domingo, 18 de diciembre de 2016

LA CAPILLA DOCTRINAL O RAMADA DE SAN PEDRO EN LAMBAYEQUE



Capilla doctrinal o ramada de San Pedro de Lambayeque

A manera de introdución

La antigua capilla doctrinal o ramada de San Pedro de Lambayeque, declarada Patrimonio Cultural de la Nación mediante Resolución Suprema Nº 2900-1972-ED, es parte integrante del denominado “Complejo Religioso San Pedro de Lambayeque”. Compuesto también por su iglesia matriz San Pedro, el imafronte, fachada o muro de pies de la ramada de Santa Catalina, y el imafronte de la ramada de San Roque.

A raíz de las copiosas lluvias que trajo consigo el fenómeno de "El Niño", muy fuerte, del verano de 1998, la capilla quedó seriamente afectada, al extremo de quedar inhabilitada. 


Desde el 2008, la Municipalidad Provincial de Lambayeque, presidida por el alcalde C.P.C Percy Ramos Puelles, tomó acciones preliminares con el objeto de mandar elaborar un proyecto integral de recuperación y puesta en valor de la ramada de San Pedro o capilla “San Francisco de Asís”, en Lambayeque. Se realizaron trabajos de prospección Arqueológica de emergencia y por último se elaboró el proyecto definitivo denominado: “Proyecto: Puesta en Valor de la Capilla San Francisco de Lambayeque, Provincia de Lambayeque – Lambayeque (2009)”, a cargo del arquitecto Freddy Escobar Zamalloa.

En febrero del 2010, con un presupuesto de algo más de 400,000 nuevos soles, otorgados por el Plan Nacional COPESCO y la Municipalidad Provincial de Lambayeque, se procedió a su inmediata ejecución, con todas las marchas y contramarchas que, de paso, también acarreo consigo.

Lamentablemente en esa oportunidad no se incluyó, en el proyecto, la reconstrucción del baptisterio, ni mucho menos un minucioso trabajo de búsqueda de muestras o vestigios de pintura mural que, se suponía, podían haber perdurado a tráves del tiempo en sus muros.

En junio del 2015, se dio inicio a la reconstrucción del baptisterio de la ramada  mediante un proyecto elaborado por personal del Ministerio de Cultura de Lima y la Dirección Desconcentrada de Cultura de Lambayeque. El proyecto, ejecutado con singular éxito, fue financiado con recursos proporcionados por la Municipalidad Provincial de Lambayeque, presidida, ésta vez, por el igeniero Ricardo Casimiro Velezmoro Ruiz.

La puesta en valor del primitivo altar mayor, la restauración de la pintura mural del siglo XVIII, descubiertas entre agosto y septiembre del presente año (2016), tanto en el nicho principal del altar mayor, el intrados del arco triunfal y en los dos nichos u hornacinas de las paredes del lado norte de la ramada, aparte del tratamiento del piso de ladrillos, han sido financiados con recursos proporcionados por la Parroquia de Lambayeque, siendo Administrador Eclesiástico de la Parroquia de Lambayeque el P. Edwin Fredy Beltrán García. Trabajos realizados bajo la atenta supervisión de la Dirección Desconcentrada de Cultura de Lambayeque.

La restaurada capilla fue bendecida, en breve y emotiva ceremonia, el pasado 11 de diciembre del presente año, por Monseñor Robert Francis Prevost Martínez, Obispo titular de la Diocesis de Chiclayo. La Generosa y Benemérita ciudad de San Pedro de Lambayeque recupera, con esto, un antiguo y singular lugar de culto, amén de un significativo atractivo turístico.    
   
Antecedentes históricos

Por todos los medios hemos tratado de ubicar algún documento que nos de alguna pista sobre la existencia de ésta capilla doctrinal en el siglo XVI, o principios del siglo XVII, pero la búsqueda ha sido infructuosa. Todo esto, debido al insalvable obstáculo que representa el no contar con un corpus amplio de fuentes de tan temprana época en los archivos públicos, privados y eclesiásticos de nuestra región. Menos aún planos y dibujos de su etapa constructiva. Debido a esto su evolución histórica, su devenir en el tiempo es, hasta el momento, un problema dificil de entender y resolver.

Sin embargo, los trabajos de arqueología histórica o colonial que se realizaron al interior de la capilla - como uno de los principales pasos en el proceso de su puesta en valor - cuyo objetivo principal era la identificación, a través de excavaciones sistemáticas, de las etapas constructivas del edificio, dieron como resultado el hallazgo del piso de ladrillo, colocado a principios del siglo XIX, justo debajo de la loseta, colocada en la década del cuarenta del siglo XX. También se encontró el piso primitivo de adobes; éste correspondería a una fase constructiva anterior, tal vez de finales del siglo XVI. Lo que da pie para sostener que la actual construcción correspondería al siglo XVII.

Se especula también que desde fines del siglo XVI, en esta ramada se bautizaban, confirmaban y contraían matrimonio los miembros de la arcaica parcialidad de Ñan, después del Cacique. Primitiva comunidad nativa tradicional con que contó el secular señorío de Lambayeque. No cabe duda que también, en un principio, recibieron, en ella, cristiana sepultura los párvulos de dicha comunidad.

Lo que sí sabemos es que a principios del siglo XIX, y durante la tradicional festividad de Semana Santa en esta ciudad [...] esta ramada hacía la función de Santo Sepulcro, trasladándose a su interior la imagen del cristo Yacente a medianoche, después de la procesión del Viernes Santo. Los fieles “en copioso número y con mucha devoción” velaban el cuerpo encendiendo velas de cera amarilla de castilla; y el Sábado Santo por la noche se realizaba una Via sacra “muy solemne en el mismo sepulcro”, cantada a la Virgen de los Dolores; permaneciendo allí hasta las seis de la mañana del Domingo de Pascua de Resurrección” (Castañeda Murga, Espinoza Córdova y Pimentel Carranza O.P., 2015). Escenificación que también se realizaba en los pueblos tradicionales de Eten y Monsefú.

En 1826, el cura español don Lázaro Villasante, de opaca actuación en las campañas de independencia de Lambayeque y el Perú, se titula cura propio de las ramadas de San Pedro y Santa Catalina, ambas unidas en la iglesia matriz San Pedro. Dos años después, en 1830, al cura don José Isidro Bonifaz, colaborador eficaz en el proceso independentista de Ferreñafe, se le encuentra firmando como “Cura Propio de las Doctrinas Unidas de San Pedro y Santa Lucía” (Menéndez Rúa, 1935). Esto, no cabe duda, porque la ramada de Santa Lucia se encontraba arruinada por los copiosos aguaceros que trajo consigo el recurrente fenómeno de “El Niño”, muy fuerte, del verano de 1828.

Don Manuel Orbegoso se titula desde 1863, como “Cura propio y Vicario de Lambayeque” (Menéndez Rúa, 1915). Lo que significa que las cuatro ramadas originales se encontraban, para esa fecha, reducidas a una en la iglesia matriz de San Pedro. Sin embargo, hasta el año de 1890, se seguía administrando el Sacramento del bautismo en la ramada de San Pedro.


Breve perfil arquitectónico

Este inavalorable patrimonio lambayecano es de estilo barroco mestizo y se compone de una sola nave o salón, con traza de planta rectangular alargada. Sus muros y cimientos han sido fabricados de adobe, y de ladrillo está compuesto el sobrecimiento y los detalles de ornamentación (molduras) de su portada, así como también el sobrecimiento del reconstruido baptisterio.

Está orientada de Sur a Norte, con el ingreso por el lado Sur. Su fachada o muro de pies, es sencilla,  con una portada de acceso fabricada de ladrillo, con arco de medio punto que se apoya sobre simples pilastras. Cierra el vano de ingreso un recio portón de madera de dos abras con sus respectivos postigos, […] dos pilastras externas se extienden en altura hasta alcanzar el entablamento que sustenta, a su vez, la cornisa mayor que alcanza todo el ancho de la edificación” (Escobar Zamalloa, 2009: s/n). Él entablamento de friso y arquitrabe lisos, sobre éste un juego de doble cornisa. 

A todo lo ancho de la cornisa mayor se colocarón, a principios del siglo pasado, tejas de barro cocido para protección del agua lluvia. La parroquia lambayecana se ha comprometido a conseguir los recursos para reponer estos utilisímos elementos.

Enmarcan la portada dos vanos de fenestración abocinados y rectangulares que constituyen las ventanas con marco de madera fijos y dos hojas batientes con vidrios de color ámbar, ambas se encuentran protegidas por rejas exteriores de metal.

En lo alto, y coronando el frontis, un original cuerpo de espadañas de grueso muro de adobes y ladrillos, formando cinco vanos coronados en arco y en los que, en algún tiempo, se colocaron campanas colgadas de pequeños maderos de algarrobo en rollizo.

En su interior el tiempo parece haberse detenido, a primera vista todo impresiona, por lo primitivo y singular de su original belleza, aunque el olor a incienso, de otros tiempos, se haya trocado por el leve olor a humedad que aún persiste, pese a los trabajos de restauración a que ha sido sometida.

Catorce columnas – ubicadas en ejes longitudinales, siete en el lado izquierdo e igual número en el lado derecho - compuestas de robustos troncos rollizos de madera de algarrobo (horcones) clavados en la tierra, se elevan hacia lo alto de su cobertura en caprichosas formas, todas ellas con sus fustes forrados con soguillas de cánamo o finas tiras de cuero para facilitar la adherencia de un grueso estucado de yeso que las cubre totalmente, y al que diestros “alarifes” nativos le dieron formas helicoidales a manera de columnas “salomónicas”.

Esta doble hilera de columnas no implica, de ninguna manera, la subdivisión del espacio interior en tres naves, como se puede colegir o interpretar de un simple vistazo, pues la percepción del espacio interno es total y no fragmentado. Las columnas son tecnológicamente necesarias solamente para el sostén de la cobertura

Rematan las columnas en horquetas, a manera de capiteles, semejando pequeños y vigorosos brazos, que soportan las vigas madres y la varazón transversal compuesta también de madera de algarrobo en rollizo que sostienen su techumbre (del tipo “harneruelo y faldones), compuesta de caña y torta de barro, enlucida con yeso. Las bases o pedestales de ladrillo de las columnas son solo ornamentales pues no cumplen ninguna función estructural.

Ésta parece haber sido una característica arquitectónica muy común en toda iglesia de reducción indígena en nuestra región, una “arquitectura de horcones” como la denominan los especialistas. Ejemplos: la ramada del Complejo Religioso de San Pedro en el distrito de Mórrope; la ramada de San Roque, de la que solo se conserva su imafronte, y la de Santa Lucía, hoy desaparecida, en la ciudad de Lambayeque.

No cabe duda, una estructura compuesta, en gran parte, con tecnología y materiales que se usaron en edificaciones prehispánicas y se siguieron utilizando en la época colonial y republicana. Ingredientes ligeros, flexibles, resistentes a los movimientos sísmicos, pero no a las torrenciales lluvias que trajo consigo la recurrente y nefasta presencia del fenómeno de El Niño a través de los siglos. (Izquierdo Castañeda, 2005).

En ésta edificación las expresiones estéticas que ofrecen el adobe, la madera, el yeso y el ladrillo fueron manejados con una sensibilidad extraordinaria, enriqueciendo, de alguna manera, el mundo estético del barroco en Lambayeque. 


"El espacio interno de esta ramada al igual que la ramada de San Pedro de Mórrope, expresa armoniosamente su sistema estructural. La simplicidad y rigidez de su distribución de ambientes, se enriquece sobremanera con la presencia de las columnas torsas con el horcón de los troncos a manera de capitel, y con la estructura del techo. La utilización de madera de algarrobo en rollizo, añade plasticidad al espacio, haciéndolo acogedor y agradable, de muy singular" (Chirinos – Zárate  173).
 
Al lado derecho de la entrada principal, adosado al muro de pies, se encuentra el bajo coro o soto coro, fabricado sobre una plataforma rectangular compuesta de relleno de un poco más de un metro de altura, por lo que se sospecha se trataría de una construcción posterior. Se encuentra cercado de balaustres y se accede a él por una pequeña escalera. El coro fue un elemento imprescindible en una capilla doctrinal, por el interés y celo que se dio a la música en los iniciales años de la evangelización. Por el servicio que prestaban en las doctrinas los maestros de capilla, cantores, músicos, fiscales y sacristanes indios, gozaban en la época virreinal de ciertos privilegios, como el estar exceptuados del servicio forzoso de la mita, implantada por el virrey Toledo, y del pago de tributos.

La capilla baptisterio, ubicada al lado este y aproximadamente al centro de la nave, constituye otro elemento indispensable en la capilla doctrinal, y aunque parezca un elemento separado del conjunto arquitectónico, que nos ocupa, el baptisterio forma parte integrante de aquel.

El baptisterio ha sido recientemente reconstruido con recursos provenientes de la Municipalidad Provincial de Lambayeque. Su ingreso es a través de un arco de medio punto con flamante reja de balaustres de madera de fino cedro. Se encuentra techado por una pequeña y robusta bóveda vaída liza de gruesas pechinas. La bóveda remata en una pequeña y pesada linterna coronada por un copulín de medio punto para su ventilación e iluminación. 

Ésta linterna, que es la original y solamente ha sido parcialmente restaurada en su base, pesa aproximadamente 800 kilos. “Para colocarla en su lugar se tuvo que recurrir a la contratación especial de una potente grúa, con pluma de extenso brazo, de lo contrario hubiera sido casi imposible lograr el objetivo”, manifiesta el P. Edwin Fredy Beltrán García.
En el nicho del altar del baptisterio se ha colocado una antigua y recientemente restaurada efigie de San Juan Bautista, realizada en madera policromada y tela encolada. La pila bautismal de cobre que poseía el baptisterio fue trasladada, a fines del siglo XIX, a la capilla baptisterio de la iglesia San Pedro, donde hasta nuestros días se encuentra.

 La reja de balaustres de madera de la capilla baptisterio

Imagen de San Juan Bautista

Debemos agregar que la capilla contaba también con un púlpito de madera construído a principios del siglo XX, éste, aunque parezca mentira, fue desmontado y hurtado por manos sacrílegas en la década del sesenta del citado siglo, según versión dada por las respetables integrantes de la Orden Tercera de San Francisco de la ciudad de Lambayeque.

El presbiterio sobre-elevado, área que ocupa el espacio del altar mayor hasta el pie de las gradas, se encuentra separado del cuerpo de la ramada por un arco rebajado (triunfal), en cuyo intradós se descubrieron significativas pinturas murales hoy, felizmente, restauradas con recursos proporcionados por la Parroquia de Lambayeque. Esta techado por una bóveda vaída lisa, de ladrillo y mortero de cal, rematada en una linterna coronada por un copulín de medio punto para su ventilación e iluminación, todo realizado en ladrillo y cal. A cada lado del presbiterio una habitación usadas en otros tiempos, la una como sacristía y la otra como depósito de andas; el acceso a éstas es a través de dos vanos adintelados con sus puertas de dos hojas batientes realizadas en fina madera de pino.

El primitivo altar mayor de ésta capilla ha sido recuperado. Este se encontraba oculto detrás de un antiestético, intruso y desvencijado retablo contemporáneo de madera, al parecer de estilo "neo-gótico". El primigeneo altar mayor descubierto se compone de un solo cuerpo y ático, con sus nichos realizados en el muro norte o testero del presbiterio. Después del retiro mecánico de cuatro capas de estucado de yeso se descubrió y restauró la primitiva pintura mural, de mediados del siglo XVIII, que adornaba su nicho principal. Por tal motivo los especialistas optaron por dejarlo expuesto.

Posteriormente se le dotó de una mesa de altar, que no cabe duda poseía, realizada en ladrillo, mortero de cal y enlucido de yeso. Para guardar armonía con el entorno se le añadieron columnas, exentas, trabajadas en igual forma que las columnas entorchadas (helicoidales) de su nave principal, o sea compuestas de delgados troncos rollizos de madera de algarrobo con sus fustes forrados con sogas para facilitar la adherencia del estucado de yeso que las cubre. Todos estos trabajos ejecutados con recursos provenientes de la Parroquia de Lambayeque y supervisados por la Dirección Desconcentrada de Cultura de Lambayeque, siendo Administrador Eclesiástico de la Parroquia de Lambayeque el P. Edwin Fredy Beltrán García.

Después de una minuciosa prospección, mediante calas, se descubrió pintura mural en los nichos u hornacinas del lado izquierdo y derecho del muro norte de la nave. Los especialistas eligieron retirar el estucado de yeso y el papel comtemporanéo, en mal estado de conservación, que las cubría. No cabe duda que los muros de esta joya de la arquitectura eclesiástica lambayecana, estuvieron, a mediados del siglo XVIII, adornados con pintura mural.

Queremos agregar, a manera de comentario, que no son pocos los visitantes, tanto nacionales como extranjeros, que al ingresar a este recinto, cubierto de una suave penumbra, manifiestan percibir, tal vez por lo original de su concepción, distribución y forma, que lo están haciendo al interior del esqueleto de un descomunal cetáceo.

Vista del altar mayor de la capilla


Vista de la recuperada pintura mural, de mediados del siglo XVIII, del nicho principal del primitivo altar mayor
  
Capilla San Francisco de Asís

El 5 de octubre de 1885, se fundó la Orden Tercera de San Francisco en la iglesia parroquial San Pedro de Lambayeque. El encargado de su instalación fue fray Luís Torra, visitador y misionero de los Descalzos de Lima, […] investido de las facultades necesarias para el efecto por el M.R.P. Fray Pedro Gual, Guardián de dicho Convento”; tal y como consta en el Libro de Actas Nº 1 (1885 - 1896), que tan gentilmente nos dejó revisar, en el 2000, la señorita Isabel Vílchez Bances, distinguida hermana de la Orden Franciscana Seglar de Lambayeque.

Esta Orden nació en Lambayeque bajo la advocación y patrocinio de San Pascual Bailón, y fueron testigos de su fundación los frailes y misioneros apostólicos: Francisco Usaloa, Antonio Barojas, José María Revill, el párroco de la iglesia Dr. José G. Santillán y el señor José María Barandiarán.

En la misma acta figuran los nombres de lo que nosotros podríamos denominar su primera junta directiva o Discretorio, elección canónica llevada a cabo en la iglesia San Pedro. Este quedó conformado por las siguientes personas:

Comisario: Dr. José G. Santillán. Ministra: señora María del Carmen Salcedo de Leguía. Secretaria: señora Leonor Ruiz. Tesorera: señora Matilde Riojas de Baca. Discretas: señoritas Luisa E. Montjoy, Ignacia Paredes, Mercedes Carril, Zoila Nuques. Celadoras: señoras Águeda Martínez de Iturregui y María A. Balladares de Escurra. Enfermeras: señoritas Transito Burgos y Rafaela Benítez. Vicarias: señoritas Águeda Barandiarán y Juana Bernuy.

María del Carmen Salcedo de Leguía

Los cargos y oficios debían durar por espacio de tres años consecutivos, en este caso hasta el 5 de octubre de 1888, día en que debía procederse a una nueva elección.

Fue a pedido de la primera Ministra de la Orden, doña María del Carmen Salcedo de Leguía, madre del Presidente Augusto Bernardino Leguía Salcedo, que la antigua capilla doctrinal o ramada de San Pedro fue cedida a esta congregación, para que en ella realicen sus ejercicios espirituales (distribuciones y retiros).


En noviembre de 1885, con previo permiso del párroco de la iglesia y Comisario de la Orden Dr. José G. Santillán, las hermanas terciaras se abocaron, sin pérdida de tiempo, a la afiebrada tarea de recaudar los respectivos fondos para la reconstrucción de la capilla doctrinal o ramada de San Pedro, que por aquellos años se encontraba arruinada y en total abandono. Esto debido, en gran parte, como consecuencia de los copiosos aguaceros e inundaciones que trajera consigo la cíclica presencia, en nuestro litoral, del fenómeno de El Niño, catalogados del tipo “muy fuerte”, de los aciagos veranos de 1871 y 1878.

Con la colecta de limosnas, como las realizadas, en las puertas de la iglesia matriz, para el novenario del Corpus Christi, en junio de 1886. Sorteos, como el de noviembre del mismo año, en que se sortearon “cuatro mil números a razón de un sol billete cada uno”, siendo el primer premio, de mil soles; el segundo, de cien soles; el tercero, de cincuenta soles y el cuarto, de diez soles, tal y como consta en el Libro de Actas anteriormente citado. Deducidos los gastos el sobrante quedaría para proseguir con la refacción de la capilla. La rifa de objetos, tómbolas, como las efectuadas en 1887, etc. Todo esto con el solo propósito de concluir con la obra.

Ya en junio de 1877, la Ministra de la Orden, doña María del Carmen Salcedo de Leguía, había propuesto al Discretorio, solicitar, mediante escrito, al Vicario Capitular Dr. Juan de Falcón, una constancia u orden para que tenga lugar la solemne dedicación de la que fue Capilla de San Pedro a N.S.P.S. Francisco de Asís, y así poder rendir culto a su seráfico fundador.



Los argumentos sobraban, ya que eran conocidos, y reconocidos, los denodados esfuerzos y sacrificios que venían desplegando en la localidad las hermanas de esta Orden en pro de la refacción de la antigua ramada de San Pedro, que se encontraba, desde tiempo atrás, en completo abandono y a su suerte, al extremo que los mayordomos de la antigua efigie del apóstol San Pedro, que se veneraba en esta ramada, no tuvieron otro remedio que trasladarla a la iglesia matriz. Ahora se encuentra colocada en la hornacina del lado izquierdo del altar mayor de ésta iglesia.



Consultado el Comisario de la Orden y párroco de la iglesia, Dr. Santillán, manifestó:
    
    […] no ser necesario se dirigiera el Discretorio al Sr. Vicario Capitular, pues él se comprometía á hacer la dedicación y bendecirla con el título de S. Francisco de Asís”.
Mientras tanto las actividades continuaron.

Todo parece indicar que el párroco José G. Santillán no cumplió, a su debido tiempo, con el  compromiso pactado con las hermanas terciarias, en el sentido de dedicar y bendecir con el título de San Francisco de Asís a la antigua ramada de San Pedro, reedificada por dicha hermandad con el fin y sano propósito de que en ella hicieran sus ejercicios espirituales.

Esto se desprende del hecho de que tres años después, en mayo de 1890, tuvieran que elevar una solicitud, firmada por el Discretorio, al Obispo Manuel Santiago Medina, para que con su autorización la tercera orden de Lambayeque pueda servirse de la referida Capilla y dedicarla a San Francisco de Asís. Todo esto, claro está, después de haberse consultado con fray Bernardino Gonzáles, personaje que, como hemos visto, realizó la visita canónica a la hermandad en marzo del mismo año. No cabe duda que el pedido surtió el efecto deseado. Decimos esto porque es a partir de finales de 1890, en que la antigua ramada de San Pedro se comenzó a denominar “Capilla San Francisco de Asís”.

Interior de la ramada de San Pedro o Capilla San Francisco de Asís en 1963

Vista de la nave o salón de la ramada en el 2007
Vista de la nave o salón en diciembre de 2016

Otra imprecionante vista de la nave o salón de la restaurada ramada de San Pedro


El Patrimonio imaginero de la capilla

A fines del siglo XIX, la Orden Tercera de San Francisco de Lambayeque, contaba, para su culto y festividades, con una imagen de San Francisco de Asís muy antigua y deteriorada, de ahí que con parte de las limosnas que se colectaban se mandara retocar en 1889. También se le proporcionó de todo lo necesario para su culto diario, éste consistía en: […] una diadema de lata, un refajo de madera con cinco candelejas de lata y sus candeleros grandes de lata”. Para sus festividades contaba con una Cruz de cedro con Cristo de plata, un cordón, disciplina, diadema y calavera también de plata, y, por último, con un rosario con engarces y Cristo del mismo metal.

Meses después, el 29 de marzo de 1890, con motivo de la visita canónica a la hermandad realizada por el Rector de la Venerable Orden Tercera fray Bernardino Gonzáles, éste les recomendó hacer toda la economía necesaria en los gastos, para que con estos ahorros puedan adquirir una nueva efigie de San Francisco de Asís, levantar un altar en la capilla y proveerse de otros enseres.

Al no contar la Orden con los recursos necesarios para poder obtener una nueva imagen del santo titular, optaron por volverla a retocar y hacer poner vidrios trasparentes al nicho del altar donde se encontraba, y así poder conservar la antigua imagen con mayor decencia. Hasta 1892, la hermandad sólo contaba con esta efigie al interior de la reconstruída capilla. 

Es a partir del mencionado año, cuando las hermanas terciarias comienzan a preocuparse por la adquisición de una imagen de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Advocación bajo cuya protección San Francisco había colocado todas las órdenes religiosas que había fundado, de ahí que la hermandad considerara una obligación el rendirle culto especial en la capilla. En consecuencia  […] se procedió a una erogación para conseguir la imagen anhelada”. (Sesión extraordinaria. Viernes 9 de octubre de 1892).

La imagen de la Inmaculada Concepción es una talla barroca de vestir, de pie y de frente. Solamente su cabeza y las manos se encuentran realizadas en fina madera policromada y encarnada, el busto y los brazos (articulados) realizados también en madera pero sin ningún tratamiento. El resto del cuerpo ésta elaborado en textil encolado de color blanco. Los pies descalzos, la media luna y la serpiente con cabeza de un dragón de fauces abiertas y lengua extendida, elaborados en yeso policromado, por lo que su factura parece ser posterior. Posee ojos de vidrio y posiblemente data de finales del siglo XVIII, o principios del XIX, su autor es anónimo. 

Se le representa con cabellera postiza, rizada y de color castaño oscuro, cubierta por un velo de color blanco. El rostro ovalado; su semblante modesto y dulce; su frente espaciosa; sus cejas algo arqueadas, de color castaño claro; su mirada baja y un tanto hacia la izquierda; la nariz aguileña; su boca cerrada pequeña y recogida, sus labios iguales y encarnados; las mejillas sonrosadas.

Viste una larga túnica blanca y sobre esta una fina blusa de mangas largas y delantal del mismo color, ceñido al vientre por delgado cinturón de tela dorada con dos puntas sueltas al frente, signo de maternidad. Sobre su pecho un corazón fulgurante, atravesado por una espada y corona de rosas amarillas. La cubre, desde los hombros, un manto largo y abierto de color celeste oscuro con ribetes de hilos dorados. Sus vestiduras sobrepuestas hacen que, de Ella, se vean solamente las manos, el cuello y su rostro. La imagen descansa sobre una peana circular de madera. La efigie, cuyo rostro se encontraba repintado, fue restaurada con recursos proporcionados por la Parroquia de Lambayeque. Hoy la hermosa imagen engalana la hornacina principal del remozado altar mayor de la ramada.


 Imagen de la Inmaculada Concepción en la hornacina principal del altar mayor
Prosigamos.

En 1893, la hermandad recibió como obsequio un pequeño Calvario, compuesto por un Santo Cristo, la Virgen de Dolores, María Magdalena y San Juan. Todas talladas en fina madera policromada, con sus mascarillas de plomo y diminutos ojos de vidrio. Exceptuando el Crucificado, a todas ellas se les vestía con finos trajes. El nombre del donante y su autor son desconocidos.


A raíz de este significativo regalo, se hizo necesaria la construcción de un nuevo altar que albergara el grupo. El lugar elegido, para este fin, fue la capilla baptisterio. Espacio seguro, pues contaba con una puerta de madera de gruesos balaustres y vidrios trasparentes (toda pintada de color celeste). Además, como hemos visto anteriormente, el baptisterio ya no cumplía con sus funciones, pues no contaba con la pila bautismal.



Las imágenes que componían el grupo del Calvario, del que solo se conserva hasta nuestros días la pequeña efigie de la Virgen de Dolores, se encontraban por aquella época en mal estado de conservación, por lo que las hermanas decidieron  […] mandarlas retocar, pues estaban muy desaseadas” (Sesión extraordinaria del 6 de julio de 1092).



En sesión extraordinaria efectuada el día jueves 6 de enero de 1893, la hermandad acordó, por unanimidad, fabricar un nuevo altar en la capilla, para con esto poder ganar “el jubileo de la visita de los cinco altares”.



De acuerdo con la lectura de las actas, la capilla ya contaba con cinco altares a principios de 1896, todos compuestos de nichos (hornacinas) practicados en los gruesos muros de adobe, con sus respectivos altares adosados al muro y al pie de ellas.

Entre las imágenes que constituyen el patrimonio imaginero de ésta capilla se encuentran: una antigua efigie de San Antonio de Padua, en mal estado de conservación; una pequeña talla de vestir de la Virgen de Dolores, de finales del siglo XVII; un Cristo de madera policromada, mascarilla de plomo y ojos de vidrio, de mediados del siglo XIX; una talla de Cristo Pobre, de madera policromada, mascarilla de plomo y ojos de vidrio, al parecer también de mediados del siglo XIX; la imagen de Nuestra Señora de la Purísima Concepción, de finales del siglo XIX, y la imagen de Nuestra Señora del Carmen, de mediados del siglo XIX. Un Ángel lamparero, pequeña talla de madera policromada y ojos de vidrio, de claro origen quiteño, data de finales del siglo XVIII, su autor es desconocido. El Ángel viste indumentaria militar de fines del siglo XV, con pectoral cubierto de pan de plata y pintado de verde (achinado), con aplicaciones en pan de oro, pequeño manto recogido, faldellín y calza borceguíes.


Las imágenes de San Francisco de Asís, San Antonio de Padua y Santa Clara de Asís, de principios del siglo XX, además de las de San José con el Niño, de mediados del siglo XX. Todas ellas realizadas en yeso y policromado.


Cristo Pobre
La Vrgen de Dolores


Cristo Crucificado
 
San Francisco de Asís

Ángel lamparero

Bibliografía consultada




CASTAÑEDA MURGA, Juan – ESPINOZA CÓRDOVA, María del Carmen – PIMENTEL CARRANZA, Eduardo O. P.  
2015. Templos virreinales de los valles de Lambayeque. Universidad San Martín de Porres (USMP). Fondo Editorial. Facultad de Ciencias de la Comunicación, Turismo y Psicología. Lima.



CHIRINOS, Haydee y ZÁRATE, Eduardo. Historia de la Construcción en Lambayeque. Periodos Prehispánico y Virreinal. Tesis para optar del grado de Maestro en Tecnología de la Construcción. Universidad Nacional de Ingeniería. Facultad de Ingeniería Civil. Sección de Postgrado. Lima – Perú 2011.

ESCOBAR ZAMALLOA, Fredy 
2009. Proyecto: Puesta en Valor de la Capilla San Francisco de Lambayeque, Provincia de Lambayeque – Lambayeque.

IQUIERDO CASTAÑEDA, Jorge
2005. La ramada de San Pedro de Lambayeque. Suplemeto Dominical del Diario "La Industria" de Chiclayo.



MENÉNDEZ RÚA, Ángel
1935. Boceto Histórico de la Iglesia de Lambayeque. Imprenta La Gaceta. Lambayeque.

 
Documentos

Libro de Actas Nº 1 (1885 - 1896). Parroquia San Antonio de Chiclayo

Fotografía
P. Edwin Fredy Beltrán García
Guillermo Luna Lorenzo
Jorge Victor Castilla Izquierdo 
Ze Carlos Davila










miércoles, 14 de septiembre de 2016

El mural de Ánimas de la Iglesia San Pedro de Lambayeque


El arte de la pintura mural es una de las modalidades o medios de expresión artística con más antigua data en el Perú. En un claro proceso de continuidad histórica ésta se  desarrolló plenamente en el antiguo Tahuantinsuyo, al igual que en otras arcaicas civilizaciones del mundo. Se sabe que los incas recogieron la tradición de decorar los muros de sus templos de la arquitectura costeña, especialmente de la cultura mochica. La región Lambayeque presenta importantes muestras de pintura mural prehispánica, sin contar, claro está, con las que lamentablemente desaparecieron por el paso inexorable del tiempo, los fenómenos naturales, la rapiña y la acción depredadora del hombre.

En fin, la pintura mural fue una de las manifestaciones alegóricas que más llamó la atención a las invasoras huestes españolas desde su arribo en 1532, tanto a los primeros conquistadores como a los misioneros que los acompañaban. Las crónicas del siglo XVI las mencionan desde 1534. Como hemos visto, el arte mural se convierte así en uno de los medios de expresión artística más antiguos en nuestro territorio andino - con especial énfasis en la costa norte - y su desarrollo pleno abarcó todo el periodo virreinal manteniéndose activo hasta fines del siglo XIX.

La iglesia San Pedro de Mórrope y su convento; la iglesia San Pedro de Lambayeque, donde, el 2011, se hiciera el descubrimiento de pintura mural más significativo de los últimos tiempos, y de la que hemos tratado en otra oportunidad;  la antigua ramada de San Pedro, hoy Capilla San Francisco de Asís, también en Lambayeque; la iglesia Santa Lucía de Ferreñafe, y lo que aún se conserva en el ex-convento Santa María de Chiclayo, en las venerables ruinas de las iglesias de Saña, y en la iglesia de San Juan de la Punta, en Pomalca, son claros ejemplos de esta intensa actividad plástica a lo largo del siglo XVII y XVIII, en nuestro medio.

Sabemos que los curas doctrineros o “curas de almas” catequizaban e instruían a los fieles nativos, en su mayoría profanos, en los principios y misterios de la nueva religión, a través del discurso figurativo, más claro: de las artes plásticas, con claros fines didácticos. En ella se mezclaban el concepto cristiano y la técnica prehispánica, esto último porque se aprovechaban de las viejas habilidades del aborigen como de los materiales existentes en su localidad.

Pero sabemos también, que este medio de expresión artística no estuvo destinado solamente a engalanar estos sacros edificios, también se la encuentra en la arquitectura civil o domestica. En las antiguas casas solariegas del centro urbano de Lambayeque. Muestras de estos elementos decorativos la encontramos en un pequeño patio de la Casa Varillas, en el zaguán y algunos de los ambientes de la Casa de la Logia o Casa Montjoy, y las que recientemente hemos ubicado en los techos de la sala y comedor de la casa donde vivera el prócer de la independencia de Lambayeque coronel Juan Pascual Saco Oliveros.

En todas ellas se utilizo la pintura al temple. Los especialistas nos dicen que esta fue un de las técnicas pictóricas más antiguas y muy usada en el virreinato del Perú. No cabe duda que en la elaboración de estos elementos decorativos prevaleció una razón de prestigio o estatus social, muy acorde con la época en que fueron ejecutados.

En esta oportunidad, nuestra atención se centra en las pinturas murales, del siglo XVIII, que adornan el intrádos y jambas del arco de medio punto de la bóveda que alberga el retablo del Señor de Ánimas, ubicado en la nave de la Epístola, o sea en el lado lateral derecho de la iglesia San Pedro de la generosa y benemérita ciudad de Lambayeque.

Debido al mal estado de conservación en que se encontraba éste retablo fue restaurado en el 2012, con recursos proporcionados por la parroquia de esta ciudad y bajo la atenta vigilancia del padre Edwin Fredy Beltrán García. Ésta maquina lignaria - magnifica muestra del patrimonio cultural mueble de ésta iglesia - vino a suplantar, a finales del siglo XVIII, a las pinturas antes citadas.

                                        
                                                              Retablo del Señor de Ánimas (Fredy Beltrán 2015)

En 1980, con motivo de la realización del primer inventario fotográfico del Patrimonio Cultural del Departamento de Lambayeque, ejecutado mediante convenio suscrito por la - en ese entonces - Corporación de Desarrollo de Lambayeque (CORDELAM), y el Centro de Estudios Arqueológicos de Lambayeque (CEAL), se puso al descubierto buena parte de estas pinturas que se encontraban ocultas a la vista por encontrarse justamente detrás del mencionado retablo.

Estas fueron dadas a conocer al público por el conservador César Maguiña Gómez, a través dos artículos publicados en el Diario “La Industria” de Chiclayo, bajo los títulos de “Salvemos el Patrimonio Artístico de Lambayeque”, aparecido en su página editorial del 12 de octubre de 1980, y “Lambayeque. Pintura Mural del Siglo XVIII” en el Suplemento Dominical de este mismo Diario. Resulta curioso la lectura de uno de los párrafos de esta última entrega, y es cuando, Maguiña Gómez, manifiesta: […] el fraile dominico Miguel Matamala Ortiz - a la sazón párroco de la Iglesia - tenía conocimiento de estas pinturas, pero que en ningún momento mencionó de su existencia a los encargados del inventario”.

Este hecho fue corroborado por las declaraciones vertidas por el desaparecido y recordado artista plástico Sr. Marcial Anhuamán Castro – natural del distrito de Moche, en Trujillo - en entrevista concedida, en el 2013, al padre Edwin Freddy Beltrán García. A raíz de ella sabemos ahora que a mediados del siglo pasado (1948) el padre Miguel Matamala, enterado ya de la existencia de las antiguas pinturas del arco de la bóveda que acoge el retablo del Señor de Ánimas, le encargó, a Anhuamán, la limpieza del estrecho recinto que separa la parte posterior del retablo y el muro donde se encuentra enclavado, para que así los feligreses pudiera apreciar las antiguas pinturas del arco de la bóveda.

Dado que la afluencia de curiosos espectadores era numerosa y sin ningún orden, se procedió, poco después, a clausurar con candado las dos pequeñas puertas de acceso al pequeño espacio, para así evitar daños colaterales a las pinturas murales. Desde ese momento solamente con permiso especial del párroco de la iglesia se podía acceder a admirarlas. Parece que a raíz de esto y por que el acceso se volvió estrictamente restringido, la costumbre desapareció muy pronto al igual que la febril admiración demostrada al principio por lo que con el correr de los años llegaron a pasar inadvertidas.      

En el 2010, a raíz de los trabajos de limpieza y fumigación a que fueron sometidos, por la parroquia de Lambayeque, los retablos del templo lambayecano, salieron nuevamente a la luz estas significativas pinturas murales. El conjunto decorativo ha llegado hasta nosotros prácticamente completo, sin cambios ni intervenciones, tal y como fue concebido, salvo los derivados del paso del tiempo y los lamentables desprendimientos en sus bases producto de las sales. Las pinturas murales están realizadas sobre un soporte de yeso, cal y arena adherido a la mampostería de hiladas de ladrillo y piedra de que está compuesto el arco y los muros laterales (jambas) de la bóveda.

Las representaciones están creadas con la técnica pictórica al temple, predominando los colores rojo, castaño oscuro, negro carbón y verde esmeralda. Las pinturas son opacas y mates y han mantenido su color inalterable pese al paso del tiempo. En concreto estamos ante un conjunto de cinco figuras que representan una clara apología de las ánimas del purgatorio. Culto que se caracterizó siempre por ser una manifestación de la religiosidad popular.

En 1274, el segundo Concilio de Lyón, el que fue el XIV Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica, estableció el dogma de la existencia del purgatorio, y el Concilio de Trento (1545 - 1563) declaró dogma de fe su existencia. El Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Juan Pablo II, en 1992, texto de máxima autoridad para todos los cristianos del mundo, nos dice: “El Purgatorio es el lugar adonde van las almas de las personas que mueren en gracia y amistad de Dios pero no perfectamente purificados, sufren después de su muerte una purificación, para obtener la completa hermosura de su alma” (Catecismo 1030). Esta purificación es totalmente distinta al castigo en el infierno. Por su parte el Papa Benedicto XVI, dijo, en el 2011, que el purgatorio “no es un lugar en el espacio del universo, sino un fuego interior, que purifica el alma del pecado”.    

Conceptos aparte, esta demás decir que este significativo programa iconográfico demanda, por su excepcionalidad, un estudio propio, además de una inmediata intervención. Nosotros nos limitaremos a hacer una ligera descripción de sus componentes, reconociendo, de paso, las representaciones que en su momento no fueron debidamente identificadas, así como el hallazgo de la parte inferior de una de las figuras que pasó inadvertida en su oportunidad y que, felizmente, lográramos fotografiar en el año 2000. Hoy, lamentablemente, casi la totalidad de esta parte de pintura mural ya no existe.

A continuación, hagamos una ligera descripción de cada una de las imágenes que conforman este significativo mural.
   
Debajo y en el lado izquierdo del arco – desde el punto de vista del observador - se puede apreciar una figura antropomórfica, un esqueleto. Imagen pictórica muy popular en el renacimiento, convertida en la representación de la muerte. Para el mundo cristiano la muerte es un transito desde la vida terrenal hacia Dios. Los que profesan la fe de Cristo, piensan que al morir el cuerpo se corrompe, pero el alma sobrevive. La muerte es el descanso eterno junto al Creador, aunque para alcanzar el cielo, habrá sido preciso cumplir con los diez mandamientos que Jesús dio a sus discípulos.

                      
                                          La Muerte (César Maguiña 1980)                                          La Muerte (Memo Luna 2012)                          

En el mural, la tradicional figura literaria de la muerte, se muestra de frente, con la cabeza descarnada ligeramente hacia la derecha y sus dos cuencas vacías. Se aprecia nítidamente la caja torácica trazada de huesos, al igual que la columna vertebral y parte de la cadera del lado izquierdo, la otra se encuentra oculta por parte de un largo manto negro que le cubre la cabeza y la espalda; sabemos que en la sociedad occidental, el negro es el color de la muerte, del luto.

El brazo derecho, separado del cuerpo a la altura de la cadera, sostiene en su mano un Reloj de Arena, que destacó en el siglo III y consistía en dos recipientes esféricos de vidrio unidos con un estrecho canal que unía ambas partes llegando a poder controlar todo un día. Éste Posee un valor simbólico porque es el instrumento que más visiblemente representa el fluir constante del paso del tiempo y su consecuencia la muerte: la muerte símbolo a su vez de la fugacidad del tiempo y de la vida.

La mano del brazo izquierdo, tendido hacia abajo, sujeta una guadaña con el filo puesto hacia abajo. Símbolo de la muerte la guadaña, como la muerte, es la representación de aquello que todo lo iguala, simbolizando que a todo ser viviente, de cualquier clase social, le llegará su hora de partir hacia el más allá.

Debajo y al lado derecho de la figura esquelética, al filo de la guadaña, se podían observar tres cabezas cadavéricas simbolizando los tres estamentos sociales, la nobleza con corona, el clero representado por un obispo o abad con mitra y el estado llano. Es, una vez más, la propaganda de la Iglesia Católica potenciada desde el Concilio de Trento. La muerte nos llegará a todos y de nada valdrán las riquezas materiales, sólo las buenas obras. En fin, se trataría de una modesta formulación iconográfica de la muerte triunfante en torno a las vanitas.

                                  
                                           Parte inferior de la imagen de la Muerte, hoy desaparecida (J. Izquierdo 2000)

Sobre la representación de la muerte, se distingue una imagen de la Virgen del Carmen, de pie y coronada como reina de los ángeles. Se le reconoce por el hábito carmelita, es decir túnica marrón y capa blanca abrochada al centro por un medallón; luce en el pecho el escudo de la Orden. No lleva tocado y presenta una larga y rizada cabellera. Sostiene en su mano izquierda un escapulario. Es la intercesora de las ánimas del Purgatorio. Una antigua tradición narra que la Virgen había prometido visitar en el purgatorio a sus devotos, el sábado próximo a la muerte de ellos y concederles descanso.

                            
                             Virgen del Carmen (César Maguiña 1980)                                              Otra vista de la imagen (Memo Luna 2012)

Las figuras de ánimas del Purgatorio - que han muerto en gracia de Dios pero aún no han alcanzado el estado de pureza - están representadas por dos personajes de medio cuerpo, con el torso desnudo y en actitud orante, estos se encuentran, entre llamas, debajo y a ambos lados de la Virgen. No muestran en sus semblantes el pánico y horror de las almas condenadas en el infierno, pues confían en la intersección de la Virgen, que se yergue majestuosa y dispuesta a acogerlas

En el centro del intrados una figura representando, no cabe duda, a la ciudad santa Jerusalén, en fin, el Paraíso. Se trata de una ciudad cuadrada y cercada de altos muros. Alberga en su interior atiborradas viviendas de singular arquitectura, con sus techos “a dos aguas”, y con doce portadas de acceso. Éstas representan a las doce tribus de los hijos de Israel; "...tres puertas al oriente, tres puertas al septentrión, tres puertas al mediodía, tres puertas al occidente. El muro de la ciudad tenía doce fundamentos, y sobre ellos doce nombres de los apóstoles del Cordero" (el Apocalipsis del Apóstol San Juan).Cada portada, de arco de medio punto, custodiada por un ángel alado de larga túnica blanca ceñida a la cintura por un delgado cordón de color negro. Los ángeles se encuentran de pie y en actitud orante.  

                                                                        Imagen del Paraíso (César Maguiña 1980)

 Vista en detalle  de uno de los ángeles custodiando una de las puertas

En la parte inferior de la jamba del lado derecho del arco, la imagen de San Antonio Abad. Patriarca de los monjes de Egipto. Se conoce la vida del abad Antonio, al que la tradición llama el Grande, principalmente a través de la biografía redactada – más allá de los datos maravillosos - por su discípulo y admirador, San Atanasio, a fines del siglo IV.

En su busca de soledad y persiguiendo el desarrollo de su  experiencia, llegó a fijar su residencia entre unas antiguas tumbas: “deseando á negarse a toda comunicación humana, se fue á encerrase en una sepultura distante de la ciudad, cuya puerta solo se franqueaba a un amigo suyo, que de tiempo en tiempo le traía algunos panes”. Con esta elección demostraba a las gentes de su tiempo, y por que no a las de nuestra época, que no se debía temer a los cementerios y que estos no estaban poblados de demonios. No cabe duda que la presencia de Antonio entre los abandonados sepulcros era un claro mentís a tales supersticiones y proclamaba, a su manera, el triunfo de la resurrección.

A San Antonio Abad, se le representa como un anciano venerable, de larga y tupida barba blanca. Viste un hábito color castaño oscuro, compuesto por una túnica talar, escapulario y capa con capucha que le cubre la cabeza. Se encuentra de pie, con la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo y con la palma de su mano izquierda apoyada en la mejilla del mismo lado; en actitud de observar el esqueleto que alberga un ataúd de madera con su tapa abierta. Su mano derecha sostiene lo que, a primera vista, parece ser una gruesa lápida de color blanco con un epitafio, en letras de color negro, que a la letra reza: QUIEN SERA QUIEN, NO SEA.
       
                                    
                                                                          San Antonio Abad (Fredy Beltrán 2012)

Sobre la figura de San Antonio Abad, la imagen de San Nicolás de Tolentino. Monje agustino italiano, considerado durante siglos como procurador, patrono o abogado de las almas del purgatorio. Una tradicional leyenda narra que Nicolás vio en un sueño que un numeroso grupo de almas del purgatorio le suplicaban que ofreciera oraciones y misas por ellas. Desde ese momento se dedicó a ofrecer muchas misas por su descanso. De esto se desprende también su presencia en el mural. Nicolás, pasó gran parte de su vida en el convento de tolentino. A consecuencia de su frágil salud, deteriorada debido a los continuos ayunos, insomnios y penitencias, dejó de existir el 10 de septiembre de 1305. Fue canonizado por el Papa Eugenio IV, en el año 1446.

                          
                                  San Nicolás de Tolentino (César Maguiña 1980)                               San Nicolás de Tolentino (Fredy Beltrán 2012)

Se le representa con el  rostro sereno y juvenil (imberbe), el corte de cabello en forma de corona, llamado tonsura, que lo identifica como monje. Viste hábito negro de anchas mangas - con muchos pliegues de trazo recto –  ceñido a la cintura por una delgada correa de cuero, propio de la orden Agustina. Formando parte del hábito, y sobre los hombros, una capa o muceta negra y un pequeño capuchón. El habito se encuentra plagado (moteado) de perceptibles estrellas color amarillo, en alusión, narran sus biógrafos, a la tradición o creencia de que al ir a la iglesia todas las noches lo guiaba en su camino una estrella. Al igual que en la pintura de la Virgen del Carmen, el grupo de ánimas está representado también por dos jóvenes de ambos sexos, de medio cuerpo, con el torso desnudo y en actitud orante, estos se encuentran, entre llamas, debajo y a ambos lados del Santo. La correa, extendida y sostenida por su mano derecha, cruza las llamas (purgatorio) en busca de las ánimas que se presten asirse a ella.

 Vista en la que se puede apreciar claramente el moteado de estrellas en el hábito del Santo



 Fotografías

César Maguiña Gómez
P. Edwin Fredy Beltrán García
Guillermo Luna Lorenzo
Jorge Izquierdo Castañeda

©Todos lo Derechos Reservados. Jorge Izquierdo Castañeda 















sábado, 6 de agosto de 2016

La Batalla de Junín


No cabe duda que el brillante resultado del esfuerzo desplegado por el Libertador Simón Bolívar, por agrupar un admirable y disciplinado ejército, que pudiera enfrentar a las experimentadas tropas del Rey, se dio por primera vez a 4,220 metros de altura sobre el nivel del mar, en la gélida llanura de Junín, el 6 de agosto de 1824.

Para lograrlo el Libertador había contado con el oportuno, decisivo e indiscutible apoyo brindado por los pueblos del Perú, en especial de la costa norte y centro del país. Entre  los que destacaba, nítidamente, el pueblo de San Pedro de Lambayeque, con su cuota de aguerrida sangre joven, factor determinante en cualquier combate.

Libertador Simón Bolívar

En esas ubérrimas pampas de Junín, aproximadamente 900 bravos jinetes patriotas, que conformaban los tres escuadrones del “Primer Regimiento de Caballería del Perú” o “Húsares del Perú”, al mando del general Mariano Necochea, se prestaron a luchar, en horas de la tarde, contra 1,200 de la caballería realista, unidad selecta y engreída del ejército realista, a cuyo frente se encontraba el propio general José de Canterac.

El choque fue violento, encarnizado y cuando a todas luces la victoria le era adversa a la caballería independiente, cuando cundía el desorden y desconcierto en sus filas, más aún, cuando prácticamente todos los escuadrones patriotas habían emprendido la retirada, perseguidos muy de cerca por la caballería realista, fue en ese preciso momento en que el primer escuadrón de “Húsares del Perú”, conformado en gran parte por voluntarios de Piura, Lambayeque, Chiclayo, y Trujillo, situados en posición estratégica y comandado por el teniente coronel argentino Isidoro Suárez, se lanza como un relámpago en memorable carga contra el enemigo, gracias a una “inspirada visión” del mayor, natural de San Pedro de Lloc, José Andrés Rázuri Estéves, logrando así detener la persecución; la situación es por demás propicia y oportuna, los patriotas reaccionan, se organizan inmediatamente, vuelven caras y en carga descomunal, obligan a la “tan considerada, bien armada, equipada, montada, instruida y disciplinada” caballería realista, a emprender en derrota, vergonzosa fuga.

La batalla duró apenas 45 minutos y en ella no se escuchó un solo disparo, pues se combatió exclusivamente con arma blanca, a sable y lanza. El general EP Felipe de la Barra en su obra La campaña de Junín y Ayacucho (1974), nos dice:

"En el bando patriota los muertos alcanzaron al número de 45, entre ellos algunos oficiales, quedando aproximadamente 100 heridos; los realistas perdieron 2 jefes, 2 oficiales, 245 hombres de tropa, entre muertos y heridos; más 80 prisioneros; el botín de los patriotas consintió en 400 caballos ensillados y gran cantidad de armas".


José Andrés Rázuri

En su conferencia “Llampallec”, aparecida en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima  (1920), el coronel etenano Manuel Casimiro Bonilla Castro, escribe:

"Junín es un milagro, es un prodigio de la audacia. Es una apoteosis del patriotismo. Es un laurel inmarcesible en la orla del esfuerzo lambayecano. Fueron brazos suyos los que blandieron las lanzas, hechas con las maderas de sus bosques, espuelas forjadas en sus talleres, las que apretaron los ijares de los corceles salidos de sus campiñas".

Enrique Benítez, en su obra “Geografía del Perú”, nos dice:

[…] fueron en gran parte lambayecanos, los valerosos soldados de tropa que nos dieron la victoria en las pampas de Junín y en la decisiva de Ayacucho".

En el discurso pronunciado, en el campo de Junín, por el Prefecto de ese Departamento, señor Manuel Pablo Villanueva, en representación del Supremo Gobierno presidido por don Augusto Bernardino Leguía Salcedo, con motivo del centenario de la batalla de Junín, manifestó:

"En esa gloriosa acción de armas cúpole rol brillante y decisivo al Escuadrón “Húsares del Perú”, exclusivamente compuesto de valientes, aunque noveles, voluntarios trujillanos y lambayecanos".

El historiador Horacio H. Arteaga, manifiesta:

"En Junín esos voluntarios de Lambayeque exhibieron brío y mostraron su empuje extraordinario, formidable, irresistible, sorpresivo. Cuando Bolívar, después de esa victoria estupenda de las pampas de Junín, preguntó asombrado por los audaces y los héroes, le señalaron los pelotones de voluntarios lambayecanos, ferreñafanos y chiclayanos que se enfilaban cansados y haraposos, muchos de ellos no tenían sombrero ni morrión, una faja ennegrecida apretaba en su frente las heridas que aún manaban sangre. Estaban descalzos y flacos, pero tenían el rostro resplandeciente como los semidioses de la Ilíada. Bolívar los declaró en el acto ¡Húsares de Junín!"



Carga de los “Húsares del Perú” (Óleo de Etna Velarde)

Entre los hijos de nuestra región que asistieron a esta memorable jornada se encuentran: José María Lastres y Martínez de Tejada, Manuel Salcedo, Gertrudis Poemape, Sebastián Fernández Samudio, José Francisco Deza, Luciano Mejía (naturales de Lambayeque), y José Leonardo Ortiz (chiclayano). 
Del Castillo Niño nos dice que en ésta histórica batalla también estuvieron presentes los siguientes motupanos: José Orozco, Juan José del Castillo, Nicanor Falla, Andrés Obando, Manuel Jiménez, Juan M. Luna, José M. Saavedra y José Santos Zapata.

El héroe lambayecano Luciano Mejía vivía aún en su ciudad natal por el año de 1887, como consta en el Libro de Actas del municipio lambayecano de ese año. En julio de 1887, con motivo de celebrarse un aniversario más de la jura de la independencia nacional, la Municipalidad de Lambayeque, en cesión solemne, le otorgó un premio consistente en diez soles de plata.

El octogenario paladín de nuestra independencia, mostraba orgulloso, prendidas en las solapas de su viejo traje, las medallas conmemorativas de Junín y Ayacucho.

Don David Sosa, a la sazón teniente alcalde del municipio lambayecano, al hacerle entrega del premio pecuniario, en emocionadas palabras le dijo:

"Señor Luciano Mejía, vencedor de Junín y Ayacucho, esta pequeñísima suma que hoy se le obsequia, os hará comprender, que vuestros compatriotas no son ingratos para aquellos, que como vos, nos dieron libertad y patria".           

Coronel José Maria Lastres. Héroe de Junín y Ayacucho

José María Lastres y Martínez de Tejada

José María de la Natividad Lastres y Martínez de Tejada, nació en Lambayeque el 7 de septiembre de 1798, del matrimonio de don Cristóbal de Lastres y Pasos, prospero comerciante natural de la Villa de Murgia en el reino de Galicia (España), y de doña Teresa Martínez y Soraluce, distinguida dama lambayecana. A los siete días de haber nacido fue bautizado en la iglesia matriz de San Pedro de esta ciudad por el cura propio de la doctrina o ramada de San Pedro Dr. Manuel Insua Pasos, siendo sus padrinos el ayudante mayor de milicias don Pedro Estela y doña Josefa Orvalle (Archivo Parroquial de Lambayeque (APL). Libro de Bautismos No 19. Año 1772 – 1811, f 143).

Recibió su primera educación en su pueblo natal, para luego, cumplidos los 14 años, seguir estudios en el Real Seminario de San Carlos y San Marcelo, en la ciudad de Trujillo. En esta casa de estudios, Lastres, escribe Ricardo Miranda Romero en su Monografía del Departamento de Lambayeque (1927):

"Siempre se distinguió por su constancia en el estudio y el trabajo, por su personalidad invariable y conducta intachable. Testimonio de todo ello es el certificado extendido en octubre de 1818, por el doctor don Juan Antonio de Andueza, rector del Seminario y cuyo tenor es el siguiente: “Siempre se advirtió en José María Lastres, mucha constancia en el trabajo, docilidad y juicio, sin que jamás se le hubiese tachado defecto alguno en su conducta". 

Lastres y Martínez de Tejada, fue un colaborador eficaz en el movimiento libertario del 27 de diciembre de 1820, en Lambayeque. Firmante del acta de la segunda proclamación de la independencia de Lambayeque, la madrugada del 31 de diciembre de 1820. El 25 de marzo de 1821, se enrola en el Ejército Libertador en el batallón “Numancia” con el grado de cadete. Estuvo en el primer sitio del Callao, con el grado de teniente primero. En 1823, hizo la Segunda Campaña de Intermedios al mando de los generales Agustín Gamarra y Andrés de Santa Cruz. Sirvió bajo las órdenes del Gran Mariscal José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete – figura destacada en las conspiraciones limeñas - en calidad de ayudante mayor. El 3 de mayo de 1823, obtuvo el grado de capitán. Incorporado al Batallón Legión Peruana estuvo presente en toda la titánica campaña de 1824, asistiendo a las históricas jornadas de Junín, a las órdenes del Libertador don Simón Bolívar, y Ayacucho, bajo el mando del general Antonio José de Sucre.

Después de esta última batalla fue ascendido al grado de sargento mayor. En 1825, estuvo en la campaña del Alto Perú, bajo el comando del mariscal Sucre. Con motivo de la conmemoración del segundo aniversario de la batalla de Ayacucho fue promovido a la clase de teniente coronel graduado. Durante la República tomó parte en la guerra con la Gran Colombia 1828 – 1829,  bajo las órdenes del general don José de la Mar. El 12 de octubre de 1829 fue ascendido al grado de coronel efectivo del Ejército. En 1836, participó en la Campaña del Sur, al mando del inquieto caudillo militar don Carlos Augusto Salaverry; junto a él estuvo en las acciones del Gramadal, Puente de Arequipa, Uchumayo, hasta batalla de Socabaya – Arequipa, 7 de febrero de 1836 - en que fue hecho prisionero. Aquí, por decisión propia, dio por concluida su carrera militar. Entre las preseas que lucía orgulloso sobre su pecho destacaban las medallas de Junín, Ayacucho y la de los Libertadores.

El coronel José María Lastres y Martínez de Tejada, fue casado con doña María Riglos y Benavente, bella dama arequipeña – con la que tuvo una ilustre descendencia - hija de don Marco Fermín de Riglos y Santa María y de la dama peruana doña Asunción Benavente. Lastres falleció en la ciudad de Lima el 7 de agosto de 1864, a la edad de 66 años. Sus restos fueron inhumados en el Panteón Nacional de los Próceres el 2 de octubre de 1968.