lunes, 2 de enero de 2012

El desaparecido Teatro de Lambayeque


Local del desaparecido Teatro de Lambayeque

Resulta paradójico, pero el viejo Teatro de Lambayeque desapareció sin que nadie le haya echado siquiera un “”Requiscat in pace” en esta ciudad. Pese a que además de representar un alarde de refinado buen gusto, evoca una época que en esta ciudad se va, desenfrenadamente, a jirones.

Sabemos que por sus cómodos palcos, su espaciosa platea y cazuela, desfilaron casi una generación de lambayecanos, así como también por su palco escénico, obra deslumbrante y artística, se presentaron durante dos décadas, artistas de todo género y de primera calidad, convirtiéndose, en su tiempo, en uno de los rincones más característicos de la ciudad. “Cuando hay una compañía lírica o dramática, el teatro, a pesar de su extensión, es incapaz de contener el gran número de concurrentes, pues predomina el gusto por tales espectáculos a la par que despliega en ellos, el público la mayor elegancia”. Ilustrativas líneas recogidas de las notas que sobre Lambayeque escribiera, en 1860, el viajero y escritor colombiano Próspero Pereira Gamba.

Para exhumar su trunco proceso vital hemos tomado notas del “Diccionario Teatral del Perú”, obra de Manuel Moncloa y Covarrubias, editada en 1905, ejemplar que se conserva en la Biblioteca Nacional del Perú, del Archivo Regional de Lambayeque, de los libros de actas de la Sociedad de Beneficencia Pública de Lambayeque y de las oportunas referencias del Odontólogo lambayecano Norberto Antonio Zapata Jordán. Conozcamos pues a continuación el inédito y viejo historial del desaparecido Teatro de esta Generosa y Benemérita ciudad.

Fue el acaudalado comerciante lambayecano don Martín Martínez, quien con el importe de algo más de 14,000 pesos, construyó, en 1850, el teatro de Lambayeque. Para esto había adquirido el terreno donde, desde mediados del siglo XVI, o sea desde la misma fundación de Lambayeque, se había ubicado el Tambo, lugar para reposo y manutención de los viajeros en tránsito, y perteneciente al “común” o “República” de indios del pueblo, situado en el lado este de la Plaza principal.

La inauguración oficial del flamante primer Teatro lambayecano se realizo el siguiente año de 1851. La ciudad de Lambayeque contaba pues desde ese momento con un magnifico edificio teatral, a la altura de sus progresos culturales y de su acrecentada población, convirtiéndose en uno de los mejores del norte del Perú.

Para la fastuosa inauguración, Martínez había contratado en la ciudad de Lima a la Compañía de Opera de don Pablo Ferreti, en la misma que figuraba como atracción principal la “prima donna”  María España. Para la ocasión el Teatro contaba ya con un soberbio y hermoso decorado en su proscenio, realizado por el actor nacional y pintor escenográfo don Santiago Rocha. Cabe recordar, que el centenario Teatro “2 de Mayo” de la ciudad de Chiclayo se inauguró el 28 de julio de 1878, veintisiete años después que el Teatro de Lambayeque abriera sus puertas al culto público de aquel entonces.

Contaba el antiguo Teatro con una sola fila de 19 palcos, divididos estos en dobles y sencillos, con banquillas de madera tapizadas de algodón. La platea contenía 400 butacas, gran parte de ellas tapizadas también y todas confeccionadas en madera de fino cedro. Bajo la hilera de palcos se encontraba situada la cazuela, llamada como en el antiguo Teatro de Lima “mosqueta”, y separada de la platea por una elegante verja de hierro forjado. Sus asientos consistían en varias graderías de ladrillo enlucidas con yeso. Su iluminación era entonces de velas de esperma, en bombas de cristal. Su capacidad total de 900 personas.

No hubo compañía notable en la ciudad de Lima, que al dejar esa capital, de paso al puerto de Guayaquil, en el Ecuador, hiciera escala en el antiguo puerto de San José y debutara en el “Teatro Principal” de Lambayeque. Sabemos que cuando éste atravesaba su mejor momento desfilaron por su escenario luminarias artísticas de primera línea en compañías de diversos géneros: óperas, dramas y zarzuelas. Ahí actuaron las compañías dramáticas de Arana y Sabaleta; de Guerra y la Rosa, del famoso Rendón; de Federico de Pravia; Gray Duclós; Fernández Gómez. La zarzuela de Risco; de Matey y la coreográfica de Casanova y la de Risco, etc.


Programa aparecido en el periódico "La Estrella del Norte" de Lambayeque
(16 de agosto de 1860. Archivo Regional de Lambayeque)

En 1862, dejaba de existir don Martín Martínez, dueño del Teatro, y este pasa a ser propiedad de su yerno don Ricardo Iturregui, conocido comerciante lambayecano, casado con doña Águeda Martínez. Para esto Iturregui había comprado las acciones de los coherederos de su esposa. La mala suerte acompañó a Iturregui. Los fuertes aguaceros y consecuente inundación del fatídico verano de 1871, con su secuela de ruina y desolación, trajeron por los suelos la cobertura del Teatro, y las torrenciales lluvias del, no menos aciago, verano de 1878, redujeron a escombros buena parte de las estructuras del local. Ricardo Iturregui, se vio también afectado y arruinado por la catástrofe.

En 1882, y durante la ocupación chilena en esta ciudad, el señor Iturregui fue notificado por el jefe militar de la plaza comandante Saavedra, para que en el término de 8 días levantara la frontera del arruinado Teatro, por el mal aspecto, argumentaba el oficial chileno, que éste presentaba. Como no le fuera posible cumplir con los plazos del intimidatorio mandato, dada la estrechez económica por la que atravesaba la familia Iturregui Martínez, y para no perderlo todo, remató, el 22 de junio de 1882, el local del Teatro al Sr. Nicolás Buzzo, de nacionalidad italiana, y a su esposa doña Clementina Monsalve, por la irrisoria suma de 1,000 soles.

Diez años después, en junio de 1892, Buzzo presentó, a la Sociedad de Beneficencia Pública de Lambayeque, un proyecto para la reconstrucción del Teatro. “Convencido – manifestaba – de la importancia que tiene en toda ciudad culta como esta, poseer un centro de recreo e ilustración y que a la vez sea una fuente segura para obtener recursos para obras públicas o pías”. Conformándose para tal efecto una comisión compuesta por los señores: Guillermo Valentín Fry, como tesorero, y Bernardino Salcedo como inspector de la obra, durante el tiempo que se empleara en ella. El proyecto fue aprobado, por unanimidad, por los miembros del directorio de la Beneficencia presidido por el Sr. Nicanor Inocente Leguía Salcedo.

La obra demandó una inversión de 6,340 soles, de aquella época. Para obtener el financiamiento, Buzzo constituyó una sociedad con los acaudalados vecinos de la ciudad de Lambayeque. Éstos se comprometían a entregar una suma determinada de dinero, que les daba derecho al palco que eligieran por el término de 10 años. Los palcos, según el plano preconcebido, estaban divididos en dos filas de 23 cada una, uno de ellos el central sería de propiedad municipal, los 45 restantes se vendieron de la siguiente manera:

                    Primera fila.
Un palco central Municipal.
6 de á  S/ 200. 00 cada uno ……..  S/ 1,200.00
6       S/ 150.00              ..............         900.00
4       S/ 130.00              ..............         520.00
4       S/ 120.00              ..............         480.00
2       S/ 180.00              ..............         360.00
__                                                           _________
22 Palcos.                                         S/ 3,460.00

                   Segunda fila.
1 Central....................................................  S/    200.00
6 de á  S/ 150.00 cada uno ...........        900.00
6       S/ 130.00              ...........          780.00
4       S/ 100.00             ............          400.00
4       S/   60.00             ............          240.00
2       S/  180.00            ............          360.00
__                                                             _______
45 Palcos en todo.              Total  S/ 6,340.00

En las cláusulas del contrato, que aparecieron públicadas el 18 de marzo de 1892 (impresas en la imprenta "El Fenix" de Lambayeque), se estipulaban las obligaciones que los compradores debían asumir, como por ejemplo:

3 = El pago de los palcos se hará en cuatro dividendos que representarán cada uno de ellos el 25% del valor de cada palco, debiéndose hacer la primera entrega, tan luego sean colocados todos ellos y llenadas las formalidades respectivas con las corporaciones, Municipal y Sociedad de Beneficencia.

4 = Todo comprador que no abone los dividendos subsiguientes del primero con la puntualidad debida se le dará una prórroga de diez días, vencida esta perderá su derecho de los dividendos entregados y el contratista podrá disponer del palco.

5 = La venta de los palcos será propiedad absoluta y ningún propietario podrá traspasar ó vender sus derechos sin dar aviso con anticipación al dueño constructor del Teatro ó a la Sociedad de Beneficencia cuando esta lo admitiere, pues ambos serán preferidos por el tanto.

6 = Para seguridad y orden de este proyecto la comisión recaudadora al recibir los dividendos, entregara á cada comprador un recibo impreso – provisional – los que serán canjeados al finalizar la obra por el titulo de propiedad, acompañado de una copia de los contratos que se formen con la Sociedad de Beneficencia y Municipalidad. 

Durante el periodo de los 10 años, la propiedad y rentas del nuevo Teatro, pertenecieron al italiano Nicolás Buzzo, vencido el plazo pasarían rentas y local a la Sociedad de Beneficencia Pública de Lambayeque, “con todos sus enceres y maderas”. Durante este periodo la Beneficencia se comprometía a exonerar “…la finca del antiguo Teatro, del censo pendiente” y no cobrar ninguno en lo sucesivo. Por su parte la Municipalidad “…hará la gracia de dispensar el pago de derechos de licencia municipal de los espectáculos que se verifiquen en el Teatro durante los 10 años”. También quedaba estipulado en una de sus cláusulas “que todo espectáculo que se dé en el Teatro cuyo producto se dedique á obras públicas ó pías de esta ciudad, gozará de su uso gratis, sin gravamen de ninguna especie, salvo los gastos ordinarios”.

La decoración del teatro estaría a cargo de un escenográfo traído especialmente, para el efecto, de la ciudad de Lima, el costo de esta obra sería de S/ 600.00, que estaban incluidos en el presupuesto. La obra del nuevo Teatro debería culminarse en seis meses o sea el 24 de diciembre de 1892 “…salvo casos fortuitos ó de fuerza mayor”. Los trabajos empezarían tan luego se vendieran todos los palcos “…y empozado en Tesorería el primer dividendo”. Buzzo, quedó además obligado a dar entrada al Teatro por la puerta principal de su casa, situada en la Plaza de Armas y al costado de éste, y de igual manera “…al uso perpetuo de sus patios, tanto en los días de función como en ensayos”.

La exposición del contrato terminaba con una NOTA, que a la letra decía: “Las personas que deseen tomar palcos pueden acercarse á la casa del Sr. Nicolás Buzzo hasta el 31 del presente, en donde les será presentado el plano y lugar que ocupa cada uno de ellos, para que al señalar el que les convenga, queden inscritos como propietarios”.  IMP. “EL FENIX”.

La venta de los palcos se agotó rapidamente, permitiendo que, en breve tiempo, la "Sociedad" iniciara los trabajos de reconstrucción del Teatro. Con esto, nuevamente las veladas literarias, las representaciones artísticas, en fin, el solaz y sano esparcimiento a los habitantes de esta ciudad.


Puerta principal de acceso al antiguo Teatro
 En 1896, se organizó una inolvidable velada literario musical con motivo de la reinauguración del Teatro, afectado por los copiosos aguaceros del verano de 1895. En ella el laureado poeta Emiliano Niño Pastor recitó su magistral poema titulado "La Lámpara de Aladino". Poema que el narrador, docente y promotor cultural Nicolás Hidrogo se aventura a catalogar como de corte histórico. Y no es para menos, en él, Emiliano Niño evoca el esplendoroso pasado del Teatro de Lambayeque, cuando dice:

                                      Cinco lustro, día a día,
                                 hace que en este lugar
                                 tenía el Arte un altar,
                                 un templo la Poesía.
                                Aquí, cuando Dios quería,
                                en este mismo escenario
                                con frenesí literario
                                aplaudía el auditorio
                                las décimas del Tenorio,
                                los aires del Belisario.
                              
                                      Aquí en alegres veladas,
                                 caballeros y señoras
                                 sentían correr las horas
                                 entre risas y palmadas;
                                 dulces horas con sagradas
                                 al inocente placer
                                 de escuchar y comprender,
                                 a la sombra del proscenio,
                                 los donaires del ingenio,
                                 los tesoros del saber.
                                ______________________________

Y refiriéndose a la ruina que trajo consigo la trágica ocurrencia del extraordinario fenómeno de “EL NIÑO” del verano de 1871, y que como hemos visto redujera a escombros el primer Teatro de esta ciudad, el poeta canta en otra estrofa:

                                         Pero el soplo destructor
                                    de calamidad impía
                                    vino a turbar la alegría
                                    con insólito furor:
                                    Su río murmurador
                                    convirtiéndose en torrente,
                                    rompiendo el dique y el puente
                                    se desbordó como un mar;
                                    amenazando el hogar
                                    del rico y del indigente.
                                  ________________________________

El insigne poeta no escatima, en éste su magistral poema, el dedicarle también algunos versos al hombre que había hecho posible la titánica tarea de reconstruir el desvencijado Teatro, el Sr. Nicolás Buzzo. Y aunque, por altruistas motivos, no lo nombra,  su clara alusión se deja traslucir en algunos de ellos, cuando dice:

                                           Incansable en la faena
                                      de reparar su quebranto,
                                      en vez del acerbo llanto
                                      y de la angustiosa pena.
                                      coge el azadón, ordena
                                      los escombros con ardor
                                      e inspirado en el amor
                                      al suelo donde ha vivido,
                                      con los restos del caído
                                      hace un Teatro mejor.

                                      Más… ¿Cuyo es el pensamiento,
                                     Cual es y de donde vino?
                                     ¿La Lámpara de Aladino
                                     que realizó este portento?
                                     ¿Dónde está el entendimiento?
                                     ¿Dónde ese Mago Celeste,
                                     que aún cuando el pueblo se preste
                                     venciendo ideas mezquinas,
                                     hace, de un montón de ruinas
                                     un edificio como éste?.....

                                     Lo sé; pero indiscreción
                                     revelarlo aquí sería;
                                     modesto,  se negaría
                                     a tan justo galardón
                                     Peruano por adopción,
                                     noble por temperamento,
                                     ejercita su talento
                                     en el pueblo donde vive
                                     y del que solo recibe
                                     votos de agradecimiento.
                                  ______________________________ 

El poeta, Emiliano Niño Pastor
El 8 de agosto de 1902, mediante escritura pública otorgada ante el escribano don Juan Manuel Rivadeneira, la señora Clementina Monsalve, a la sazón viuda de Buzzo, hacía la transferencia incondicional del Teatro, la madera y todos los útiles y demás enceres habidos en él, a la Sociedad de Beneficencia Pública de Lambayeque, representada por su director el Sr. Augusto F. León. De esta manera daba por concluido el contrato que celebrara su finado esposo en 1892. A la viuda, la Beneficencia le reconoció la suma de 120 soles plata y la “propiedad perpetua del palco Nº 11, primera fila de la izquierda, en el Teatro”.

En todo este tiempo el Teatro siguió brindando sus servicios. Una prueba de esto lo constituye la inédita carta, que felizmente obra en nuestro poder, que el 14 de septiembre de 1904, enviara al presidente de la Beneficencia el Sr. J. Paredes Ponce, presidente de la Comisión de Obras Públicas de la “Sociedad de Ilustración y Auxilios Mutuos” de Lambayeque” (fundada el 14 de agosto de 1904), comisión encargada de propender al ornato y embellecimiento de la, por aquel entonces, “ruinosa y destruida” ciudad. En la misiva Paredes manifestaba: que para obtener los fondos que les permitieran lograr sus caros fines se habían propuesto organizar “…una serie de representaciones teatrales”, y para esto suplicaban se les cediera “…de una manera graciosa el Teatro de Lambayeque a fin de que en él puedan actuar las representaciones que se organicen en la temporada actual”. El pedido fue aprobado por unanimidad por los miembros del Directorio.

En junio de 1905, el director Sr. Baltazar D. La Monja, logró que en el pliego del presupuesto adicional de la Beneficencia se consigne una nueva partida para gastos Imprevistos, en ella primeramente se asignaban cien libras peruanas para la conclusión total del Teatro de Lambayeque. El 28 de julio de ese mismo año la sociedad “Juventud Amantes del Progreso” de esta ciudad, organizó una “función dramática” en este local, destinando la tercera parte de lo recaudado en ella a favor de la Beneficencia.

A fines de mayo de 1922, el Sr. José María Cabrejos Pastor, obtuvo la buena pró del arrendamiento del Teatro por la suma de ochenta y seis libras peruanas y por el término de dos años.

Los fuertes aguaceros del fatídico verano de 1925, afectaron nuevamente las  estructuras del Teatro. En agosto de ese año, el Sr. M. Solís Albujar presentó, a la Sociedad de Beneficencia Pública de Lambayeque, una solicitud de alquiler del Teatro para funciones cinematográficas, por el término de cuatro años. En dicho instrumento se comprometía a pagar una merced conductiva de doce libras peruanas al año, ofreciendo además: el 25% del valor de las entradas liquidas de veinte funciones cinematográficas, el blanqueo de sus paredes, su respectiva pintura, el arreglo de los palcos y el aseo general del edificio. En octubre de 1925, la comisión elegida para estudiar el pedido llegó a un definitivo arreglo con Solís Albujar, por el cual éste se comprometía a pagar treinta libras peruanas de merced conductiva al año, dinero que serviría para construir el piso del Teatro, y el cumplimiento de los compromisos antes mencionados.

En diciembre de 1931, el Sr. Genaro García Salazar, presentó una propuesta de arriendo del Teatro, por esta vez por el término de diez años. El solicitante se comprometía a efectuar las refacciones necesarias y al pago de S/ 300.00 soles anuales. Al término del contrato las instalaciones del “material eléctrico” colocado por el arrendatario, quedarían en favor de la Beneficencia. Dado el monto a invertir en la reparación del Teatro, García Salazar solicitaba la exoneración del pago de su alquiler durante los tres primeros años. De lo contrario, si la Institución benéfica asumía este gasto, él se comprometía a  hacer la instalación eléctrica que quedaría, al finalizar su contrato, a favor de ésta. 

Las reparaciones consistían en: “remiendo” y blanqueo de sus paredes; limpieza interior del techo de calamina; pintura al temple del antepecho del proscenio; pintura al temple de los palcos, etc. El pleno del directorio aceptó la propuesta, pero no sin antes dejar constancia de que el pago mensual sea de veinticinco soles mensuales, que las reparaciones que efectuara el postor beneficiado sean efectuadas en un plazo no mayor de seis meses y que su monto no sea menor de novecientos soles. En caso de no cubrirse la cantidad referida “…el arrendatario cubrirá la diferencia con armadas mensuales no mayores del valor del arrendamiento mensual el que principiará a correr un mes después de cubierta la suma invertida por García en las reparaciones”.

Así y todo, el directorio dispuso también se ampliara el dictamen de la comisión en el sentido de que deben incluirse en el contrato, las calzaduras de las paredes, que el piso de la entrada y patio del Teatro sean de losetas y que cuente con los respectivos servicios higiénicos.

Aquí, en este lapso de aproximadamente doce años, contados desde 1922, las primeras cintas del cine mudo en Lambayeque, amenizadas, de cuando en cuando, por la vieja pianola de pedal que diestramente manejaba la señorita Francisca Ñiquen, conocida como la “Panchita”. Aquí las inolvidables proezas del ilusionista Ricardi y de las que nos daban cuenta viejos lambayecanos. Aquí, la esplendida velada que en favor del Hospital Belén de esta ciudad ofreciera, en marzo de 1934, el Centro “Felipe Pardo” de Tumán bajo la dirección de José de la R. Ramírez. Aquí la inolvidable “Manonguita”, acérrima leguiísta, con su pulcro puesto de venta de alfajor y caspiroleta a la puerta del Teatro.

A mediados de noviembre de 1934, el tesorero de la Beneficencia daba cuenta al directorio en pleno, que el arrendatario del Teatro se encontraba adeudando, hasta esa fecha, ocho meses de merced conductiva. En el acto se le notificó para que en el término de quince días cancelara su deuda. En diciembre del citado año, García Salazar comunicaba a los miembros del directorio de la mencionada institución, que le era imposible cumplir con esta obligación “…por su mala condición económica en el negocio cinematográfico que explota”, y que debido a esto daba por rescindido el contrato. Si embargo solicitaba se le reconocieran los gastos invertidos en la reconstrucción del Teatro, que le serían descontadas en arriendos tan pronto como el local estuviera en condiciones de poder trabajar para el público.

Leída la solicitud en cesión extraordinaria efectuada a fines de diciembre de 1934, los miembros del directorio, bajo la presidencia del director Sr. Antonio Monsalve, acordaron: 1.- dar por rescindido el contrato. 2.- Las reparaciones o inversiones que se hubieran efectuado en el local quedaban a favor de la Beneficencia. 3.- Dispensar del pago de cien soles oro por concepto de alquileres al arrendatario (estos sumaban ya diez meses). 4.- Desechar de plano el reconocimiento del cincuenta por ciento de los gastos invertidos en la reconstrucción del Teatro. 5.- Concluida la refacción del Teatro por parte de la Beneficencia, el Sr. Genaro García Salazar tendría la preeminencia en el arriendo en igualdad de precio.

Todo indica que las partes llegaron a un feliz y común acuerdo, ya que un mes después, a fines de enero de 1935, el director ingeniero Julio Arce, a la sazón inspector del teatro, pedía se nombrase una comisión para que viera la manera de llevar a cabo la culminación de los trabajos de reconstrucción del Teatro. Fueron nombrados para conformar esta comisión los señores Cúneo y Frankin, presidida por el director Arce, en su condición de inspector del Teatro. El mismo Arce manifestaba que para llevarse a cabo los trabajos de reconstrucción, y no contando la Beneficencia con los fondos necesarios, se solicitara a la Junta Departamental “Pro Desocupados”, una partida de dos mil soles para atender a éstos gastos. En este mismo año se ofició a la Municipalidad de Lambayeque para que proveyera del servicio de agua potable al local del Teatro.

La Municipalidad Provincial de Lambayeque fue la primera en acudir en favor de la refacción del viejo Teatro, aportando la suma de mil soles oro, por concepto de “Reconstrucción del Teatro”. Estos serían abonados en cuatro trimestres de doscientos cincuenta soles cada uno. En el proyecto inicial presentado por el ingeniero Arce no se habían considerado ciertos trabajos, que a concepto de los miembros de la junta eran de vital importancia, como la reforma de los servicios higiénicos, la reconstrucción del piso del proscenio, a punto de desplomarse, y la reparación del techo. Incluidos estos trabajos el costo del proyecto importaría unos diez mil soles oro. Dado el elevado monto y la carencia de medios para ejecutarlo se procedió, con el dinero abonado por la Municipalidad, a llevar a cabo solamente las obras que requerían más urgencia.

No cabe duda que desde este momento comienza la inevitable agonía del local del viejo Teatro lambayecano. En septiembre de 1935, con sólo los mil soles subvencionados por el municipio lambayecano se comenzaron los trabajos de su lenta y parcial refacción,

Hasta la década del cincuenta del pasado siglo, se podían apreciar en su interior las estructuras de madera y parte de los palcos de lo que había quedado del imponente Teatro de Lambayeque. Por algunos años funcionó en uno de sus ambientes la oficina del “Correo” de esta ciudad, bajo la administración del Sr. Antero Rivas. Después la fabrica de fideos “Napoli”, de los hermanos Batistini. Destruida ésta por un voraz incendio en 1961, estos terrenos fueron acondicionados para albergar a la Escuela de Agricultura, después Universidad Agraria del Norte, que unida, en 1970, con la Universidad Nacional de Lambayeque devino en la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo (UNPRG).

Hoy parte del extenso local lo ocupan el Vicerrectorado y oficinas anexas de dicha UNPRG, con frente a la Plaza de Armas “27 de Diciembre”, y las oficinas de la Sociedad de Beneficencia Pública de Lambayeque, con cara a la calle Atahualpa de esta ciudad.


  

domingo, 1 de enero de 2012

Una joya del arte virreinal en Lambayeque


Cristo Pobre

La ciudad de Lambayeque es poseedora de un valioso Patrimonio Cultural mueble, cuyos ejemplares más representativos se encuentran al interior de su Iglesia Matriz de San Pedro. Una clara muestra de ello lo constituyen sus magníficos retablos dieciochescos de madera tallada, policromada y dorada en pan de oro, y los significativos testimonios de su imaginería virreinal.

Tanto los retablos, como las esculturas que exornan esta Iglesia, fueron costeados con dinero obtenido por los propios cofrades, con el peculio de algún acaudalado mayordomo o sufragados con dinero de los indios principales del pueblo de Lambayeque. Tal es el caso de la imagen de Cristo Pobre, que se venera en esta Iglesia.

Lamentablemente, como sucede con la totalidad de esculturas antiguas en esta Iglesia, no nos es posible dar con el nombre del artífice de esta impresionante talla. Esto obedece, más que todo, a la escasez de conciertos de obra, o papelería afín, en los archivos públicos y eclesiásticos de nuestra región. Por el momento sólo podemos deducir, dadas sus características, que esta lograda joya de las artes plásticas virreinal fue realizada en los afamados talleres artísticos de Quito, Ecuador.

Los inéditos datos que sobre esta obra de excelente calidad artística daremos a conocer a continuación, los hemos rescatado de un viejo protocolo que se conserva en el Archivo Regional de Trujillo. Veamos.

El 24 de mayo de 1784, don Manuel Albujar y don Antonio Farro, indios originarios del pueblo de San Pedro de Lambayeque, y por el apelativo de “don” principales en éste, pedían licencia al Obispo de Trujillo don Baltazar Jaime Martínez de Compañón, para poder colocar en la Iglesia Matriz de Lambayeque una efigie del Señor Cristo Pobre, que decían estaban: “a sus expensas costeando”.

De paso solicitaban al Obispo, les permitiese pedir limosna, para cubrir los gastos que demandarían: “…el mejor culto y veneración de dicha soberana efigie”, y poder, con el tiempo, formar también una cofradía. Todo esto, argumentaban, mientras se concluía la “…obra del Colegio”, lugar donde Albujar y Farro habían determinado colocar la “sagrada efigie”.

A los pocos días recibieron la contestación, felizmente afirmativa de Martínez de Compañón, tanto para la colocación de la efigie en la Iglesia, como para la “colectación” de limosnas, pero con la salvedad, dictaminaba el citado Obispo, que estas, “…sólo se pidiesen dentro de la Iglesia. De ninguna manera fuera de ésta, y solamente de los fieles que a ella concurriesen, “…sin interrumpirlos en sus oraciones y sacrificios”. De velar por el fiel cumplimiento de este superior mandato, se hacía responsable, manifestaba el Obispo, al Vicario de la doctrina o ramada de San Roque de Lambayeque, licenciado don Matías de Soto y Soraluce.

En vista del anterior Decreto, Albujar pidió, el 12 de febrero de 1785, facultad para colocar la imagen de Cristo Pobre en la Iglesia Matriz. Insistiendo nuevamente, en su calidad de mayordomo de la “soberana imagen”, el pedir limosna libremente, tanto dentro de la Iglesia “…como en las calles de este pueblo”. Manifestaba, de paso, era su deseo el fundarle una cofradía.

Tres días después, el Vicario de Soto y Soraluce le hacía recordar que el Decreto concedido por el Obispo, sólo le otorgaba la facultad de "...exgir limosna dentro de la Iglesia y de ninguna manera fuera de ella", adviertiéndole además que estaba prevenido que estaba prevenido "...por la leyes veinte y cinco, título cuarto y segundo, título veinte y uno libro primero de las Municipalidades", que no se funden cofradías sin expresa licencia del Rey y autoridad del Prelado Eclesiástico, "...ni se pidan limosna en los pueblos de indios sin las de estos y las de las respectivas Audiencias". El Vicario le manifestaba también al inquieto mayordomo Albújar, que todavía no tenía permiso para fundar una cofradía, y que por el momento sólo colocase la imagen en la Iglesia.


Detalle del rostro de Cristo Pobre

Por todo lo mencionado se desprende que esta lograda talla barroca de madera policromada, encarnada, ojos de cristal, sudario de tela encolada, de autor anónimo y de aproximadamente 117 centímetros de altura, fue trasladada a la Iglesia San Pedro de Lambayeque en febrero de 1785, o sea hace 136 años atrás. Sabemos también ahora que costearon su realización los señores Manuel Albújar y Antonio Farro, indios originarios del pueblo de Lambayeque, quienes a su vez fueron sus primeros mayordomos.

La imagen se encuentra actualmente en la hornacina de la calle lateral izquierda del retablo barroco de San Antonio ubicado en la nave de la Epístola. Es la representación de Jesús en uno de los momentos más dramáticos de su Pasíon. Se le muestra de contextura delgada y semidesnudo. Su semblante ofrece una expresión de angustia y abandono, con la mirada hacia abajo y los parpados sombreados, la nariz recta, los pómulos acusados, la boca entreabierta mostrando claramente los dientes superiores tallados y parte de la lengua. La barba ligeramente bífida.

Se encuentra sentado sobre una silla de madera de moderna factura y dorada con purpurina, asiento de pana color rojo. Se encuentra con las piernas cruzadas, el pie izquierdo descansa sobre un cojín forrado en tela de pana color rojo. La cabeza y el tórax ligeramente hacia delante y ladeados  hacia el lado derecho del cuerpo. La cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha descansa sobre la mano del brazo derecho, cuyo codo se asienta en la pierna del mismo lado. El brazo izquierdo cruzado descansa sobre la pierna derecha. Es fin se trata de un Varón de carnaciones  mate, con visibles heridas en ambas rodillas, hombros y espalda, producto del Vía Crucis y la flagelación.          

Su estado de conservación es bueno, aunque presenta pequeños craquelados en algunas partes de su cuerpo y la cola o pegamento de la burda tela del sudario ha perdido adhesividad por el paso de los años. También ha perdido buena parte del encarnado de los dedos de ambos pies, sobre todo del derecho, por el continuo rozamiento  a que estan sometidos por los feligreses.

La imagen de Cristo Pobre se ha convertido, desde hace más de un siglo, en uno de los principales pasos de la tradicional procesión de viernes Santo en la ciudad de Lambayeque. Para esta solemne ocación no aparece desnudo, sino vestido con rico manto de color carmesí, cabellera postiza y tres potencias de plata sobre su cabeza, como símbolo quizás de su triunfo ante el dolor y la muerte.


                                        
                                                       Cristo Pobre. (Viernes Santo. 2,011)  

miércoles, 28 de diciembre de 2011

La "Casa de La Cotera" o "Casa Descalzi" en Lambayeque


Casa de la Cotera o Descalzí en Lambayeque
En julio del 2005, culminamos con la paciente tarea de llevar acabo la investigación histórica de esta hermosa casa solariega virreinal lambayecana, ubicada en la antigua calle "Real de Mercaderes", conocida después bajo las nomenclaturas "del Comercio", "Victoria" e "Independencia" y, desde fines del siglo XIX, como calle "8 de Octubre". Mansión dieciochesca, signada con el número 345, y declarada Patrimonio Cultural de la Nación, mediante Resolución Jefatural Nº 009 - INC, del 12 de enero de 1989. Todo esto, en aras al veraz y real conocimiento del proceso vital del Patrimonio Cultural inmueble lambayecano, y con ello propender al desarrollo de la promoción turística al interior de esta Generosa y Benemérita ciudad.

En esta entrega daremos a conocer los inéditos pormenores de su devenir en el tiempo, no sin antes dejar constancia que su actual denominación obedece al hecho de haber sido la familia Descalzí, de origen italiano, una de sus últimas propietarias; siguiendo con esa vieja tradición de nombrar a las viviendas por un hecho trascendental acaecido en ellas o por el apellido de sus legítimos dueños.

Síntesis cronológica. Siglo XVII

Después de afanosa búsqueda, el antecedente más temprano que hemos podido localizar es que a mediados del siglo XVII, el indio principal don Nicolás Nuquequé era propietario, por herencia de sus antepasados, de una primitiva "casa, sitio y  solar", en parte del terreno donde se levanta hoy la denominada casa "Descalzi", con su frontera a la vieja calle "Real de Mercaderes".

El 11 de mayo de 1698, su hijo y único heredero don Pedro Felipe Nuquequé, "Alcalde ordinario de los indios naturales" de la ciudad de Trjillo, otorgó Poder al Maestre de Campo don Joseph Bernardino Temoche Farrochumbi, cacique principal y gobernador de los pueblos de Lambayeque y Ferreñafe, ante el escribano público y de cabido de Trujillo, don Francisco Ángel Cortijo Cueros, para que especialmente venda dichos bienes. (Causas Civiles 1782. Archivo Regional de Lambayeque).

El patronímico Nuquequé lo encontramos con la denominación de "Noquique", en el ensayo "El Dueño de Indios" de la historiadora norteamericana Susan E. Ramirez, aparecido en 1993. Este era el nombre de un antiguo asentamiento reducido en el pueblo de Cherrepe por el año de 1584. De lo que se deduce eran los Nuquequé pachacas principales de esta primitiva comunidad nativa, hoy desaparecida.

El 3 de julio de 1698, el cacique Temoche, en virtus del poder concedido, vendía el "...pedazo de sitio y casa" de la calle "Real de Mercaderes", con sus "...dos puertas, cerraduras y llaves corrientes". al Comisario General de Caballería don Andrés de Rubiños y Andrade. En el instrumento de venta se hacía constar sus linderos y las "...veinte y seis varas y media de largo y diez y seis, y dos trecias de ancho" que medía.

El 28 de enero de 1699, doña María Rosa Minollulli y su hijo don Marcos Sono, alcalde ordinario del pueblo de San Pedro de Lambayeque, enajenaban, ante es escribano de cabildo de los naturales de este pueblo capitán don Martín Ñuum, un "pedazo de sitio", situado a espaldas del anterior, de "...veinte varas de largo y ocho varas de fondo", al mismo don Andrés de Rubiños y Andrade.

Reseña Cronológica. Siglo XVIII

El 4 de septiembre de 1722, el alférez don Simón Jácome de Brenes, compraba, por la suma de 52 pesos de a ocho reales, los "...dos sitios y solares conjuntos" al Licenciado don Manuel Joseph de Rubiños y Andrade, hijo legítimo y heredero de don Andrés Rubiños y Andrade, que como hemos visto anteriormente éste los había adquirido, a fines del siglo XVII, de los Nuquequé y Minollulli. La escritura de venta se ejecutó ante el notario público y de cabildo don Lino de Herrera (Protocolos. Año 1722. Fol. 96 v. ARL).

Brenes había nacido en la Villa de Santa Cruz, en el Reyno de Mallorca; hijo legítimo de don Jacobo de Brenes y de doña Catalina Rattela. Casó en Lambayeque con doña Micaela Guerrero de Miranda, hija legítima del capitán don Antonio Guerrero y de doña Blaza Muñoz y Miranda.

Doña Micaela, redactó su testamento el 13 de mayo de 1771, documento que no firmó "por que dijo no saber escribir", a ruego de la otorgante lo hizo don Joaquin Baltazar de Agular. En el instrumento hace constar que durante su matrimonio con el Alférez Brenes tuvieron por legítimos hijos a nueve vástagos, "...de los cuales murieron cinco los dos de ellos que fueron Pedro Nolasco y María Antonia en la menor edad y María de las Mercedes, María Luisa y María Ignacia Brenes, murieron ya en la mayor edad, y solo viven don Juan Anacleto, don Manuel, don Rafhael y don Matheo Brenes".

En otra cláusula de su testamento declara dejar por sus bienes la casa en que moraba "...Cita en la calle Real de este dicho Pueblo que linda por el medio día con Josefa Nugun, y con el corral de don Justo de Rubiños y Andrade, por el septentrión con casa de Pedro Carrasco, Nicolás Chuzo, e Ignacio Sinsay, por el oriente, que es a sus espaldas, con sitio de don Juan Joseph Vidaurre, casa de Toribio Cetrino, y un pedazo de sitio que vendi al Licenciado don Manuel de Rubiños y Andrade, la cual dicha casa compró el expresado mi marido durante nuestro matrimonio...". Por último manifestaba dejar como su albacea testamentario y "tenedor de sus bienes", a su legítimo hijo don Manuel de Brenes y, a falta de éste, al resto de sus hijos. (Manuel Vasquez Meléndez. 1770 - 1775. Legajo 02. Fol. 66. ARL).

Todo parece indicar que para el año de 1780, y ya difunta doña Micaela y, tal vez, don Manuel de Brenes, quedaba solamente como  su albacea testamentario su otro hijo don Juan Anacleto de Brenes Guerrero de Miranda, natural de lambayeque y residente en la ciudad de Lima, o, en su defecto, en él había recaído el Poder, ya que 14 de agosto, del citado año, otorgaba una Carta Poder a su hijo Fray Policarpo de Brenes, ante el escribano don Santiago Martel, para que "...representando su persona pueda vender y venda una casa solar", que habían dejado sus padres en la "calle Real de los Mercaderes" del pueblo de Lambayeque, avaluada "...por dos personas inteligentes" en la cantidad de 1,898 pesos de a ocho reales.

El 10 de enero de 1781, en uso del mencionado poder el R.P Policarpo de Brenes vendía a doña Agueda Rodriguez Duran, vecina de Lambayeque, el sitio y solar con una tienda fabricada de quincha: "...con diez y seis varas de frente y treinta de ancho desde el patio, y de fondo cincuenta varas, y un callejón de dos varas de ancho que pasa a la calle de las tres Cruces", por el valor de 1,500 pesos de a ocho reales. La antigua calle de las "tres Cruces", es la que ahora se conoce como calle "Junín" en esta ciudad, y se encuentra a espaldas de la casa objeto de nuestra investigación.

En el documento se dan también, como es de suponer, los linderos de la casa, solar y tienda materia de la venta, veamos: "...por un costado con casa de Josefa Ñugun, y corral del Licenciado don Justo Modesto Rubiños y Andrade, y por el otro con tiendas de Nuestro Amo Sacramentado y corrales de Jacinto Huerta y Joseph Ñugun, por fondo con callejón que sale a las tres Cruces y casa del difunto Presbítero don Luís Rosas y de sus legitímos hermanos, y por el frente calle en medio con la casa que fue de Alejandro de la Oliva".

Doña Agueda Rodriguez Durán, estaba casada con don Pedro Fernández de la Cotera y Fernández "Alguacil Mayor del Santo Oficio de la Inquisición" en Lambayeque y dueño de las haciendas de Cayaltí y Pítipo. Don Pedro era natural del Reyno de Urgallo en las montañas de Burgos, España; hijo legítimo de don Pedro Fernández de la Cotera y de doña María Fernández de la Somera. Durante su matrimonio procrearon varios hijos de los cuales sólo sobrevivieron cuatro, a saber: doña Clara, doña Gregoria, doña María del Carmen y doña Isidora de la Cotera y Duran.

En agosto de 1782, después de derribar la precaria casa y la "tienda de quincha", y dejar expedito el terreno, que como hemos visto anteriormente su mujer adquirió de los Brenes, don Pedro Fernández de la Cotera abría zanjas para colocar los cimientos de una nueva propiedad. Esta sería justamente, con el correr de los años, la casa solariega que hoy se conoce como "Casa Descalzi".

Cierto pleito con don Gregorio José de Atocha, su convecino, originado por una supuesta introducción en el solar de éste, obligó a don Pedro de la Cotera a paralizar la obra por un año, mientras se dilucidaba el problema. Duperado el impase se reiniciaron las labores en 1783, seis años después en 1789, se dió por concluída su "fabrica". Esta es la fecha que figura grabada en las dos hojas de madera tallada de su pesado portón de acceso principal. Este sería también el año en que don Pedro Fenández de la Cotera, por disposición testamentaria otogada en Lambayeque, ante el escribano don Joseph Vásquez Meléndez, declarara en una de sus cláusulas, le dejaba  la flamante "...casa grande situada en la calle Real de Mercaderes" a su legitíma y primogénita hija doña Clara de la Cotera y Durán. (Tomo XX. Años 1787 - 1789. Legajo Nº 11. ARL).

El siguiente año de 1790, en la Iglesia San Pedro de Lambayeque, ante el Dr. don Juan Ignacio de Gorrichategui, Canónigo de la Iglesia de Trujillo, doña Clara Cotera contrajo matrimonio con el Licenciado don Joseph Andrés Delgado, abogado de las Reales Audiencias de Lima Y Quito, e hijo legítimo del Maestre de campo don Francisco Antonio Delgado y de doña Antonia Gardea. (Libro de Registros Matrimoniales. Archivo Parroquial de Lambayeque).

A dicho compromiso doña Clara trajo por dote y caudal, otorgado por su padre: dinero en efectivo, cinco esclavos de diversas edades, plata labrada, cobre, muebles, valiosas joyas, fina ropa de su uso, una silla de montar guarnecida de plata, "...una manada de ganado cabrio gorda al cuchillo", y también la casa "...de pared de adobes de fabrica nueva situada en la calle Real de este Pueblo". Todo avaluado en 25,604 pesos 3 reales.

Satisfecho don José Andrés Delgado, otorgó, el 28 de junio de 1791, ante el escribano don Manuel Vásquez Meléndez, "carta dotal y recibo" a su suegro don Pedro de la Cotera. La casa fue tasada por don Gabino Miguel del Pozo en 10,000 pesos, "...en consideración a lo que ha padecido, y la han maltratado las lluvias del último marzo, y su estado actual". (Año 1790 - 1791. Legajo Nº 09. ARL).

Doña Clara de la Cotera sobrevivió a su esposo, y cuando dejó de existir, a mediados del siglo XIX, sus hijos los Delgado de la Cotera, heredaron el solar patricio.

Propietarios. Siglo XIX y XX

A fines del siglo XIX, era propietario de la mansión don Luís Salvador Descalzi Gagliardo, casado con doña Aurora Mendoza, natural de la ciudad de Tacna. Le sucedieron sus hijos: Atilio, Carlos, Héctor, Josefina y Isabel Desclazi Mendoza.

FamiLia Descalzi (1900)
Ciertos apuros económicos obligaron a la familia Descalzi a hipotecar la casa al señor Juan Cuglievan, próspero comerciante de Chiclayo. A principios del siglo XX, el señor Atilio Descalzi Mendoza levantó la hipoteca. Don Atilio, Cósul de Italia en Lambayeque, estaba casado con doña Ana de Bernardy, que le sobrevivió.

A la muerte de doña Ana, quedó como única y legítima propietaria de la casa su sobrina doña Yolanda Astudillo Arrincon, que con gran esfuerzo, peculio y dedicación la mantiene hasta nuestros días. En ella mora doña Yolanda en compañia de su hija Sra. Ana Marchand Astudillo, su yerno el Sr. Eduardo Sayán Yionella y los vástagos de ambos Carlos y Paloma Sayán Marchand.

Para terminar, debemos anotar que desde hace un par de años atrás, la remozada casa virreinal, que mandara construír don Pedro Fernández de la Cotera y Fernández, entre 1782 y 1789, se ha convertido en un atractivo y acogedor restaurand turístico lambayecano, que lleva por nombre "La Casa Descalzi", apellido de sus últimos propietarios.

Detalle del hermoso balcón de la "Casa Descalzi"



martes, 27 de diciembre de 2011

Lambayeque en el Siglo XVIII.

Situado justo en medio de los antiguos partidos de San Miguel de Piura y Trujillo, se encuentra, a "dos leguas del mar", el laborioso pueblo de indios de San Pedro de Lambayeque. Se asienta en un pequeño y fértil valle, bañado por cuatro acequias regaderas que se desprenden de su arcaico y temperamental río, que lo surca de este a oeste hacía el septentrión de su emplazamiento principal.

"Campo llano, despejado y muy frondoso", anota el Cosmógrafo Mayor del Virreinato del Perú don Francisco Antonio Cosme Bueno y Alegre, en sus famosas "efemérides" del año de 1777. Tierra ubérrima de orígenes tan remotos que se pierden en la pátina del tiempo, rodeada de algarrobos, sauces, faiques, vichallos, hierba santa y médanos de arenas movedizas y cambiantes.

Arruinada la villa de Santiago de Miraflores de Saña, a raíz de una fatal inundación el 15 de marzo de 1720, el Corregidor, el Justicia Mayor, el Alférez Real y de hacienda, el Escribano de cabildo, en fin todo el aparato administrativo, militar, parte del eclesiástico, además de buena parte de sus vecinos más representativos deciden una década después, abandonarla a su suerte; trasladándose al surgente pueblo de indios de San Pedro de Lambayeque; aportando de esta manera - escribe el historiador Dr. Jorge Zevallos Quiñones - "...el núcleo de la famosa sociedad lambayecana de los siglos XVIII y XIX".

"Allá quedaron muchos negros leales como sus pétreos cerritos de cal y buenos como su suave tabaco", diría Ismael Aspillaga Anderson, en una sabrosa conferencia ofrecida en el "Club Lambayeque" de Lima, en 1944. Y San Pedro de Lambayeque, la tierra de caciques, pachacas, mandones y mandoncillos, en fin, de una nativa y secular nobleza local, se convirtió, anota Cosme Bueno, "en el más opulento y más grande" de la región".

Parafraseando a Carlos Camino Calderón, autor de la novela "El Daño", diremos que Lambayeque se convirtió en "solar y vivero" de los Salcedo y los Temoche Farrochumbi; de los Delgado y los Minollulli, de los Briones y los Techún; de los Odiaga y los Minsec; de los Ripalda y los Infuc Corñan; de los Medina y Búcaro y los Maquen; de los Gástelu y Pereda y los Failoc Huerta; de los Robles y Garay y los Azabache; de los de la Banda y los Efquen; de los Vidaurre de la Parra y los Fayso, etc.

Todos los estudiosos coinciden en anotar que Lambayeque adquirió bien pronto gran importancia. Desde mediados del siglo XVIII, aumentó notablemente su población y gracias al espíritu progresista y emprendedor de sus moradores y a la política liberal de Carlos III, en que se abrieron los puertos de España a la América, crecieron sus industrias, agricultura y comercio, incrementando de por sí sus caudales. El Virrey  Teodoro Francisco de Croix Heuchin en sus "Memorias" de fines del siglo XVIII, refiriéndose a Lambayeque lo nombra, como "el pueblo rico".

"Aquí viven los indios más ricos del reino", diría también el Contador de la Real Audiencia de Lima don José Ignacio de Lecuanda, en su "Descripción del Partido de Saña o Lambayeque", por ser estos, agrega: "muy propensos al comercio y manufacturas", llegando incluso, en algunos casos, a aventajar a los españoles que residen en él (Mercurio Peruano. T. II, 1789).

En el "numeroso y comerciante" pueblo de Lambayeque, ya a estas alturas capital del partido del mismo nombre, convive una población de aproximadamente 12,000 habitantes de ambos sexos, entre españoles europeos, criollos, mestizos, indios, negros, sambos y mulatos, tanto esclavos como libres.

Su zona urbana cuenta con 1,500 casas, algunas de ellas de "muy buena fabrica", distribuidas en manzanas que asemejan un tablero de ajedrez; tal y como se encuentra graficada en el plano que de este pueblo mandara levantar el Obispo de de la Diócesis de Trujillo Don Jaime Martínez de Compañón, en 1784.

Entre las mansiones solariegas dieciochescas destaca la casa solariega construida entre los años de 1751 y 1754, por el maestre de campo don Nicolás Jaramillo de la Colina, conocida hoy como casa de la Logia o Montjoy; la casa Descalzi, mandada edificar por don Pedro Fernández de la Cotera en 1782 y concluida en 1789; la casa Leguía Cúneo de mediados del siglo XVIII; la casa Iturregui, de doña Catalina Aguilarte de Iturregui, construida en 1777, ubicada en una de las esquinas de la Plaza principal y derribada por la "piqueta del progreso" en 1928. Los materiales constructivos más habituales fueron el adobe, la madera y el ladrillo.

La mayor parte de la población de la población aborigen moraba en casa de cañas enlucidas con barro y en populosos barrios como el de "la Otra Banda", situado al norte del pueblo, del otro lado del río, al que se accedía por un primitivo y único puente, ubicado en la antigua calle "del Puente", después "Puente Viejo", hoy calle Gálvez; el antiguo barrio del "Horno" o del "Horno de quemar ladrillos", después la Ladrillera", hoy 28 de Julio; el de "Chancay", hoy Bolognesi, y por último el barrio de "San Carlos", destruido por los terribles "niños" de los veranos de 1791, 1828 y 1871, éste se encontraba ubicado en los terrenos donde, desde 1952, se levanta el Parque Infantil "Victoria Mejía de García" y el Colegio " Juan Faning García" en esta ciudad.

En fin, sus calles rectas y en algunos casos estrechas y serpenteantes, con el propósito de evitar los fuertes vientos alisios o del Sur, y sus infaltables callejones como el de "Coheteros" o de la "Luna", hoy calle Manco Cápac; el callejón de "Chinchay" en la vieja calle "Real de Mercaderes", después del "Comercio" e "Independencia", hoy calle 8 de Octubre; el "Culebrón", después "Pueblo Nuevo", hoy calle Tarapacá; el callejón "Rojo", en la cuadra 2 de la actual calle Grau; el callejón de la "Aduana", hoy prolongación de la calle Atahualpa, etc.

Cuenta Lambayeque con una espaciosa Plaza Mayor o Real, aparte de las de Belén y San Carlos. Desaparecidas, estas dos últimas, como consecuencia de las inundaciones de 1791, la primera, y con las de 1828 y 1871, la segunda, conjuntamente con su capilla y hermosa alameda. Con una imponente Iglesia Matriz bajo la advocación de San Pedro, patrono de la ciudad, engalanada con hermosos retablos de elaboradas tallas de madera y pan de oro, como el de Nuestra Señora de las Mercedes, ubicado en el crucero de la nave del Evangelio, considerado una de las joyas más esplendidas del arte religioso virreinal de las costa Norte del Perú. Fue ensamblado por el "maestro de carpintería" trujillano don Juan Inocencio de Herrera, entre los años de 1783 y 1786. Magnífica imaginería de madera policromada procedente, en buena parte, de los reputados talleres de Quito, entre la que destaca la imagen de "Cristo Pobre", donado a la Iglesia en 1784, por don Manuel Albujar y don Antonio Farro, indios originarios del pueblo de Lambayeque.

Cuatro capillas doctrinales o "ramadas", ubicadas a un costado de la Iglesia, denominadas de Santa Catalina; San Roque; San Pedro, actual capilla de San Francisco de Asís; y Santa Lucía, hoy completamente desaparecida; casa de "Aduana", para el cobro de alcabalas y rentas estancadas; casa de Cabildo, con su respectiva carcél; un viejo Tambo, para el justo descnaso de los comerciantes y viajeros en tránsito; un Convento, Iglesia, Hospital y Cementerio de la Orden Religiosa Betlemita, situados al noroeste del pueblo, en la vera misma de su río, y por esto arruinados con la inundación de 1791, y por último un Colegio nombrado "San Salvador", cuya fabrica se iniciara en 1784, y sin llegar todavía a su total conclusión se llegara a arruinar también en el verano de 1791, a raíz de las copiosas lluvias y fatal inundación de aquel año. que dando solamente de este "un arco y un muro".

Esta es pues, si se quiere, una apretada sintesís de su proceso vital entre los años de 1750 y 1790. Así lo vieron y retrataron Cosme y Bueno, Lecuanda y Martínez de Compañon. Un pueblo industrioso, febril, comercial. Rodeado de "tinas", entre las que destacaban la siguientes:

"Tina de Velez.- Don Raphael de Velez tiene tenería corriente con 20 esclavos. - Tina de Yrigoyen.- Don Joachin de Jrigoyen tiene una tenería corriente con 25 esclavos Tina de Texada.- Don Juan de Texada tiene tenería con 22 esclavos Tina de Villapol.- Don Joseph de Villapol y Gastelu tiene tenería corriente con 24 esclavos Tina de Gastelu.-. El licenciado Don Bonifacio Gastelu tiene tenería corriente con 12 esclavos" (Departamento de Lambayeque: monografía histórico-geográfica", Lima 1922).

Casas tinas en las que curtidos negros esclavos, de las grasas de numerosas manadas de cabras, "de 60 a 70 manadas de ganado cabrio, componiéndose cada una de 850 cavezas", que se beneficiaban de año en año, elaboraban jabón y velas, y curtían los cueron para la fabricación de suelas y cordobanes, que se vendía a muy buen precio en la ciudad de Lima y fuera de ella. Por su antiguo puerto de San José se embarcaba, en mazos, el abundante tabaco que producía Motupe, Saña y Chiclayo, para su comercialización en Lima y Chile, con muy buenos dividendos.

Existe gran cantidad de parrales, de donde se elaboraban exquisitos vinos, y uvas de Italia, con las que se preparaban sabrosos dulces. Gran cantidad de sementeras de maíz, para la elaboración de la secular, tradicional y espumante chicha de "dos cocidas" y el mote, que acostumbraban comer los naturales en vez de pan. Entre las menestras los frijoles, "chilenos", garbanzos y pallares son los que más siembran, cosechan y consumen.

En fin un pueblo festivo, abundante y generoso éste el de Lambayeque del siglo XVIII, donde existía "mucha gente honrada y noble" según Cosme y Bueno, y donde no se veía "un hombre ni mujer ociosos, pues ya hilando, tejiendo, pasteando ganado, arando la tierra y trajinando se admira a esta gente de continuo", en palabras de José Ignacio de Lecuanda.

jueves, 22 de diciembre de 2011

La Urna de Cristo Yacente. Una notable obra de arte en Lambayeque.

Urna de Cristo Yacente

La Generosa y Benemérita ciudad de San Pedro de Lambayeque, le debe al ex-Presidente don Augusto Bernardino Leguía Salcedo, plecaro hijo de esta provincia, algunos magníficos regalos, entre los que destacan: la hermosa estatua de bronce, de escultural figura femenina y de indiscutible valor artístico, que representa la Libertad, ubicada sobre un pedestal en el centro del octógono de la pileta de su plaza principal, obra del reputado escultor chalaco David Lozano Lobatón (1865-1936),  conjuntamente con los obeliscos, de fino mármol de Carrara, que engalanan los vértices de los cuatro ángulos de esta plaza, fabricados en la ciudad de Lima, en el taller de José María León e Hijos. Obsequios del gobierno de Leguía a Lambayeque, con motivo de celebrar esta ciudad el centenario de la declaración de su independencia política del poder español, realizada la memorable noche del 27 de diciembre de 1820.

Así también el logrado bronce del Prócer lambayecano don Juan Pascual Saco Oliveros, que se levanta sobre un pedestal, sencillo y elegante, en el centro de la Plaza Independencia de esta misma ciudad, y los cuatro bustos, elaborados también en bronce, de los próceres lambayecanos, Juan Manuel Iturregui Aguilarte; José Leguía y Meléndez, José Ignacio Iturregui Aguilarte y el general Juan Manuel Rivadeneyra y Tejada, que mirando al centro adornan sus cuatro esquinas, estas esculturas fueron donadas por Leguía  a esta ciudad con motivo de las celebraciones del Centenario de la Independencia Nacional (1821-1921), y fueron ejecutadas también por el escultor David Lozano Lobatón. Debemos agregar que ambas plazas fueron inauguradas el 28 de julio de 1821.

Augusto Bernardino Leguía Salcedo

Pero para el pueblo devoto y festivo de Lambayeque la dádiva más significativa hecha por Leguía, a la ciudad que lo vio crecer, lo constituye, no cabe duda, la artística Urna de elaborada talla de madera y pan de oro que encierra, tras finos cristales, la imagen de Cristo Yacente, realizado también en fina madera de cedro policromado. Adquirida por el mismo Leguía para donarla a la Iglesia San Pedro de esta ciudad, en el año de 1927.

Esta notable obra de arte fue ejecutada por el artista peruano Sr. C. Alberto Nalli, tal y como reza en la pequeña placa de metal dorado adosada a uno de los lados de la misma.

Nada se sabía en Lambayeque acerca de la vida y obra de este artífice y muy poco se conocía del devenir histórico de la dorada Urna de madera, habiéndose llegado incluso a decir, en algunos casos, que había sido realizada en Italia. En vista de esto iniciamos en 1997, una paciente búsqueda en los archivos públicos y privados de Lambayeque, Chiclayo y la Biblioteca Nacional, en  Lima. Esto último porque despechábamos que adquisición tan significativa, no podía pasar desapercibida por la prensa en aquellos años, así que aprovechando de una corta estadía en la ciudad capital, iniciamos nuestras pesquisas en la hemeroteca del Diario "El Comercio".

Estas no fueron del todo fructíferas así que decidimos reanudar nuestra búsqueda de información, esta vez, en la Biblioteca Nacional. Sabíamos que el semanario "Mundial", revista limeña que circulara por los años veinte, era adicta a Leguía, y si el tiempo o la suerte nos acompañaban, algún dato podríamos obtener en los ejemplares que conserva esta Biblioteca.

El tiempo y los escasos recursos conque contábamos se agotaron, y tuvimos que retornar a Lambayeque, abrigando siempre la esperanza de retomar nuestro empeño en mejor oportunidad. Cosas del destino, aquí en esta misma ciudad, la fortuna coronó nuestro esfuerzo. Sus pormenores tienen sabor a anécdota.

Una noche de ese mismo año de 1997, cuyo día y mes ahora no recuerdo, se apersonó a mi domicilio el Sr. Tomás Díos Retto, por ese entonces septuagenario lambayecano, había estado - me dijo - tratando de localizarme durante todo el día. Portaba entre sus manos un arrugado folder manila del cual cuidadosamente extrajo lo que a primera vista parecía ser un viejo y amarillento periódico, - soy devoto de Cristo Yacente - fueron sus primeras palabras, - y espero que estos papeles que celosamente conservo le siva a Ud. de algo -, tímidamente expresó. En realidad no se trataba de un viejo y descolorido Diario, como de primera intención supuse, sino de un vetusto ejemplar del semanario "Mundial" de Lima, su fecha 28 de enero de 1927.

Es de imaginar nuestra sorpresa, cuando al hojear lentamente sus añosas paginas nos dimos con una nota de prensa que rotulaba: "Una Obra de Escultura Notable". Dos fotografías la ilustraban, en una, de regulares dimensiones, la Urna de Cristo Yacente, y en la otra, más pequeña, el retrato de su artífice el Sr. C. Alberto Nalli. Habíamos encontrado al fin, y de una manera tan singular, el escurridizo dato. Una amplia sonrisa se dibujó en el moreno rostro de don Tomás, al percatarse de nuestra inesperada sorpresa - ya me lo suponía que de algo le serviría - ingenuamente y a su modo me dijo al cabo.

Teniendo como fuente de primera mano el aludido semanario, amén de los no menos valiosos datos proporcionados por viejos lambayecanos, hemos elaborado nuestro modesto trabajo, que a continuación damos a conocer.

Sabemos ahora que en el lujoso establecimiento de la desaparecida Sociedad VULCANO, cuyo local se encontraba ubicado en el perímetro de la antigua plazoleta de la Merced, frente a la Iglesia del mismo nombre, en el Jirón de la Unión del remozado Centro Histórico de la ciudad de Lima, se inauguró en el verano de 1927, la exposición o exhibición de “una hermosísima obra de arte”, según anota el semanario, y de la que era autor el artista plástico peruano Sr. C. Alberto Nalli. “Se trata, de una escultura en madera de un Cristo Yacente que va encerrado dentro de una Urna también de madera y a la que sirven de apropiada decoración cuatro ángeles en actitud orante”, dice la nota, y más adelante agrega: “La calidad de la obra, la exquisitez con que ha sido ejecutada, su amplio mérito artístico, su majestad, su tamaño, todos sus grandiosos detalles alcanzan para darle a su autor envidiable reputación y consagración en el arte que con tanto mérito cultiva”.

El Sr. Nalli, tuvo una brillante carrera profesional. Inició sus estudios de dibujo y pintura en la, por aquel entonces, prestigiosa “Academia Concha” de la ciudad de Lima, bajo el severo control de los reputados maestros Góngora, San Cristóbal y Luís Astete y Concha. Es en esta Academia donde se ponen de manifiesto las altas cualidades artísticas de las que hizo gala en el futuro.

Nalli orientó desde temprano su innato talento hacía la escultura, especializándose particularmente en el tallado sobre madera, cuya técnica, se sabe, llegó a dominar con perfección. Sus trabajos recibieron los elogios más significativos y figuró su firma junto a la de sus distinguidos maestros en distintas exposiciones realizadas en el extranjero.

Medallas de oro y menciones especiales fueron el premio a su esfuerzo. Fue galardonado con preseas de oro en la exposición de Roma y Turín en 1911, y en la de La Paz (Bolivia), en 1925. La Municipalidad de Lima lo premió también hasta en tres oportunidades.

Por el año de 1926, realizó una larga y tediosa travesía, su destino Nueva York, su propósito, que al fin logró conseguir, exponer en esta ciudad sus artísticos muebles de estilo incaico tallados en madera. Pues precisa saber que Nalli, había logrado asimilar todos los secretos del arte decorativo de esta cultura.

Desde el año de 1917, y por espacio de más de una década fue profesor de la Escuela de Arte y “Oficial” de la ciudad de Lima, cooperando estrechamente en la conservación de distintas obras de arte, bajo la dirección del ingeniero Francisco Alaysa y Paz Soldán.

Una vez adquirida la hermosa Urna por el Presidente Leguía, fue trasladad al Puerto del Callao y de allí se la embarco con destino al Terminal Marítimo de Puerto Eten. Una comisión de vecinos notables de la ciudad de Lambayeque, presididos por su alcalde el Sr. Bernardino Salcedo Ruíz, asistieron a su recepción.


Los cajones en que venían embaladas las partes de que se compone la Urna y la efigie, realizada en una sola pieza de madera de fino cedro, de Cristo Yacente, llegaron a la estación del ferrocarril de Lambayeque en el tren de mediodía; siendo conducidos inmediatamente en una carreta a la Iglesia San Pedro de esta ciudad. El maestro albañil Víctor Gallo, que de paso también le daba a la madera, y sus oficiales los señores Baltazar Durán Uriarte, Julio Mesta, José María Oyola Chuzón y Antonio Rubiños Rioja, procedieron la ensamblado de sus partes, tarea que se prolongó por espacio de seis horas.

Concluido el trabajo y depositada la magnifica Urna en una de las naves laterales del Templo, se dio inicio a la solemne bendición en las primeras horas del día 15 de abril de 1927, acto que verificara el fraile dominico J. Miguel Villavicencio. Fue designado padrino para dicho acto, por el propio Presidente Augusto B. Leguía, el Prefecto del Departamento Sr. Vicente Russo Fry, y madrina, en representación de la Srta. María Teresa Leguía, la Sra. Águeda Leguía de Cúneo.

Se trata de una talla completa de tamaño natural, realizada en fina madera de cedro policromada de claro estilo barroco. Se muestra en posición decúbito supino, bien depositada en el interior de una urna de madera, adornada en sus cuatro esquinas por Ángeles alados, de rodillas y en actitud orante, a modo de sepulcro, toda cubierta en finas hojas de pan de oro. La escultura se encuentra bien colocada sobre un lecho de color lila, también de madera. Tiene la cabeza ligeramente inclinada hacia delante por encontrase apoyada sobre un cojín o almohada y la cabellera desplegada en varias madejas de cabello a ambos lados de esta. De rostro sereno, con los brazos extendidos a lo largo de su cuerpo y las manos ligeramente cerradas, las piernas y los pies juntos. No se trata de un Cristo sangriento y destrozado, magullado por los azotes y el castigo. Al contrario, demuestra ternura y cuidados. Cubre sus partes más intimas un paño de pureza.

Los primeros custodios de la Urna de Cristo Yacente, desde el mismo año de 1927, fueron los señores Francisco La Fora de la Torre y Antonio León García. Fallecido el primero de los nombrados, en febrero de 1953, quedó Antonio León a cargo de la custodia y conservación de la Urna, acompañado de Alberto Riojas Polo. Este por espacio de seis años, ya que dejo de existir el 29 de septiembre de 1959. Antonio León continúo sólo con la tarea hasta el 29 de julio de 1961, año en que entrego su alma al Señor. Su sobrina la Sra. Olga León de Bracamonte le sucedió conjuntamente con el Sr. Leónidas Aniano Riojas Callacná.  Acompañan ahora a doña Olga, en la custodia y mantenimiento de la Urna de Cristo Yacente, las señoras Elsa Peralta de Cortés, María de los Santos Písfil de Chavesta, Petronila Pérez de los Santos y los señores Juan Bustamante Requejo, Nicolás Chavesta Millán y Jesús Leónidas Riojas Ortiz.  Otro de los acompañantes el Sr. Ceferino Chumacera Orcila, falleció en el 2008. 

La pesada Urna de Cristo Yacente, se guarda actualmente en la capilla del Baptisterio, ubicada en la nave de la Epístola de la Iglesia, y constituye el principal paso de la tradicional  procesión de viernes Santo en la ciudad de Lambayeque.

Para terminar debemos agregar que el anda en que posesiona esta notable obra de arte, se encuentra, por el paso de los años, en muy mal estado de  conservación, por lo que urge su inmediata  restauración.

Detalle del rostro de Cristo Yacente