gobierno del 21 de mayo de 1823, se encuentra un extracto de los donativos colectados por varios ayuntamientos del partido de Lambayeque. Así tenemos: la ciudad de Lambayeque, capital del partido, El ayuntamiento de Chiclayo, con 910 pesos, de los cuales 176 pesos 6 reales correspondía al dinero en efectivo donado por las damas patriotas de esa localidad. En granos y efectos se recolectaron: Dos cargas de arroz; seis arrobas de garbanzos; ciento sesenta y una arrobas de maíz, catorce suelas, trece arrobas de frijoles, sesenta y dos varas de tocuyo y un plato con cuatro marcos de plata. El ayuntamiento de Ferreñafe, en dinero en efectivo, 92 pesos cinco reales; Mórrope, 62 pesos 4 reales; Jayanca, 17 pesos 1 real, además de dieciocho arrobas de maíz; Saña, 44 pesos 2 reales y doscientas cuarenta y nueve y media arrobas de maíz y dieciséis arrobas de frijoles; Lagunas, 17 pesos y 3 reales, y Olmos, 39 pesos y 9 reales.

La Batalla de Zepita

El 25 de agosto de 1823, en la batalla de Zepita, los lambayecanos integraron parte del Tercer Escuadrón, conducido por el comandante Eufemio Aramburu. Este oficial patriota había formado, entre abril y junio de 1822, dos escuadrones de lanceros de 150 plazas cada uno en Lambayeque. La dama lambayecana doña María Catalina Agüero, costeó el estandarte de uno de estos escuadrones, el coronel de caballería de Ferreñafe don Baltasar Muro y el teniente coronel don Manuel Ojeda, proporcionaron, cada uno, cien pesos “para los que voluntariamente se alistasen en dicho cuerpo”, tal y como consta en la Gaceta del Gobierno del 12 de abril de 1823. Demás esta decir que en esta acción de armas quedo demostrado que nada era superior al valor de estos “huerequeques” a caballo. Según el jefe de la expedición, general Andrés de Santa Cruz, las bajas del lado patriota fueron 28 muertos y 84 heridos, perdiendo también 30 soldados que fueron hechos prisioneros. Se capturó al enemigo un considerable botín consistente en 240 fusiles, 52 caballos ensillados, 240 lanzas, 63 sables y algún otro despojo de guerra. Las bajas realistas fueron 100 soldados muertos y 184 prisioneros.

Las Damas patricias

No solo las damas de Lima y Trujillo se unieron a la noble causa de la libertad, también en Lambayeque se trabajó activamente. Las vecinas de esta ciudad reunían dinero vendiendo sus alhajas y vajilla de plata. En la Gaceta del Gobierno del 7 de junio de 1823, se inserta la “Razón de las cantidades que por conducto de doña Clara Cotera han erogado varias señoras de Lambayeque para auxilio de las necesidades públicas”. En ella figuran reconocidas damas de la sociedad lambayecana de aquella época, como doña Petronila Villalobos que donó 2 pesos; doña Antonia López 4 pesos; doña Nicolasa Figuerola 2 pesos; doña María Josefa Fernández 2 pesos; doña Rosa Mesones de Montenegro 2 pesos; doña Águeda Aro de Leguía 17 pesos; doña Clara Delgado de Buenaño 25 pesos; doña María del Carmen Martínez de Delgado 25 pesos; doña Antonia Delgado de Lama 25 pesos; doña Tomaza Muro de Delgado 25 pesos; una criada de esta 1 peso y doña Clara Cotera de Delgado 100 pesos. Haciendo un total de 230 pesos. Doña Clara Cotera también entregó 800 cordobanes, para la confección de calzado para Ejercito Libertador. Las que menos pudieron, menos dieron; pero con el mismo patriotismo
    
San Martín contó, desde el primer momento de su arribo al Perú, con la valiosa colaboración de mujeres, sobre todo en su trama de espionaje. En Lambayeque fueron espías y colaboradores de San Martín, María Catalina Agüero y Micaela García de Fanning. Damas declaradas Patricias, y merecedoras de la gratitud; a cada una de ellas se le extendió el diploma correspondiente, que ostentaba la firma del Protector.

La etapa bolivariana

El 18 de febrero de 1824, el libertador don Simón Bolívar, promulgó el decreto de contribución general, iniciándola con la Intendencia de Trujillo, jurisdicción a la que como sabemos pertenecía el partido de Lambayeque. Nombró una Junta Extraordinaria que debía reunir, en plazo perentorio, 300,000 pesos para asegurar la Caja Militar, y 100,000 pesos mensuales para los gastos del Ejército Libertador.

El 23 de marzo de ese mismo año, se le pedía al flamante intendente de la provincia de Lambayeque, general Luís José Orbegozo y Moncada, remitiera inmediatamente al prefecto de Trujillo: 1.000 mulas y 1.000 caballos, 1.000 cargas de trigo y 1.000 de arroz. Se impuso a Lambayeque un cupo de 20.000 pesos, que sería prorrateado en la mejor forma entre los vecinos. El plazo para cumplirlo era de 15 días. A quien se negara a contribuir o se mostrara remiso, se le arrestaría y remitiría al Cuartel General. Asimismo se debía recolectar y remitir al mismo prefecto de Trujillo las alhajas de oro y plata de las iglesias de toda la provincia de Lambayeque, “no dejando en cada una de ellas más que los cálices, las patenas, la custodia, los copones de dar la comunión y un incensario”, o sea solo lo indispensable para el culto.

Las cofradías de la Purísima Concepción, la de Nuestra Señora del Carmen y la de Nuestra Señora del Rosario de la desaparecida Iglesia Matriz de Chiclayo aportaron 449 pesos 4 reales

Las cofradías del Santísimo Sacramento, de Nuestra Señora del Carmen, de Nuestra Señora del Rosario, de Nuestra Señora de las Mercedes, de Nuestra Señora de Guadalupe, la del Señor Crucificado unida con la de Nuestra Señora de los Dolores, la del Arcángel San Miguel, la de Jesús Nazareno y la de San Antonio de Padua, en total 09 cofradías de la Iglesia San Pedro de Lambayeque, contribuyeron con 1,543 marcos de plata, que fueron entregados, el 11 de marzo de 1824, por el cura Lázaro Villasante a Juan Manuel Iturregui Aguilarte, a la sazón gobernador político y militar de esta ciudad.

Los inéditos expedientes, donde se consignan el número de cofradías  de las iglesias de Chiclayo y Lambayeque, los nombres de sus advocaciones, los nombres de sus mayordomos y el monto en marcos de plata que de cada una de ellas se extrajo en 1823, se encuentran  a buen recaudo en el Archivo del Centro de Estudios Históricos y Promoción Turística de Lambayeque.

En la Gaceta del Gobierno de Marzo de 1824, aparece la siguiente publicación: “2,000 pesos que han entregado los vecinos del pueblo de Mórrope del partido de Lambayeque, por la contribución anual que han ofrecido por que se les exima del contingente de reclutas”. Un mes después, el 8 de abril, el pueblo de Olmos entregaba 190 pesos, producto del cupo que le había sido impuesto por la Municipalidad de Lambayeque acatando la Orden Superior del 17 de marzo de 1824.
Y en la Gaceta del 24 de abril de ese mismo año, bajo el titulo de “Donativos”, se lee: “El Comandante de Caballería don José Manuel Muro ha cedido a beneficio del Estado los cobres y esclavos de la hacienda de Ucupe en el partido de Lambayeque, cuyo valor monta a la cantidad de dos mil ciento ochenta y siete pesos cuatro reales…” , y líneas abajo: “Igualmente don Matías Delgado en el mismo partido ha cedido la cantidad de diez y seis pesos cinco reales…”. Esta comunicación pública terminaba con las siguientes premonitorias palabras: “La patria exige sacrificios; pero ya esta muy próximo el suspirado término en que recogeremos sus frutos, y bendeciremos los presentes afanes”. Tres meses después, los denodados esfuerzos desplegados, a lo largo y ancho de nuestro territorio, para arriar, para siempre jamás, los pendones de Castilla de nuestro suelo, darían esos frutos tan deseados.

La Batalla de Junín
  
No cabe la menor duda que el brillante resultado del esfuerzo desplegado por el Libertador Simón Bolívar, por agrupar un admirable y disciplinado ejército, que pudiera enfrentar a las experimentadas tropas del Rey, se dio por primera vez a 4,220 metros de altura sobre el nivel del mar, en la gélida llanura de Junín el 6 de agosto de 1824.

Para lograrlo el Libertador había contado con el oportuno, decisivo e indiscutible apoyo brindado por los pueblos del Perú, en especial de la costa norte, entre los que nítidamente destacaba el pueblo de Lambayeque, con su cuota de aguerrida sangre joven factor determinante en cualquier combate.

En esas ubérrimas pampas de Junín, aproximadamente 900 bravos jinetes patriotas, se prestaron a luchar, en horas de la tarde, contra 1,200 de la caballería realista, unidad selecta y engreída del ejército español, a cuyo frente se encontraba el propio general José de Canterac.

El choque fue violento, encarnizado y cuando a todas luces la victoria le era adversa a la caballería independiente, cuando cundía el desorden y desconcierto en sus filas, más aún, cuando prácticamente todos los escuadrones patriotas habían emprendido la retirada, perseguidos muy de cerca por la caballería realista, fue en ese preciso momento en que el primer escuadrón de “Húsares de Junín”, conformado en gran parte por voluntarios de Piura, Lambayeque, Chiclayo, y Trujillo, situados en posición estratégica y comandado por el coronel argentino Isidoro Suárez, se lanza como un relámpago, en memorable carga, contra el enemigo, gracias a una “inspirada visión” del sampedrano mayor José Andrés Rázuri Estévez, logrando así detener la persecución; la situación es por demás propicia y oportuna, los patriotas reaccionan, se organizan inmediatamente, vuelven caras y en carga descomunal, obligan a la “tan considerada, bien armada, equipada, montada, instruida y disciplinada” caballería realista, a emprender en derrota, vergonzosa fuga.

La batalla duró apenas 45 minutos y en ella no se escuchó un solo disparo, pues se combatió exclusivamente con arma blanca, a sable y lanza. En el bando patriota los muertos alcanzaron al número de 45, entre ellos algunos oficiales, quedando 99 heridos. El enemigo perdió dos jefes, 12 oficiales y 245 hombres de tropa, más 80 prisioneros y crecido el número de heridos y dispersos.

En su obra “Llampallec”, Bonilla Castro, refiriéndose a la batalla en las pampas de Junín, anota: “Junín es un milagro, es un prodigio de la audacia. Es una apoteosis del patriotismo. Es un laurel inmarcesible en la orla del esfuerzo lambayecano. Fueron brazos suyos los que blandieron las lanzas, hechas con las maderas de sus bosques, espuelas forjadas en sus talleres, las que apretaron los ijares de los corceles salidos de sus campiñas”. Enrique Benítez en su obra “Geografía del Perú”, nos dice: “fueron en gran parte lambayecanos, los valerosos soldados de tropa que nos dieron la victoria en las pampas de Junín y en la decisiva de Ayacucho”, el 9 de diciembre de 1824.

En el discurso pronunciado, en el campo de Junín, por el Prefecto de ese Departamento, señor Manuel Pablo Villanueva, en representación del Supremo Gobierno presidido por Augusto B. Leguía Salcedo, con motivo del centenario de la batalla de Junín, manifestó: “En esa gloriosa acción de armas cúpole rol brillante y decisivo al Escuadrón “Húsares del Perú”, exclusivamente compuesto de valientes, aunque noveles, voluntarios trujillanos y lambayecanos”. El historiador Horacio H. Arteaga, manifiesta: “En Junín esos voluntarios de Lambayeque exhibieron brío y mostraron su empuje extraordinario, formidable, irresistible, sorpresivo”, más adelante agrega: “Cuando Bolívar, después de esa victoria estupenda de las pampas de Junín, preguntó asombrado por los audaces y los héroes, le señalaron los pelotones de voluntarios lambayecanos, ferreñafanos y chiclayanos que se enfilaban cansados y haraposos, muchos de ellos no tenían sombrero ni morrión, una faja ennegrecida apretaba en su frente las heridas que aún manaban sangre. Estaban descalzos y flacos, pero tenían el rostro resplandeciente como los semidioses de la Iliada. Bolívar los declaró en el acto ¡Húsares de Junín!”.

Entre los hijos de nuestra región que asistieron a estas memorables jornadas se encuentran: Manuel Salcedo, Gertrudis Poémape, Sebastián Fernández Samudio, José María Lastres y Martínez de Tejada, Luciano Mejía (lambayecanos) y José Leonardo Ortiz (chiclayano).

Luciano Mejía vivía aún en Lambayeque, su ciudad natal, en 1887, como consta en el Libro de Actas del municipio lambayecano de ese año. En julio de 1887, con motivo de celebrarse un aniversario más de la jura de la independencia nacional, la Municipalidad de Lambayeque, en cesión solemne, le otorgó un premio consistente en diez soles de plata.

El octogenario paladín de nuestra independencia, mostraba orgulloso, prendidas en las solapas de su viejo traje, las medallas conmemorativas de Junín y Ayacucho. Don David Sosa, a la sazón teniente alcalde del municipio lambayecano, al hacerle entrega del premio pecuniario, en emocionadas palabras le dijo: “Señor Luciano Mejía, vencedor de Junín y Ayacucho, esta pequeñísima suma que hoy se le obsequia, os hará comprender, que vuestros compatriotas no son ingratos para aquellos, que como vos, nos dieron libertad y patria”.           

Una carta esclarecedora

El 30 de octubre de 1828, los vecinos de Lambayeque elevaron una carta a Francisco Solano Fernández de Alarcón, prócer de la independencia de Lambayeque y, a la sazón, diputado departamental por esta provincia; en ella le suplicaban intercediese ante el Supremo Gobierno por el inmediato cese de la recluta decretada con motivo de la guerra con la Gran Colombia (1828-1829), ya que la agricultura era un importante ramo para la manutención del Ejército y en Lambayeque la mayor parte de los pobladores por levar, se dedicaban a ella. Aparte de que se necesitaban brazos jóvenes para reconstruir los canales, acequias y pueblos asolados por la presencia el fatídico fenómeno del “Niño” del verano de 1828, a punto de encontrase la ciudad de Lambayeque clamaban: “…en los umbrales del sepulcro”.
    
De esta valiosa misiva, que exhumáramos de un viejo expediente que se conserva en el Archivo Regional de Lambayeque, hemos extraído dos ilustrativos párrafos, su lectura nos dará una clara idea de lo que verdaderamente significó el aporte lambayecano a la independencia del Perú. Veamos:
    
      “…Desde el año pasado de 1820 a la fecha ha dado (Lambayeque) algo más de 3,500 soldados, en moneda como un millón de pesos, y en auxilios de todo sentido quizá, o sin quizá, otro tanto.
   
      “Si se conservara el todo de los documentos de esta prueba, o los pocos que se consiguió no estuvieran en Lima, los presentaríamos a VE  para que admirara que en solo 88 días que el General Orbegozo la gobernó como Intendente, concurrió con más de doscientos mil pesos para la campaña de 1823; no obstante supla esta pequeña falta el titulo de Benemérita y Generosa con que el Supremo Congreso la ha honrado por sus notorios calificados heroicos servicios…”. Huelgan los comentarios.

Es por todos los motivos antes mencionados que el partido de Lambayeque, parte integrante de la intendencia de Trujillo, adquiere la significación más completa como representativo del indiscutible aporte netamente norteño y peruano al triunfo de la titánica y revolucionaria empresa de la independencia nacional.

Del discurso pronunciado por el jurista lambayecano doctor Justo Figuerola y Estrada en la Universidad Mayor de San Marcos, el 18 de enero de 1822, con motivo del recibimiento del general José de San Martín, permítanme, para terminar, dar lectura al siguiente párrafo:

     Y tú, Lambayeque, amada cuna mía, tuviste la gloria de levantar en esa comarca la primera voz por la libertad, y de acreditar eras digna de la elevación á que aspirabas. Recibe el homenaje de un hijo, que se goza en tus virtudes, y espera los que te consagre la patria en todos los tiempos”.

Nota: Conferencia dictada en el auditórium de la Universidad Nacional de Trujillo, con motivo de la I JORNADA ACADÉMICA DE INVESTIGACIONES HISTÓRICAS RUMBO AL BICENTENARIO. Evento al que acudimos gracias a la gentil invitación del historiador trujillano Juan Castañeda Murga.

Tríptico del evento