jueves, 24 de noviembre de 2011

Las calles originarias de Lambayeque.


Plaza de Armas de Lambayeque (1928)
La ciudad de Lambayeque no tuvo un nacimiento improvisado, su origen urbano se remonta al momento mismo – mediados del siglo XVI – en que las dispersas parcialidades o comunidades nativas tradicionales que conformaban su laborioso y rico cacicazgo fueron reducidas a agrupadas en pueblo, de corte hispano, en su actual emplazamiento. El flamante pueblo de indios se denominó originalmente San Pedro de Lambayeque.

El ceremonial para el levantamiento de pueblos indígenas era muy simple. Después de haberse determinado el terreno donde se ubicaría la plaza, punto de referencia para la distribución de los barrios trazados a cordel, el representante español reunía a las parcialidades con sus respectivos pachacas para el reparto de las zonas que debían ocupar y construir en ellas sus moradas. Inmediatamente se designaba a los miembros del Cabildo, la autoridad civil a que estaba sujeta la población, conformado por indios principales de la localidad, correspondiendo al Cacique Gobernador el mando político. Finalmente se celebraba una misa en la misma plaza, que era ofrendada al Santo o Santa designado patrono del novísimo pueblo.

A la fecha es sumamente difícil dar con un plano, croquis, descripción, ni nada que se asemeje, que nos de una clara idea de como estaba constituido en sus inicios el primitivo núcleo urbano del pueblo de Lambayeque en el siglo XVI. Pero todos los indicios apuntan a que su trazo inicial estuvo acorde con las Ordenanzas contenidas en las leyes firmadas y dictadas en las Cortes de Burgos del 27 de diciembre de 1512 y Valladolid el 28 de julio de 1513. Siguiendo el predominante modelo estándar para el levantamiento de pueblos indígenas, con su plaza central y la disposición de las calles en damero para facilitar el reparto de solares. Programa de reducciones agresivamente promovidazas por la Corona Española desde 1549.

Ahora bien, una vez fundadas y constituidas en núcleos urbanos las ciudades, villas y pueblos de indios, las primitivas calles que los conformaban fueron denominadas en un principio con los nombres de santos y mártires del calendario católico. Pero también en muchos casos las cuadras que componían sus anchas, iguales, paralelas y en algunos casos estrechas o serpenteantes calles, preconcebidas así para aminorar las fuertes ráfagas de los vientos del sur o alisios, se conocían con nombres diferentes unas de otras, y no solamente esto sino que muchas veces se les denominaba con nombres alternos, sobre todo si en ellas vivían personajes representativos. Un ejemplo de esto lo encontramos en la cuadra nombrada, por los años de 1727-1790, como “del Padre Pomares”, alternativamente y por aquellos mismos años se le llamaba también “Minollulli”.

Joseph Pomares era clérigo presbítero y poseía en esta vía tres casas fabricadas. Fue mayordomo de la fábrica de Iglesia San Pedro de Lambayeque; su cuerpo se encuentra sepultado en el presbiterio de la mencionada Iglesia. En lo que respecta a Minollulli, es el apellido de una de las principales familias nativas de Lambayeque. Uno de los más representativos personajes de esta estirpe lo fue, en las primeras décadas del siglo XVIII, don Jacinto de la Rosa Minollulli, médico cirujano de Lambayeque y sus parcialidades, que también vivía en esta cuadra. Por nuestra parte sospechamos que esta cuadra se ubicaba en la calle denominada hoy día “28 de Julio”.

Sumemos a esto los fenómenos naturales que asolaron esta ciudad a través de los siglos. Las inundaciones borraron relativamente de su trazo urbano muchas de estas antiguas calles, con lo cual también se hace muy difícil dar con la exacta ubicación de muchas de ellas. Entre estas originarias calles o cuadras, algunas de ellas con anecdóticos nombres, hemos fichado las siguientes: “del Bachiller Núñez Lobo” (1720); “de la Oliva” (1724); “de San Jacinto”, ”de la Matanza” o “de la Carnicería” (1741); “del Tropiezo” (1742); “del Cacique” (1748); “de Cartagena”, “Quepse”, “Efquen”, (1751); “Quita Calzón” (1752); “de las Huertas” (1753); “del Mascaron” (1773); “de San Carlos”, “de la Alameda” (1773); “de los Naranjos” (1790); “del Desconsuelo” (1791); “de Peralta” (1878); “de los Sarmiento” (1878); “de las Carretas” (1880); “del Tránsito” (1880); “de Miguel Navarrete” o “de los Navarrete” (1880); “del Campo” (1881); “de la Merced” (1881); “de Guerra” (1882); “del Cuartel Chileno” (1882); “del Arenal” (1882); “de Huanchaco” (1884), etc.

Revisando pacientemente la antigua papelería que custodia el Archivo Regional de Lambayeque nos hemos encontrado también con que las principales esquinas eran denominadas con nombres del santoral católico, de los dueños de las viviendas o de importantes edificios públicos ubicados en estas. Así tenemos: esquina de "San Roque" (1720); del "Padre Gamboa" (1720); del "Comisario Juan Luís de Felices" (1721); de "Pedro López" 1721); del "Alférez Joseph de Vera" (1734); de "Juana Corñan" (1734), estas dos últimas ubicadas en la antigua calle "Real de Mercaderes" hoy "8 de Octubre"; esquina de "Belén" (1790); de "San Marcos", esta última esquina se encontraba por el año de 1810 hecha un muladar, según un documento de esa época.

Conozcamos a continuación, de manera preliminar y muy sucinta, las antiguas denominaciones de las calles y cuadras de la Generosa y Benemérita ciudad de San Pedro de Lambayeque, veamos:

Calle “San Roque”, denominada con este nombre desde aproximadamente mediados del siglo XVII, hoy “2 de Mayo”. Ancha arteria principal lambayecana. A partir de 1829, en plena República, la encontramos denominada como “La Unión” después “La Victoria”. Sus primitivas cuadras tuvieron diferentes denominaciones, así tenemos: “del Río” después “Puente Nuevo” (cuadra 1); “de los Temoche” (cuadra 2), “del Antiguo Cuartel” o “Cuartel Viejo” (cuadra 4), “del Cabildo” (cuadra 5), “de la Aduana” (cuadra 6), “del Tiro al Blanco” (cuadra 7).

Calle “del Horno” o “del Horno de Ladrillos”, principios del siglo XVII, un siglo después “La Ladrillera”, hoy “28 de Julio”. Por el año de 1825 se le conocía como calle “de la Igualdad”. A mediados del siglo XIX, a la cuadra 7 de este viejo barrio se le llamaba “de las Pastoras”, porque en esta tenían varias viviendas las
Señoritas de apellido Pastor.

Calle “Real de Mercaderes”, mediados del siglo XVII, hoy “8 de Octubre”, una de las más concurridas de la época colonial porque en ella se realizaba la actividad comercial. En el año de 1825 la hemos encontrado denominada como “Independencia”, después, en 1838, como “del Comercio”. En los siglos XVII y XVIII, a la callecita que mira a la Plaza de Armas “27 de Diciembre” de esta ciudad, se le conoció como “del Tambo” y “del Teatro” a partir de 1851 (cuadra 6).

Calle de “las Tres Cruces”, principios del siglo XVII, hoy “Junín”. A la cuadra 6 de esta antigua calle se le llamaba “del Hospital” y a la cuadra 7 “el alto de Vilela” o
“Huaca de ña Vilela”

Las cuadras de la hoy denominada calle “Bolívar”, se nombraban: “Míraloverde” (cuadra 1); “Bellavista”, “Anteparas”, “el Alto Perú”, “Batángrande” (cuadra 2); “San Sebastián (cuadra 3). “San Isidro”, mediados del siglo XVIII, y “Escribanos”, desde el siglo XVIII, (cuadra 4).

Calle “San Pascual Bailón”, mediados del siglo XVII, hoy “Miguel Grau”. Por el año de 1866 a esta calle se le bautizo con el nombre de “Constitución”. A la cuadra 1 de esta arteria se le llamó “del Colegio”, después “del Mercado” o “de la Plaza”; “Callejón Rojo” (cuadra 3); “Rosa Cotera de los Ríos” (cuadra 4). Doña Rosa de los Ríos Escurra y Saravia, tenía en esta cuadra dos casas solariegas. Era natural del pueblo de San Julián de Motupe, perteneciente por aquella época al corregimiento de la ciudad de Piura. Estaba casada con don Manuel Fernández de la Cotera y Velarde, natural de la Villa de Santillán en las montañas de Burgos en España. Cuadra “del Correo”, después “del antiguo Correo” (cuadra 5); “del Molino” o “del Molino de Mattos (cuadra 6).

Calle de “Ña Medina”, hoy “Atahualpa”. Esta es la calle donde se ubican el local del Casino Civil Militar y la casa donde vivió el ex presidente de la República don Augusto B. Leguía (cuadra 4). Conocida así por haber poseído en esta calle dos casonas solariegas las hermanas doña Teodora y Teresa Medina y Búcaro, familia avecindada en Lambayeque después de la ruina de Saña en marzo de 1720. “Callejón de la Aduana” (cuadra 5).

Calle de “los Coheteros” o “Callejón de las Luna”, hoy calle “Manco Cápac”.

Calle de “Santiago”, mediados del siglo XVII, después “del Puente” o “del Puente Viejo”, hoy “José Gálvez”. Al frente de esta calle hubo un puente, de ahí deriva su primitivo nombre. Carlos Bachmann en su “Monografía del Departamento de Lambayeque” (1921), nos dice: que este puente “fue quemado en 1857 por Vivanco en su revolución contra Castilla…”, se le conocía también con el nombre de la Carramuca…” fue destruido en 1871 por una fatal inundación; trasladándose entonces a la calle de “San Roque”, hoy “2 de Mayo”.

Calle “del Hospital”, fines del siglo XVIII, hoy “Sutton”. En los primeros años del siglo XX se le conocía como calle “del siglo XX” o “de la Cruz del Siglo Veinte”, a raíz de la construcción, a principios del siglo pasado, de la capilla que conserva la Santísima Cruz encontrada en los médanos cercanos. Su primer mayordomo y promotor fue el Sr. Mauro Mino. La capilla se inauguro en los primeros días de enero de 1900.

Calle “San Pedro”, mediados del siglo XVII, después “Pueblo Nuevo” o” Culebrón”, hoy “Tarapacá”.

Calle “San Romualdo”, mediados del siglo XVII, después “Santo Domingo”, hoy “Huamachuco”.

Calle “Vulcano” o “del arrabal de Vulcano”, fines del siglo XIX, hoy “Juan Manuel Iturregui”.

Calle “del Palmo”, inicios del siglo XVIII, hoy “Huascar”.

Calle “San Antonio”, mediados del siglo XVII, hoy “San Martín”. “San Antonio” (cuadra 2); “Santa Catalina” (cuadra 3), por algún tiempo y después de la infausta Guerra del Pacífico a esta cuadra se le conocía con el nombre de “Mariano Pastor Sevilla”, héroe lambayecano herido mortalmente en la batalla de Miraflores; “de la Gallera” o “Cuartel Viejo” (cuadra 4).

Calle, conocida hasta las primeras cinco décadas del siglo XVIII, como “salida a las chacras de Chancay” o “Camino al valle de Chancay”, también: “Camino a los arenales de Chancay”, después simplemente “Chancay”, hoy “Bolognesi”. Denominación que deriva de la vieja y desaparecida parcialidad o comunidad nativa tradicional de Chan o Chancay. En un antiguo manuscrito la hemos encontrado como “Chancalle”.

Calle “Tancún” (mediados del siglo XVIII), hoy “Emiliano Niño Pastor”. Tancún, apellido de una familia de indios principales de Lambayeque que vivían en esta calle.

Calle “Pescadores”, después “Camino Real a San José”, hoy “Federico Villarreal”.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Una mansión virreinal con historia en Lambayeque.

Centro de Estudios Históricos y Promoción Turística de Lambayeque

Casa de la antigua Logía o Montjoy
Dado el visible deterioro en que lamentablemente aún se encuentra buena parte del Patrimonio Cultural inmueble de nuestra generosa y benemérita ciudad de San Pedro de Lambayeque, en los últimos años se ha acentuado la necesidad de realizar trabajos de restauración y puesta en valor de algunos de los más representativos exponentes de este rico e irreversible legado de nuestros mayores.
     
La recuperación de la fachada y parte de la segunda planta de la casa Varías; la puesta en valor de la antigua ramada de San Pedro, hoy Capilla “San Francisco de Asís”; la restauración de esta magnifica mansión virreinal conocida, alternativamente, como casa de la antigua Logia o casa Montjoy, en base a los proyectos mandados elaborar por la Municipalidad Provincial de Lambayeque, que preside el alcalde Percy Ramos Puelles, son claros ejemplos de que con buena voluntad, con el sano propósito de hacer las cosas y con una firme decisión política se pueden ejecutar obras de tal naturaleza en esta ciudad prócer.
     
Pero debemos saber también que todos estos proyectos deben estar enmarcados a partir de los principios más precisos y científicos posibles. Y es aquí donde la investigación histórica se convierte en el ineludible primer paso a dar en la elaboración de todo proyecto de conservación, restauración o puesta en valor del Patrimonio Cultural de la Nación, sea este mueble o inmueble.  ”Existe la necesidad de poseer – argumentan los conservadores argentinos arquitectos Graciela Viñuales y Ramón Gutiérrez – un detallado conocimiento histórico del mismo antes de proceder a realizar tareas que lo afecten”.
    
En pasados años en que la restauración de nuestro acervo cultural estuvo en manos del “voluntarismo”, el “empirismo”, la “improvisación” o sujeta a los vaivenes caprichosos del ánimo del “seudo restaurador”, el conocimiento histórico de la obra a intervenir no se consideraba una necesidad imperiosa. De ahí que no solamente el recurrente fenómeno de El Niño, con su secuela de desastres y desolación, arruinara buena parte del patrimonio monumental de esta ciudad, sino también la mano del hombre.
     
Las intervenciones ejecutadas en la casa Montjoy, en los años de 1981 y 1982, y las que con motivo de mitigar los efectos del cantado Niño del bienio de 1997 y 1998, se llevaron a cabo en esta mansión virreinal lambayecana, nos dan una clara idea de cómo cuando esta clase de trabajos están a cargo de personal no especializado se incurre siempre en lamentables desaciertos o en viles atentados contra el patrimonio cultural.
     
El colapso de la Capilla San Francisco de Asís (antigua ramada de San Pedro), es una prueba irrefutable de estas deplorables intervenciones efectuadas en 1998. En esa lamentable ocasión se dañó irresponsablemente la espadaña de esta capilla, joya de la arquitectura mestiza del norte del Perú. Recuerdo que de no habernos apersonado a tiempo y detenido su supuesto “desmontaje”, ejecutado a golpe de comba, cincel y barreta, no contaríamos ahora con esta singular espadaña. Capitalizar estas negativas experiencias debería ser una forma de evitar futuros errores.

Ahora bien, como en toda construcción la presentación formal de una casa está dada por variados elementos que se localizan tanto en su fachada como en su interior. En el caso de la casa Montjoy, que esta noche nos acoge en sus remozados ambientes, declarada Patrimonio Cultural de la Nación en 1963, sus componentes más representativos estarían dados: por su altura y volumen, su balcón de madera de cajón abierto y corrido de 66.16 m. de longitud, considerado el más extenso de la época virreinal en la América Andina, sus vanos, jambas, galerías, escaleras, puertas, ventanas, sus techos artesonados en fina madera, la distribución de sus espacios, su decoración con sus colores y diseños, etc. A las finales todos estos elementos son los que vemos y atraen nuestra atención. Todos ellos se combinaron y articularon, en su momento, para determinar la estructura y aspecto de esta construcción del siglo XVIII.     

Sabemos ahora que esta mansión virreinal, pasó por diversas etapas constructivas desde 1718, año en que el Maestre de Campo (rango militar creado en 1534 por el Rey Carlos I de España) don Andrés de la Banda, natural de Andalucía, España, echara los primeros cimientos para la construcción de su “morada” en parte del terreno que actualmente ocupa esta casa. Primitivo y pequeño solar sin construir hasta esa fecha, cuya extensión, suponemos, obedeciera al antiguo trazo y consiguiente reparto de solares que con motivo de la fundación, a mediados del siglo XVI, del pueblo de indios de San Pedro de Lambayeque se hiciera entre el común de sus nativos pobladores. Todo parece indicar que poco después de la Banda adquirió un solar contiguo ubicado en el lado norte, con el propósito de ampliar el primigenio terreno.
    
Todo esto porque no hubiera podido ser posible que en frontera tan reducida se ubicaran una tienda con su trastienda a ambos lados del portón principal, tal y como consta en el minucioso inventario que de esta se hizo en 1732, año en que finó el citado Maestre de Campo andaluz. Los viejos dinteles de madera de algarrobo de las puertas de acceso a las tiendas fueron puestos al descubierto gracias a los trabajos de restauración a que fuera sometida esta casa recientemente y que con buen tino se han dejado expuestos para una mejor lectura de la evolución arquitectónica de esta mansión dieciochesca.

A esta primera etapa constructiva pertenece también el pozo de agua o “noria”, como se le denomina en la costa norte de nuestro país, descubierto casualmente en 1998, a una profundidad de aproximadamente 1.68 m. del nivel del piso del patio principal. Al ser redescubierto en abril del presente año y constatada su ubicación y profundidad se ha optado, dadas las circunstancias, por delinear su diámetro original de aproximadamente 1.87 m., con un brocal de ladrillos de arcilla superpuestos de 0.27 cm. de altura sobre el nivel del suelo y recrear en su interior una especie de espejo de agua. Singular elemento decorativo ideado por el restaurador arquitecto José María Gálvez Pérez, residente de la obra.
     
La segunda etapa constructiva de esta mansión se iniciaría a partir de 1751, año en que el Maestre de Campo don Nicolás Jaramillo de la Colina, natural de la antigua provincia de Loja, perteneciente a la hermana república del Ecuador y por aquella época al virreinato del Perú, comprara, en público remate, a los descendientes de don Andrés de la Banda la casa que este había construido. Tres años después en 1754, Jaramillo adquiere dos solares y una tienda contiguos situados en la parte posterior de la casa y con esto amplía y reconstruye totalmente la parte interior de la casa.

Vestigios del patio o corredor empedrado de la casa que construyera de la Banda se han ubicado a una profundidad de 0.60 cm. del piso de la actual cuadra o comedor y estarán debidamente expuestos a la vista del público. Todo esto en aras de que el espectador participe del proceso evolutivo de esta obra en el tiempo. Debemos agregar que en 1986, se hicieron exploraciones en el área de la sala y también se encontraron vestigios de esta primigenia casa.
     
Con el capitán Gabino Miguel del Pozo se da inicio a la tercera etapa constructiva de la casa. Del Pozo la adquirió en público remate por un valor de 5,000 pesos. El remate se ejecuto el 29 de octubre de 1782, cuatro días después que dejara de existir doña Margarita Jaramillo y Quiroz, hija de don Nicolás Jaramillo de la Colina y de doña Bernarda de Quiroz, única heredera de la mansión. Para esto del Pozo tuvo que desembolsar tres mil pesos de contado y los restantes dos mil pesos a reconocer en ella un vínculo o “capellanía” a favor: del aniversario de misas, patronato real de legos y otras cargas pías, que mandara fundar poco antes de su muerte doña Margarita.
     
El 6 de abril de 1783, del Pozo pedía prestado al  licenciado don Matías de Soto y Soraluce, la respetable suma de 4,000 pesos de a ocho reales, exactamente a escasos seis meses de la compra de la mansión. Todo parece indicar que con esta cantidad de pesos se inicia la construcción de la segunda planta de este inmueble, los desniveles de los techos de las habitaciones de la crujía sur y las fechas descubiertas en las dovelas centrales del arco de medio punto de la entrada principal, avalan nuestra hipótesis de trabajo. “Se Empezó En Diciembre Del Año De 1783” y “Se Acabo Año de 1787”, serían la fechas de inicio y culminación de la “fábrica” de la segunda planta y por ende de las del monumental balcón. A este periodo pertenecerían también los motivos decorativos con que estuvieron engalanados sus principales ambientes.

Detalle de parte del zócalo de uno de sus ambientes
Gracias a una paciente labor de exploración, mediante la apertura de calas o ventanas en los muros y después de un meticuloso trabajo de restauración y consolidación, se han podido recuperar, con paciencia y profesionalismo, algunas interesantes muestras de esta decoración mural en zócalos y frisos. Estas muestras de pintura mural al temple se mantuvieron ocultas por estar cubiertas por gruesos estucados de yeso, cal y pintura. Pero lo poco que de ella queda nos permite darnos una idea del magnifico aspecto original que debió tener esta mansión en su momento de esplendor. No cabe duda que en la elaboración de estos elementos decorativos prevaleció una razón de estatus social, muy acorde con la época en que fueron ejecutados.
   
A partir de 1790, surgen una serie de engorrosos pleitos con los herederos de la capellanía y poco después con los hermanos y descendientes de la esposa de del Pozo. Como estos no tenían cuando acabar, desde 1815 la casa fue concursada y puesta en arrendamiento, por la cantidad de 150 pesos anuales. La cobranza y depósito de los alquileres corrió a cargo de personas debidamente convocadas, estos, de paso, cautelaban su mantenimiento, limpieza y conservación.
     
Desconocemos la fecha en que el médico cirujano de nacionalidad norteamericana, Dr. Santiago Coke Montjoy Wesley arribara a Lambayeque, suponemos lo hiciera a mediados del siglo XIX. Montjoy Casó con la dama lambayecana doña Luisa Chavarri Martínez, procreando durante su matrimonio trece vástagos. En un principio Montjoy arrendó los altos de esta casa y sabemos que en parte de sus ambientes levanto columnas la Logia MasónicaLa Estrella del Norte” hasta 1895, año en que ésta se trasladó a Chiclayo.
     
Aparte de ejercer su profesión, Montjoy se dedicó a la agricultura aunque sin mucho éxito. A partir de 1869, era legítimo propietario de la casa por la compra que este hiciera de las acciones a que tenían derecho los descendientes de los Jaramillo, los Alarcón, los Martínez y los del Pozo. Montjoy fue designado cónsul de su país en Lambayeque, de ahí que esta mansión virreinal fuera sede del consulado de los Estados Unidos de Norteamérica hasta aproximadamente 1880. Es con su nuevo propietario que la fachada de esta mansión adquiere el aspecto que hasta hoy luce, al clausurarse las puertas de las dos tiendas y colocarse en su lugar las ventanas de fierro que actualmente se encuentran a ambos lados de su pesado portón de acceso.

Siete décadas después del fallecimiento de los esposos Montjoy, sus descendientes radicados en la ciudad de Lima, optaron por donar la casa a la Municipalidad Provincial de Lambayeque. La ceremonia pública de entrega se realizó el 16 de julio de 1971, en el acogedor salón de actos de esta entidad.

Nota: Este es el texto de la conferencia que dictara con motivo de la inauguración de la casa Montjoy, en setiembre del 2010.




Chiflón o corredor al segundo patio





      






jueves, 15 de septiembre de 2011

Las "ramadas" de Lambayeque.

Las ramadas de Lambayeque

Dada la dispersión en que se encontraba la población indígena, desde los primeros años de la conquista y del gobierno de Francisco Pizarro, diseminada en sus ayllus, poblados, rancherías, parcialidades o comunidades nativas tradicionales, la Corona  española recomendó la fundación de pueblos para indios. Pocos años después se dictaron las Cédulas de 1551, 1560 y 15 de febrero de 1561, en las que se ordenaba a los virreyes levantasen pueblos con el fin de que los naturales no viviesen divididos y separados por las sierras y montes privándose de todo beneficio espiritual y temporal. De esta manera se buscaba facilitar el proceso de evangelización, el control de la población y la recaudación de impuestos. Para la Corona española, la reducción de los indígenas a pueblos era absolutamente necesaria para convertirlos al cristianismo, es decir, para darles una nueva identidad sociocultural.
    
El primer Concilio Límense en 1551, el segundo Concilio Límense (1567 – 1568), presididos por Jerónimo de Loayza, primer Arzobispo que tuvo la Ciudad de los reyes y el tercer Concilio Límense (1582 – 1583) presidido por Santo Toribio de Mogrovejo, son muy enfáticos en lo que respecta a la evangelización de los naturales, apuntando en forma directa a la total destrucción de la religión andina; aunque es bien sabido que los nativos hicieron uso de todos los medios y recursos a su alcance para mantener, en muchos casos inalterables, sus creencias ancestrales o tradicionales.
    
Aunque hasta nuestros días se desconozca la fecha en que fuera fundado el pueblo de indios de San Pedro de Lambayeque, no cabe duda esta se verifico a mediados del siglo XVI, y es a partir de finales de este siglo en que se comienza a tener noticias, aunque vagas, de la existencia de las primeras capillas doctrinales o ramadas en Lambayeque.
    
Las Ramadas de Lambayeque
    
Al costado izquierdo del acceso principal a la Iglesia San Pedro de Lambayeque, formando, diríamos, una calle lateral a esta, se ubican, sucesivamente, las primitivas capillas doctrinales o ramadas de Lambayeque. Vetustas doctrinas, mudos testigos del proceso vital, del desarrollo urbano-hispano de esta generosa y benemérita ciudad.
    
Por lo original de su distribución, dispuestas una contigua de la otra y con las fachadas orientadas al frente, las cuatro ramadas con que, en su momento, contó el pueblo de Lambayeque, se constituyen en el único conjunto arquitectónico religioso con estas particulares características en la América colonial andina. La arquitecta boliviana Teresa Gisbert anota: “…Lambayeque es el ejemplo más curioso en cuanto agrupamiento de diversas iglesias sobre el mismo ámbito”.
    
Bajo la atenta conducción de “alarifes” españoles, las ramadas fueron enteramente construidas por indios mitallos, enrolados para tal fin de las diferentes parcialidades que conformaron el arcaico cacicazgo de Ñanpagic, reducidas o agrupadas en el emplazamiento que actualmente ocupa la ciudad de Lambayeque.
    
La denominación de “ramadas”, con que fueron bautizadas desde un principio por el “común de indios” de Lambayeque, se debió, tal vez, a lo precario de sus estructuras iniciales, a los pobres materiales de su primitiva construcción, en fin, a lo sencillo y modesto de su aspecto, pero en los que poco a poco y desde un primer momento se fueron conjugando los indispensables elementos autóctonos o nativos y los intrusos o europeos. Las ramadas recibieron el nombre específico de un Santo titular o patrón, así tenemos: ramada de Santa Catalina, San Roque, San Pedro, y Santa Lucía.
    
Entre el catecismo y la escuela    
    
En ellas se impartía la enseñanza de la doctrina cristiana y por ende la conversión de la masa nativa a la religión católica. El historiador Teodoro Hampe manifiesta: “no se descuido al menos oficialmente la educación de los súbditos nativos. Hubo orden de que en todas las reducciones existiese un centro de adoctrinamiento o instrucción elemental que debería estar bajo la responsabilidad de los propios curas evangelizadores”. En una carta enviada por el Virrey Francisco de Toledo al monarca español en 1570, las denomina “escuelas de doctrina y de leer”, y esto último, porque como hemos visto líneas arriba, los curas de doctrina enseñaban también a los indios el estudio y aprendizaje de las primeras letras.

Ramada de Santa Catalina
La vida en la doctrina giraba en torno a dos actividades fundamentales: la escuela de los muchachos y la catequesis, llamada también “doctrina”, destinada a todos, pequeños y grandes. La doctrina fue el espacio que contribuyó de forma definitiva a la transformación del infiel, del “bárbaro” e “idólatra” en un buen cristiano fiel a Dios y a su Iglesia.
    
Los días de enseñanza en la doctrina eran los miércoles, viernes, domingos y días festivos para los adultos, durante una hora. Las niñas hasta los doce años, debían concurrir todos los días al catecismo, pasada esa edad, sí lo sabían suficientemente, bastaba con que asistieran los mismos días que los adultos. Los niños, en cambio, pasaban todo el día con el doctrinero, hasta la caída del sol, entre el catecismo y la escuela, donde aprendían principalmente a leer, escribir, entender y hablar la lengua española.
    
En fin en la doctrina el indígena aprendía y adoptaba los fundamentos doctrinales de los católicos, sus prácticas religiosas y sus hábitos morales. En torno a ella se organizó la vida social de la masa aborigen, aunque, claro esta, en las formas permitidas por el régimen colonial y que se daban principalmente en torno a la vida religiosa: cofradías, hermandades, etc.
    
En torno a la fecha de sus fábricas
    
El historiador Dr. Jorge Zevallos Quiñones manifiesta: que antes de terminar el siglo XVI, “…la población de Lambayeque había crecido tanto que se hizo necesaria la creación de una doble, luego cuádruple, parroquia cural para atenderla”. Lo que significaría que contra todo pronostico, dadas las precarias condiciones demográficas de aquella época, el pueblo indígena de Lambayeque se pobló y consolidó rápidamente poco después de establecido.
    
En su libro “Boceto Histórico de la Iglesia San Pedro de Lambayeque”, aparecido en 1935, el fraile dominico Ángel Menéndez Rua, autor del mismo, nos dice: que las ramadas o doctrinas de San Roque, San Pedro y Santa Lucía, fueron, según su criterio, las tres primeras parroquias del pueblo de Lambayeque, seguidamente anota: que en los primeros años del siglo XVII y poco antes de la fecha en que dejara de existir el Arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo, esto es el 23 de mayo de 1606, “ha debido tener la construcción de la cuarta Iglesia denominada de igual modo que las anteriores, Ramada de Santa Catalina”.
    
Conforme a las leyes canónicas los Obispos debían visitar, durante su periodo administrativo, al menos una vez el territorio de su diócesis. En los años de 1586 y 1593, Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, realizó en persona, tres visitas pastorales a la jurisdicción de diócesis. Se conoce de su paso por nuestra región en 1590, pero no se encuentran datos referentes al pueblo de San Pedro de Lambayeque.
Ramada de San Roque
Para Menéndez Rua, la primera noticia de la existencia de lo que él sostiene fueron las tres primeras ramadas de Lambayeque, lo constituye la Relación de la segunda visita pastoral practicada por el Santo Arzobispo en 1593, que dicho sea de paso es la única que se conserva, al consignar en ella que el pueblo de Lambayeque tenía en el citado año “tres curas propios”, lo que no significa, acota el fraile dominico, “tres sacerdotes, sino tres párrocos o curas en propiedad”, ó lo que es lo mismo, prosigue: “tres parroquias debidamente organizadas, formadas y con gran número de neófitos”. En el mismo instrumento se da los nombres de los tres curas doctrineros así tenemos: “… el beneficiado Roque de Cejuela, vicario de ella examinador de la lengua mochica que se habla en estos valles”, así mismo los curas Francisco Sánchez y Diego Alonso de Miranda “ambos buenas lenguas, clérigos presbíteros”. Lo que quiere decir, agrega Menéndez Rua, que “Lambayeque ya era adulta en la vida religiosa, en la vida Cristiana el año de 1593”, puesto que contaba con tres ramadas o doctrinas “abiertas al culto y la enseñanza”; lamentablemente en esta visita no se dan los nombres de las ramadas existentes hasta aquella fecha.
    
Seis años después, en 1599, el Licenciado Martínez, visitador del Arzobispado, practicó, en calidad de comisionado, la tercera visita pastoral a nuestra región, cumpliendo con el cronograma preestablecido por el Arzobispo Toribio Alfonso de Mogrovejo. En su Relación anota que el pueblo de Lambayeque contaba con tres curas propios en ese año, nos da sus nombres y el número de indios distribuidos en cada una de sus respectivas ramadas. En esta visita tampoco se denominan a las ramadas por su nombre, pero sin embargo se da por comprobada las demarcaciones parroquiales, no por jurisdicción  sino por personas.

El 30 de abril de 1802, el Arzobispo Toribio de Mogrovejo, envió una Relación al Rey de España, en la que se insertaban los nombres de los clérigos de doctrina bajo su tutela, y entre ellas una que a la letra dice: "...la doctrina de Lambayeque tiene cuatro curas: el P. Sanabria con representación de S. M., el P. Roque Cejuela, el P. Francisco Sanchez; el P. Ternero están con representación del Virrey" (Monografía de la Diócesis de Trujillo. Imprenta Diocesana. Trujillo. 1930). Para Menéndez Rúa, el que Lambayeque cuente con un cura con representación del Rey, nos dice de la importancia que le daban al curato de Lambayeque el Cabildo Metropolitano y el Consejo de Indias. "Toda Vez que los equiparaba con las grandes prevendas". Los otros curas de doctrina eran de ordenes menores, "pues los proveía el Virrey". Menéndez Rúa concluye manifestando: "...en todo lo que llamamos Departamento de Lambayeque no figura otra representación Real".

Ahora bien, si sabemos que una doctrina o parroquia era atendida por un cura doctrinero, que era un clérigo o miembro de orden religiosa, entonces para el año de 1602, el pueblo de indios de San Pedro de Lambayeque, contaba con cuatro ramadas, con varias parcialidades o comunidades nativas anexas a ellas.

Ramada de San Pedro
 El Cosmógrafo Mayor del Virreinato del Perú, Dr. Francisco Antonio Cosme Bueno y Alegre, en su "Colección geográfica e histórica de los arzobispados y obispados del Reyno del Perú, con las descripciones de las provincias de su jurisdicción". Lima : s.n., 1759-1776), consigna que en 1764, la provincia de Saña, cuya capital politica y administrativa era ya el antiguo partido de Lambayeque, tenia: "...veinte curatos", y más adelante agrega: "...los números, 9, 10, 11, y 12, corresponden a Lambayeque, en la suntuosa Iglesia de d(i)cho pueblo, con distinción de feligreses que adoctrinados por sus respectivos curas sin confusión, a buen establecido orden en quatro Ramadas al lado de la Catedral que se denominan de Santa Lucia, Santa Catalina, San Pedro y San Roque". Tal vez sea esta crónica dieciochesca, la primera en mencionar con sus respectivos nombres, aunque sin ningún orden, a las ramadas de Lambayeque.

José Ignacio de Lecuanda, contador de la Real Aduana de Lima, en su "Descripción del Partido de Saña o Lambayeque", de septiembre de 1793, escribe lacónicamente: "...Tiene Lambayeque quatro curas en sus parroquias, á que llaman sus naturales Ramadas".

A partir del año de 1826, aparecen unidas las ramadas de San Pedro (Hoy Capilla de San Francisco de Asís) y Santa Catalina, y después de 1830, las de San Pedro y Santa Lucía, por la destrucción y ruina que le ocacionaron a esta última los copiosos aguaceros del verano de 1828. Don Manuel Orbegozo se titula desde 1863, como cura propio de la ciudad de Lambayeque, lo que significa que las cuatro ramadas originales se encontraban, para esa fecha, reducidas a una, en la Iglesia Matriz de San Pedro.
    
    

El Señor de Ánimas. Iglesia San Pedro de Lambayeque

Señor de Ánimas
Esta lograda efigie de fines del siglo XVIII, se encuentra en la hornacina central del primer cuerpo del retablo de Ánimas, ubicado en la nave de la Epístola de la Iglesia San Pedro de Lambayeque. Se trata de una talla de madera policromada, con ojos de cirstal. Mide 176 cm. de altura y su autor es desconocido.
 
Descripción: Se trata de una dramática representación de Cristo vivo en la Cruz, en el momento de su expiración. De canon esbelto y de acusada impronta barroca, Su interpretación anatómica ha sido cuidadosamente modelada, a excepción de las manos y los pies. Esto de ninguna manera contradice el que se convierta en una destacada obra de la imaginería virreinal que se conserva en esta Iglesia.

Jesús pende sobre una Cruz con los brazos extendidos y sujetos a ella por dos clavos que le traspasan las manos abiertas con los dedos levemente flexionados.  Tiene el pie derecho sobre el izquierdo clavado también a la cruz, el abdomen algo hundido y el tórax hinchado como consecuencia de exhalar su último suspiro. Presenta una policromía de tonos claros, con laceraciones y tumoraciones verdosas en el pómulo y la mejilla izquierda, los hombros, el tórax, la espalda, las rodillas y el pie derecho, lo que lo hace algo cruento.

La cabeza elevada ligeramente hacia la izquierda, la corona de espinas es superpuesta, la frente es despejada con el entrecejo fruncido y las cejas de trazos finos y rectos. Los parpados profundos enmarcan unos ojos entreabiertos, con la mirada fija en un lugar ignoto, imperceptibles pestañas pintadas en la madera, la nariz recta y algo pronunciada, dotada de aletas de correctas dimensiones. Los pómulos acusados. La boca entreabierta deja entrever la lengua y la parte superior de los dientes. En síntesis el rostro, desencajado, ha sido concebido con gran dramatismo.

La cabellera le cae en dos grandes mechones sobre el pectoral derecho. En el lado opuesto el pelo se desliza hacia la zona escapular, dejando libre el cuello, tensionado por la forzada posición de la testa, y el pabellón auditivo del mismo lado. La barba corta y ligeramente bífida. El sudario es del tipo “cordífero”, anudándose sobre la cadera derecha, donde forma un lazo y deja al descubierto la desnudez de dicho costado.

La Cruz: es de formato rectangular, plana y de color verde.

Estado de conservación: Malo. Presenta huellas del ataque de xilófagos en la frente, labio superior, brazo y tobillo izquierdo. La cruz presenta también huellas del ataque de insectos en la parte del brazo inferior. Por todo esto reclama una urgente y experta restauración.

Orificio en el labio superior, producto del ataque de xilófagos

Orificio en la frente, por el mismo motivo
 Huellas del ataque de xilófagos en el brazo anterior izquierdo


Orificio en el tobillo izquierdo





miércoles, 14 de septiembre de 2011

Santa Rita de Casia. Iglesia San Pedro de Lambayeque



Santa Rita de Casia

Si los magnificos retablos del siglo XVIII, que engalanan las naves laterales de la Iglesia San Pedro de Lambayeque, constituyen de por si un importante bagaje cultural que debemos conservar, así  también, de paso, merece nuestra atención su impresionante imaginería virreinal, cuyo estado de conservación es precario y malo en algunos casos.  La imaginería virreinal alude a las imágenes tridimensionales o esculpidas que se crean en ese período.  

Aunque el patrimonio de imágenes de esta iglesia no encierre, en gran parte, un notable valor artístico, poseen sin duda un valor vocacional, testimonial e histórico; estas imágenes son símbolo de espiritualidad y por lo mismo objeto de veneración. Antiguamente muchas de ellas tenían  gran arraigo entre los fieles lambayecanos lo que ha permitido su supervivencia a través del tiempo. 

Lamentablemente, muchas de ellas se encuentran cubiertas de polvo, acumulado por los años, y plagadas de xilófagos, tales como termes (polilla de la madera) y anobios conocidos vulgarmente como carcomas de la madera, que han dañado sus estructuras al grado de encontrarse con partes expuestas por la pérdida de sus elementos compositivos, pues los insectos ya se comieron la madera. Un claro ejemplo de lo que venimos manifestando lo constituía la lograda imagen de Santa Rita de Casia, anteriormente ubicada en la hornacina de la calle lateral izquierda del primer cuerpo del retablo de Ánimas, nave de la Epístola.

Se trata de una escultura barroca, realizada en fina madera de cedro policromada, con ojos de cristal. Su autor es desconocido. De la imagen no se tienen datos concretos sobre su antigüedad y procedencia, aunque todo parece indicar se trataría de una talla de principios del siglo XVIII. Mide 112 cm. de altura, y sus pies descansan sobre un montículo o pequeña elevación asimétrica que simula un trozo de terreno cualquiera. La imagen se levanta sobre una peana de madera de 0.15 cm. de altura con el objeto de aumentar sus dimensiones, como "elevándola" a la vista del público.

Se le representa de pie y de frente. Viste el hábito agustino ceñido por la correa. En el lado izquierdo el hábito cae formando unos pliegues muy rectos que se rompen al llegar al suelo, mientras que en el lado derecho la tela deja traslucir su pierna ligeramente flexionada. La cabeza cubierta por una toca, en parte moldeada con tela engomada que le da forma, muestra un rostro ovalado, con la mirada ligeramente hacia lo alto, en la frente una pequeña estrella, huella de la espina clavada en ella (estigmatizada), cejas delineadas color castaño oscuro, nariz recta, boca pequeña y entreabierta que deja traslucir los dientes superiores, labios encarnados y mejillas sonrosadas. No cabe duda portaba en sus brazos una Cruz, atributo principal de la Santa.

A Rita de Casia se le reconoce como la "Santa de los imposibles", por los grandes obstáculos que hubo de vencer para alcanzar la santidad a lo largo de su vida (hija obediente, esposa fiel, esposa maltratada, madre, viuda, religiosa, estigmatizada). Santa Rita lo experimento todo. Es una de las santas más populares de la Iglesia Católica. Murió en olor de santidad el 22 de mayo de 1457 a la edad de 76 años. Su cuerpo se conserva hasta la actualidad incorrupto (aunque muy deshidratado). Fue beatificada por Urbano VIII en 1627. El 24 de mayo de 1900 fue canonizada por el papa León XIII. Su fiesta se celebra el 22 de mayo.

De lo que estamos seguros ahora es que a esta Santa se le daba culto en esta Iglesia desde los primeros años del siglo XVIII. Esto lo avala un fugaz e inconcluso dato que exhumáramos de un viejo protocolo que se guarda en el Archivo Departamental de Lambayeque, que a la letra dice: "...mayordomo de la Gloriosa Santa Rita" (Causas Eclesiásticas. 1718). Además sabemos que contaba con una cofradía, actualmente extinguida, lo demuestra el testamento que hace dos siglos atrás, en julio de 1810, dictara Manuel Sono, natural de esta ciudad, ante el escribano público y de cabildo José Vásquez Meléndez. Inédito documento que ubicáramos también entre la copiosa papelería que se conserva en el citado Archivo.

Manuel Sono era hijo legítimo de Toribio Sono y María Antonia Soenape. En una de las cláusulas del citado instrumento, Manuel declara ser mayordomo de la "gloriosa Santa Rita" y dejar el cargo a don Feliciano Oscho, con todo lo perteneciente a la Santa. Entre los bienes de la imagen se encontraban: "una túnica y manto de terciopelo negro con sus franjas de oro, su diadema de plata, Santo Cristo y disciplina de lo mismo, un punzón de oro con su perla fina, un libro forrado también en plata, otra túnica más de terciopelo negro y un manto viejo del mismo color de genero de seda y una camisa de estopilla blanca, además de una caja de madera para guardar todo esto, con más cuatro libras de cera de castilla".

Aunque la efigie de Santa Rita no es de vestir era antigua costumbre, que se conservó hasta las primeras seis décadas del siglo pasado en esta Iglesia, adornar las imágenes con mantos ricamente bordados y cabelleras postizas. Es más se sabe que hasta mediados del siglo XIX, las imágenes que adornan los retablos lambayecanos se encontraban engalanadas con sus mejores joyas de plata. Los amigos de lo ajeno, el robo sacrílego, hicieron que las cofradías y hermandades las pusieran a buen recaudo.  

El estado de conservación de esta imagen dieciochesca era malo, se encontraba cubierta de polvo, su vestidura, completamente repintada, mostraba a la vista las huellas causadas por el ataque de xilófagos y por último se detectó que la pechera, correa y la parte delantera de la túnica original habían contado con esgrafiados en pan de oro, lamentablemente en gran parte desaparecidos. La peana de madera se encontraba carcomida por los xilófagos y repintada con burdos jaspeados que trataban de imitar el mármol.

Ante el visible deterioro en que se encontraba esta bella imagen, los miembros del Patronato de Cultura y Turismo de esta ciudad, tuvieron la feliz iniciativa de concebir un proyecto al que denominaron: "Adóptame soy una imagen en riesgo. Iglesia San Pedro de Lambayeque". Su principal objetivo: salvar a como de lugar la efigie de Santa Rita de Casia. Para la ejecución del proyecto se contó con el desinteresado concurso de La Parroquia de Lambayeque, de la Municipalidad Provincial de Lambayeque y personas representativas de la ciudad, con su valioso aporte se logró iniciar el proceso de restauración integral de la imagen y salvarla de una irreparable pérdida. Ahora se encuentra depositada en la hornacina lateral izquierda del primer cuerpo del retablo, conocido hasta hace algunos años atrás como de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en la nave del Evangelio.

Esperamos se continué con este trabajo, en aras de la conservación del patrimonio cultural mueble de esta Iglesia.

martes, 13 de septiembre de 2011

La "Semana Magna" y Lambayeque (1844).

Debemos recordar primero que “Semana Magna” es la denominación con que se conoce al espacio de tiempo durante el cual la población de Lima se preparó para enfrentarse a las tropas del coronel José Rufino Echenique, con motivo de la disputa por la presidencia de la República entre los generales  Manuel Ignacio de Vivanco, Ramón Castilla y Marquesado y Miguel de San Román, en 1844.

Ramón Castilla y Marquezado
Para emprender la campaña contra Castilla, el Supremo Director Vivanco, dejó encargado de los departamentos del Norte, al prefecto de Lima Domingo Elías Carbajo, cargo que ocupaba desde 1843. Este aprovechando que el país se encontraba relativamente cansado de las continuas luchas intestinas, se hace cargo del poder Supremo como Jefe Político y Militar de la República el 17 de junio de 1844.

El viajero francés Max Radiguet describió la escena del pronunciamiento de Elías: "[…]. Alrededor de trescientas personas se introdujeron en la galería, las tapadas, que formaban más o menos los dos tercios de esa masa comentaban el acontecimiento con tanta animación que muchas veces fue necesario reclamar silencio. Al fin, Elías tomó la palabra […]. Su pronunciamiento no difería sensiblemente de los que en los años turbulentos de la emancipación habían surgido, en tan gran número […] haciendo un llamamiento al auditorio, que quedó sin respuesta, declaró, con una voz entrecortada que a falta de un individuo dispuesto a tomar la dirección de los negocios públicos, se sentía lleno de abnegación para llenar esta tarea espinosa, hasta el día en que la voluntad nacional designándole un sucesor le permitiera retirarse a la vida tranquila, de la cual no había salido sino a pesar suyo”.

                                                                    Domingo Elías Carbajo

Elías, declaró que conservaría el mando Supremo hasta la instalación de un Congreso a convocarse: “...cuando las hostilidades cesaran”, instando a los beligerantes a deponer las armas, caso contrario si se rehusase alguno de los caudillos, de los dos bandos en conflicto, se le declararía enemigo de la patria y se le haría la guerra.

El historiador Jorge Basadre Grohmann, anota que al enterarse de los hechos el coronel Echenique, que se encontraba en Huancayo, “refutó extensamente la actitud de Elías”, pero en cambio aceptó la suspensión de hostilidades decretada por éste el 29 de junio de 1844; anunciando de paso su avance sobre la capital con el propósito decía de no combatir y de “regresar luego a sus cantones”. Como es obvio, a Elías no le pareció del todo bien intencionada esta actitud e inmediatamente declaró a la capital en ASAMBLEA.

¿Pero que significaba esta declaración?. No otra cosa que la suspensión de los trabajos en las oficinas públicas y particulares, almacenes, tiendas y talleres, alistando a los hombres hábiles para tomar las armas; señalando los toques de alarma y los sitios donde debían concurrir los ciudadanos, declarando traidores a los que trabajasen a favor de los invasores, y culpables a los que se negaran a prestar los servicios a que fuesen convocados.

José Rufino Echenique
A Echenique no le quedó otra alternativa que emprender la retirada a Tarma. Cuenta en sus “Memorias” que no atacó Lima, porque fue notificado que la batalla definitiva iba a darse en Arequipa entre Vivanco y Castilla. Tal vez pensaría que como la ciudad del Misti, le era adicta a Vivanco, éste cargaría con la victoria. Todos sabemos que esta acción de armas, conocida como de Carmen Alto (Arequipa), se dio el 29 de julio de 1844, cargando con la victoria el general Ramón Castilla.

Acontecimientos en la ciudad de Lambayeque

Se desempeñaba como Comandante Militar o Comandante de la Guardia Nacional y Subprefecto de Lambayeque, el ciudadano don Manuel Muga, quien seguía de cerca los acontecimientos que se desarrollaban, tanto en la capital del Departamento (Trujillo), como en la de la República (Lima).

Vista de la estatua de la Libertad y la Iglesia San Pedro de Lambayeque
Al ser informado de los pronunciamientos (8 de julio) de los departamentos de Trujillo, Piura y Ancash, a favor de la capital, aumento su celo y vigilancia en la ciudad de Lambayeque, por las consecuencias que estos hechos pudieran acarrear, teniéndose en cuenta que habían en ésta algunos partidarios y simpatizantes del Directorio.

Todo parece indicar que Muga interceptó alguna correspondencia “subversiva” en esta ciudad y cuyo remitente era el coronel don Pedro Beltrán, ardoroso aliado de Echenique y por ende de Vivanco. A través de ésta supo de la peligrosa incursión que preparaba este coronel, con las tropas de la Provincia de Cajamarca que le obedecían, contra la ciudad de Lambayeque, “faltando a su compromiso de permanecer en esa ciudad mientras durase la contienda entre los beligerantes del Sur”. Ante tal situación, Muga hizo publicar un bando “con toda la solemnidad requerida”, el 19 de julio de 1844, declarando a la ciudad de Lambayeque en estado de Asamblea, y ya hemos visto anteriormente lo que esta declaración significaba.

Para su fiel cumplimiento, el subprefecto apelaba al sentimiento patriótico, tantas veces demostrado, de los habitantes de esta ciudad, instándolos a seguir el ejemplo de los de la capital, que con su valiente actitud desconocían el Directorio, cuya forma de gobierno decía, “es opuesta a la popular y representativa que adoptó la nación al emanciparse”. Vivanco se había sublevado, en 1843, contra el Presidente general Juan Francisco de Vidal la Hoz y se hizo con el poder con el título de "Supremo Director de la República".

     “El entusiasmo - dice el Bando – en que arde la Capital de la República para repeler al coronel Echenique, que sigue los mismos principios que el coronel Beltrán, debe servir de ejemplo a todos los habitantes de esta benemérita ciudad y demás pueblos de la provincia, para ponerse en actitud de defender a su país, en caso de presentarse el coronel Beltrán”, y anotaba que en la capital “hasta los hombres de más valer, luces y patriotismo, y aún los venerándoos magistrados estaban con las armas en las manos contra el coronel Echenique”, por tal motivo: “sería un crimen de lesa patria abandonar esta ciudad discrecionalmente o rendir la cerviz para que le asacasen recursos de todo género, para aumentar las calamidades que padece a la sombra de un efímero bien que han pregonado los Directoriales, atribuyendo a delito lo que es la obra del conocimiento”.

A continuación transcribimos el Decreto histórico (inédito) del citado Bando.

                 DECRETO:
                 
                 “Se declara en Asamblea a la ciudad de Lambayeque: todos los hombres desde la edad de 18 años hasta los 50 se presentarán en la Subprefectura a las cuatro de la tarde de hoy, a recibir las órdenes convenientes en su propia defensa, luego que sean impuestos de aquellas, serán citados para su comparecencia a la Plaza Mayor al toque de campana cuando las circunstancias lo exijan.

                  “Todos los ciudadanos que tengan armas, de chispa y blanca, la presentarán a esta Subprefectura para su distribución, con cabalidad de reintegro en caso de pérdida.

                  “Todos los que no cumpliesen con esta determinación, serán tenidos por enemigos de su patria y perseguidos como criminales según la calidad del delito y la persona que lo cometa, pues que no teniendo que salir a ninguna parte sino custodiar la ciudad, no deben ser indiferentes siguiendo el ejemplo de la capital y el de muchos otros pueblos que se han hecho célebres por su decisión a defender sus propiedades y derechos”

                  Lambayeque 19 de julio de 1844.  Manuel Muga.

En conclusión, el coronel Beltrán no se presentó en Lambayeque; esta ciudad se declaró anti-Directorial y, por último, permítanos insinuar que sí Lima tuvo su “Semana Magna”, a raíz de los acontecimientos mencionados anteriormente, la ciudad de Lambayeque tuvo, sí no una semana, tal vez, sí su “Día Magno” en esa fecha.

La casa que construyera en Lambayeque don Manuel Muga y su esposa Jacinta Romero, en 1851.
Recientemente reconstruída sera sede del Hotel "Santa Lucía".